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La tiranía del número: el 62% indígena del Censo 2001

Cinco investigaciones permiten ver las complejas conexiones entre racismo, discriminación y relaciones socioculturales

Pintura Raúl Lara

Pintura Raúl Lara

La Razón / Diego Ayo - analista

00:00 / 18 de agosto de 2013

Desde hace algún tiempo tengo la intención de comentar otra de las acertadas series del Programa de Investigación Estratégica en Bolivia (PIEB). En este caso se trata de la convocatoria lanzada en junio de 2009 denominada Racismo, discriminación y relaciones socio-culturales en Bolivia. Conviene poner sobre el tapete algunas de las tesis defendidas en las cinco investigaciones en tanto que permiten dialogar con el dato censal sobre autoidentificación étnica.

Se parte de una certeza: de 2001 a 2012 se vivió una década de hegemonía numérica étnica —el famoso 62% de la población que se identifica como indígena— que tuvo una inmensa repercusión en el avance plurinacional pero que hoy merece ser analizada en sus diversas peculiaridades. Considero que el tenor cuantitativo primó sobre cualquier reflexión de “lo étnico” en sus diversas variantes, complejidades y carices particulares. Creo que las investigaciones mencionadas, sin negar otros elementos de posible debate, visualizan aspectos verdaderamente clarificadores de esta reflexión poscensal. Voy a intentar rescatar cinco tesis referidas a cada una de las investigaciones.PRIMERA TESIS. Investigación de Sigrid de la Barra y equipo: Exclusión y subalternidad de los urus del Lago Poopó. Discriminación en la relación mayorías y minorías étnicas (PIEB, La Paz, 2011): La hegemonía del 62% opaca la realidad de discriminación interétnica existente en Bolivia. El texto muestra algo que ya se popularizó desde el fabuloso documental de Jorge Ruiz Vuelve Sebastiana: los aymaras sometieron a los urus. Las sequías que asolaron las regiones urus ha terminado por convertir a estos pueblos en mano de obra contratada por los aymara, quienes los han visto siempre como ciudadanos inferiores: los pescadores de orillas del lago (periodo pre-colonial), los uslas (durante la Colonia se dividía la población indígena en indios y uslas, lo que pone en evidencia que estos pueblos no clasificaban siquiera en el peyorativo término indígena) y los “morados” (en la actualidad se los denomina morados por el color de piel supuestamente más oscura).  Hay, inclusive, una discriminación fenotípica que ha derivado en la denominación de Uru-Muratos.

Según esta publicación, la discriminación no procede sólo del lado de las mayorías aymaras sino de la propia composición uru que exhibe un dominio latente de los chipaya —mayoría entre los urus o mayoría dentro de la minoría uru—, autopercibidos como “auténticos” a diferencia de los uru del lago “ya contaminados y aymarizados”.

 La conclusión de este trabajo es la siguiente: el periodo neoliberal los reconoció como indígenas pero la Participación Popular terminó por aislarlos más entre sí (los pueblos que componen la Nación Uru están separados en tres municipios), dejando además que los gobiernos municipales sean copados por los aymaras mejor organizados. El Estado Plurinacional no cambió en nada la desigualdad, exclusión y discriminación predominantes.

¿Es este ejemplo algo excepcional? Con seguridad que no. Las diferencias interétnicas entre colonizadores e indígenas de tierras bajas es preocupante; las visibilizadas en el Plan Tres Mil entre migrantes collas, guaraníes y/o pobladores no indígenas no es menor; y las que tienen lugar en Mizque entre campesinos mizqueños e indígenas de Rajay Pampa. Son otros ejemplos de lo que la cifra homogeneizante del 62% impide ver con claridad: las diferencias coloniales entre las mismas naciones indígenas. SEGUNDA TESIS. Investigación de Ricardo Llanque y Edgar Villca: Qamirisaymaras. Desplazamientos e inclusión de élites andinas en la ciudad de Oruro (PIEB, La Paz, 2011): La hegemonía del 62% opaca la realidad de desigualdad (social) intra-étnica existente en Bolivia. Aunque no hay espacio para abundar en mayor detalle, el texto citado tiene el mérito de visualizar la existencia de sectores indígenas que bien podrían ser bautizados como “burguesías cholas”. La investigación muestra cómo las élites económicas tradicionales criollas se arrimaron al poder asentado en la ciudad de Oruro, menospreciando los contornos rurales y más aún las fronteras donde se desarrolla el comercio. Personas o grupos aymaras terminaron por copar esos espacios, empoderándose económicamente a partir del control total del comercio fronterizo.

 El resultado fue el parto de nuevas élites que desde 1990 adquirieron no sólo poder económico sino también cultural y social a través de las festividades comunales/religiosas que organizan con cada vez mayor pompa.

El trabajo describe el ascenso de esta élite como un suceso extraordinario de democratización de la estructura socio-económica clásica. Y no contento con ello, se dedica a perfilar este modelo económico como una posible alternativa al capitalismo en la medida que el excedente económico encuentra en esta realidad aparentemente innovadora un puerto de aterrizaje colectivo en beneficio de la comunidad en pleno.

No comparto esta conclusión idílica, aunque reconozco la pujanza de estas nuevas élites. De todos modos, el meollo es otro: estas nuevas élites pueden ser más o menos distributivas (o sea, más o menos buenas), pero lo cierto es que lo indígena exhibido como un bloque compacto numérico esconde esta creciente segmentación social en la que conviven indígenas ricos —clase alta— e indígenas pobres —clase baja—.

¿Puede extrapolarse esta conclusión a otros contextos? No hay duda que sí. Los ejemplos sobran. Se puede mencionar a El Alto: la presencia aymara, vista como un todo, impide ver lo que realmente sucede, que no es sino el paulatino proceso de desigualación social en ciernes: alteños ricos que comen en Pollos Copacabana, tienen cable, manejan autos de lujo y tienen a sus hijos estudiando en La Paz, frente a otros que carecen incluso de saneamiento básico. En nombre de una cifra unívoca —“más de dos tercios de los alteños se autodefinen como indígenas”— estas diferencias quedan diluidas. Es tiempo de recuperarlas si se pretende entender los cambios en curso.TERCERA TESIS. Investigación de Alba Van der Talk, Blanca Montaño y Silvia Flores: Colonialidad del poder en Caraparí. Estudio de la disputa por la tierra, relaciones de trabajo y autoridad (PIEB, La Paz, 2011): La hegemonía del 62% esconde una verdad: los nuevos indígenas (los auto-identificados como tales) posiblemente reproducen el modelo de blanquitud vigente. Esto matiza la suposición de que a más autoidentificados como indígenas mayor presencia/hegemonía indígena. No hay necesariamente esa correspondencia. Por el contrario, en nombre del número se pueden llegar a encubrir relaciones de dominio de “neo-blancos” (por más que fenotípicamente luzcan más cercanos al estereotipo indígena) sobre indígenas en una prolongada e interminable reproducción de la blanquitud. De ello habla esta investigación: del modelo civilizatorio blanco. La investigación hace referencia a este modelo fijando su atención en las relaciones de poder en Caraparí en el Chaco y, en especial, en la hacienda de Cañada Ancha. La tesis es simple: este modelo de blanquitud es el camino a seguir, entendiendo por él no sólo la identificación fenotípica sino, sobre todo, la posesión de varios elementos que conforman el edifico del blanqueamiento: educación, religión y dinero. Quien los posee logra ascender étnicamente. De esta manera, la asociación clásica entre blanco/adinerado e indio/empobrecido, sin carecer de cierta dosis de verdad, resulta simplificadora.

Es ilustrativa de esta tesis la radiografía de posesión de tierras en Caraparí, pues si bien el patrón —hacendado criollo— posee menos tierra que algunas familias campesinas —campesinos ricos— los indígenas guaraníes aún así acuden a él. Y es que él encarna el combo de la blanquitud.

En suma, la tiranía del número impide observar estas sutilezas cuyo correlato es el siguiente: aún en el caso de lograrse una auto-identificación indígena del 100%, ello no garantiza la indigenización de la democracia. No, pues con abarcas se reproducen hábitos propios de los predecesores criticados.CUARTA TESIS. Investigación de Maya Benavides y Maya Serrano: Y tú, ¿de qué raza eres? La construcción social de lo racial desde una visión de las y los universitarios de la ciudad de La Paz (PIEB, La Paz, 2011): La hegemonía del 62% margina la opción de autoidentificación mestiza sin percatarse que ésta representa precisamente lo que se buscaba en los albores de la “Revolución en Democracia”: el sentimiento de pertenencia. La certeza de que “esto es mío”. Expliquemos: la categoría mestizo es usada sobre todo en contextos de mayor intimidad e interacción social. Lo que significa que cuando se pregunta sobre la identidad de la novia, madre o amigo de la universidad, la respuesta es: “son mestizos”. Esto pone en evidencia que la familiaridad en las relaciones empuja a que se clasifique al otro como “mestizo”. O, dicho en un sentido inverso, cuando se habla de contextos alejados de uno mismo, donde predomina un escaso o nulo contacto social con el otro, surge inevitablemente la categoría de (auto) identificación como “indígena” o “blanco”. Por tanto, utilizar las categorías de “indígena” o “blanco” sirve para marcar una distancia con el interlocutor, es decir, sirve para decir: “yo no soy tú”.

Creo que esto explica en gran parte la masiva autoidentificación como indígenas en 2001, en la medida en que frente al modelo político y económico vigente en ese momento, el objetivo era distanciarse: “yo no soy parte de esto”. Precisamente, desde 2000 el sistema entró en crisis. Y, claro, blancos y mestizos eran los otros, aquellos que gobernaban mal. Hoy, la identificación como mestizos posiblemente tenga que ver con esta sensación ya no de que “esto no soy yo”, sino de que “esto es mío”.

En 2001, la necesidad de diferenciarse, en una fase de honda polarización social con dos Bolivias enfrentadas entre sí, de acuerdo a lo que sentenciaba el imaginario social, cede a la necesidad de tomar posesión. La lógica bipolar de antaño, que obligaba a marcar una clara distancia, ya no es necesaria. No al menos en la dimensión de aquel momento. La orientación mayormente unipolar del presente hace innecesaria esta demarcación identitaria tan precisa.

El mestizaje, por tanto, lejos de ser lo que muchos críticos quisieran —que no es sino la relativización de lo indígena, visto casi como algo exclusivamente inventado— representaría todo lo contrario: el empoderamiento indígena visualizado en un hecho fundamental: sentirse cómodos “aquí adentro” (Bolivia).

Lo nacional popular ya no se construiría desde el mestizaje criollo-urbano del 52 sino desde el indígena urbano de 2009. Lo correcto, por ende, sería hablar de mayorías mestizo-indígenas. Nuevamente cabe remarcar que la tiranía del número juega contra esta otra verdad: la hegemonía indígena viene por otro lado, al margen del debate sobre la denominación.QUINTA TESIS. Investigación de Cecilia Salazar, Juan Rodríguez y Ana Sulcata: Intelectuales aymaras y nuevas mayorías mestizas. Una perspectiva post 1952 (PIEB, La Paz, 2011): La hegemonía del 62% presupone la hegemonía de un país inventado: el del Vivir Bien y de las particulares cosmovisiones ancestrales. Pues no. Esta cifra engaña. No es que no haya una hegemonía indígena (o mestizo-indígena) sino que ésta tiene otro rostro. De acuerdo a la investigación mencionada la hegemonía indígena viene desde las ciudades y, ante todo, a partir del despegue económico de nuevas élites indígenas empoderadas económicamente (las denominadas “burguesías cholas”).

La última frase de esta investigación resulta clarificadora: “el objetivo histórico (de los ciudadanos de extracción indígena) es conquistar la hegemonía territorial, económica, política y cultural del país, expandiendo su rol en el mercado capitalista. En el curso de este proceso todo parece indicar que en su plataforma política carecerán de sentido los argumentos de la diferencia (justamente el autodefinirse como indígenas) y de la justicia cultural, que serán sustituidas por su amplia disponibilidad histórica para representar al conjunto de la nación boliviana”.

Estos datos, por tanto, le dicen al Gobierno que los indígenas son hegemónicos pero no como el Gobierno lo quería, fragmentándolos, por un lado, con justicias y/o autonomías indígenas (entre otras cosas), cuando lo que quieren, en realidad, es tener hegemonía sobre todo Bolivia. Y, por otro lado, promoviendo internacionalmente el Vivir Bien, cuando lo que los indígenas quieren es controlar el mercado. La hegemonía, en suma, apunta a un capitalismo nacionalista mestizo-indígena. El desenlace numérico nos llevó por sendas imaginadas por algunos intelectuales despistados.Certezas. En suma, los estudios mencionados, leídos desde el Censo 2012 tienen la virtud de recordarnos algunas certezas: a) Hay marcadas diferencias coloniales entre indígenas (una auténtica descolonización supone más que tirar dardos contra los criollos de siempre). b) Hay notables diferencias sociales de clase dentro de los diversos grupos indígenas (la descolonización pasa sobre todo por la igualación intra-étnica). c) Más indígenas autoidentificados como indígenas no imponen, per se, una dinámica descolonizadora, en tanto muchos de ellos terminan por reproducir el modelo de blanquitud vigente. d) El mestizaje visto desde la óptica mezquina de los “errores del Censo de 2001” (que creo que sí lo fueron) impide ver que la mestización es más que la repetición numérica que caracterizó al Censo 2001. Si aquella se regodeó con el número de mayoría (“somos el 62%), ésta hace lo propio pero desde la vereda del frente (“somos 60% de no-indígenas”). Lo cierto es que el mestizaje tiene múltiples aristas sólo indistinguibles desde la nueva lógica numérica en curso. e) La hegemonía indígena vendrá por otro lado. No por el lado del número sino de la apropiación del mercado y la democracia electoral desde amplios sectores mestizo-indígenas.

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