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El último romántico del jazz

‘Me saca de quicio que la gente quiera analizar el jazz como si fuera un teorema intelectual. No lo es. Es sentimiento’

La Razón / Nicolás Peña - Apasionado por la música

00:00 / 05 de febrero de 2012

La otra noche me invitaron a un local en el que se presentan grupos en vivo y que muchos creen que tiempo atrás era el mejor local de jazz de nuestro país. Los músicos en el escenario, nada inspirados, bebían tranquilamente agua de sus botellitas de plástico, se veían aburridos, estaban más preocupados por contar cuánta gente había ingresado al local para calcular cuál sería la recaudación de la noche, que por zambullirse en alguna improvisación de esas que transmiten los sentimientos más profundos del alma. Las mesas estaban repletas de un público absorto en sus propias conversaciones, ignorando completamente a los músicos y los músicos ignorando la música. Yo me sentía totalmente marginado y con ganas de fumarme un cigarrillo, pero por un instante recordé haber dejado ese maravilloso vicio. Mejor, ya que en el local un horroroso letrero indicaba que no estaba permitido fumar. En la mesa al lado de la mía, una pareja discutía sobre sus conquistas y desventuras laborales y maritales. Al fondo, un grupo de chicas reía jocosamente al escuchar la travesura sexual que el dueño del local relataba sobre la última pareja de la noche anterior. Al final no aguanté más y me fui de allí.

Al salir, y con la resonancia de las carcajadas, por un instante pasó por mi cabeza la grabación de aquel domingo 25 de junio de 1961 en el Village Vanguard de Nueva York, donde el trío de Bill Evans con Scott LaFaro al contrabajo y Paul Motian a la batería crearon una música que impregnó todos los rincones del local y permitió a este trío tocar el cielo, a pesar del tintineo de los vasos y los rumores amortiguados del público.

Lo sucedido en esa tarde y noche de ese domingo, es el testimonio imperecedero de un trío excepcional en el que todos sus integrantes tenían algo que decir a través de su instrumento, pero por sobre todo que disfrutaban profundamente de lo que hacían. La imagen de un Bill Evans con la espalda encorvada sobre el piano, las manos acariciando las teclas, la cabeza agachada y todo el cuerpo en una posición de oración hacia el piano ha quedado inmortalizada en muchas fotos, que encierran ante todo su manera de concebir la música.  Evans parecía auscultar el interior del piano hasta fundirse con el instrumento y convertirse en una extensión de éste, con el oído pegado a las teclas, como si quisiera capturar las vibraciones más recónditas y débiles que brotaban del interior del instrumento y que empapaban todos los rincones del lugar.

ÍNTIMO. El jazz es un medio para desahogar la tristeza o celebrar la alegría a través de una comunicación de adentro hacia fuera. Bill Evans lo convirtió en una profunda conversación íntima replegada en sí misma. Aquella música empapada de lirismo que se mezclaba con el humo y el murmullo constante del público en los clubes nocturnos adquiría con él unos tonos misteriosos, cristalinos e inefables; en algunos momentos la sutileza de su música parecía encontrarse más cerca del silencio que del sonido. El toque delicado y cristalino, sensible al más fino espectro de gradaciones y matices, constituye el eje expresivo de sus exploraciones pianísticas.

Noche tras noche, Bill Evans, Paul Motian y Scott LaFaro, perfeccionaban su talento y refinaban su arte, permitiendo que el trío alcance su máxima expresión en estas sesiones capturadas en el Village Vanguard aquel mágico domingo que vino a mi mente al salir de aquel local en el que los músicos solamente se dedicaban a cumplir un contrato para obtener a cambio algunos pesos. Al brotar los primeros acordes de esta grabación, se puede sentir inmediatamente el nivel de compenetración y creatividad del grupo y que aún hoy asombra, sobre todo al escuchar cómo el contrabajo y la batería se desvinculan definitivamente de su función de instrumentos acompañantes y hablan de igual a igual con el piano creando un sonido mágicamente empastado que estaba a punto de dejar su huella en la historia del jazz. 

A la medianoche, un público numeroso se había congregado en el Village y el local estaba animado. Más tarde Evans comentó: “La gente tenía ganas de charlar, yo me aislé de todo aquel ruido y me concentré más en la música. Al escuchar a Scott sentía cómo aquel contrabajo aguantaba las notas de un modo maravilloso y su sonido era muy poderoso, él podía hacer una pausa, dejar su instrumento en el suelo y yo seguía sintiendo la vibración de aquella nota durante un buen rato”.

Sin embargo, los frutos de la magia desplegada aquel día sellarían el final de ese trío, ya que diez días después de las sesiones del Village Vanguard, el coche que conducía LaFaro se salió de la autopista y su único ocupante falleció al instante. Evans descendió a los infiernos, dejó la música por un tiempo, cada vez que veía el teclado del piano imaginaba el rostro de su amigo y sentía la vibración de las notas más graves de su contrabajo. Algunos conocidos suyos dijeron haberlo visto deambulando por las calles de Nueva York vistiendo la ropa de LaFaro y sumergido en el hábito de la heroína.

Evans estaba casado y su primera esposa Ellaine era también una adicta. El pianista consumido por la droga, habitualmente llamaba a sus amigos desde una cabina telefónica —ya que su teléfono había sido cortado por falta de pago— para pedirles dinero prestado y de esta forma satisfacer su vicio. Muchos de ellos se incomodaban  de que una y otra vez la llamada fuera por dinero. Un día de esos, cuando Gene Lees recibió la habitual llamada, muy molesto le dijo que él mismo ni siquiera tenía suficiente para comer. Una hora más tarde, Evans volvió a llamarlo desde la misma la cabina para decirle que ahora había suficiente para que comieran los dos.

En la biografía escrita por Peter Pettinger, se define a Bill Evans como un ser obsesivo, fóbico, retraído, arisco, introvertido, huraño, inseguro y autodestructivo, que en su carrera se balanceaba entre ser un músico clásico experto intérprete de Liszt, Chopin, Milhaud, Rachmaninov, Robert Schumann, Debussy y Ravel, ser un pianista de jazz que en 1959 había formado parte de la célebre grabación del mejor disco de jazz de la historia, Kind Of Blue, estar considerado como un intrascendente “pianista de salón”, a ser uno de los dos pianistas más influyentes del jazz contemporáneo junto a Thelonious Monk.

COOL. En cierto sentido, Bill Evans encarnó en su vida un rol dramático, el del músico blanco que además de atrincherarse en la vanguardia del estilo conocido como cool jazz, se animó a entrar en el terreno profundo del jazz aportando una sensibilidad y un lirismo personal que crearon un milagro musical sutilmente conflictivo en sus insuperables acordes, en sus hermosas melodías, en sus silencios y en una tensión que estaba subyacente, discreta pero constante. En sus conciertos el pianista apenas cruzaba alguna palabra con nadie que no fueran sus propios músicos, mucho menos se paraba a presentar los temas a los asistentes. Su aspecto era el de un ser apesadumbrado, triste, solitario. Quienes acudían a sus conciertos eran conscientes de que cualquier noche podía ser la última. Devorado por sus fantasmas famil­iares y personales, Evans tocaba para sobrevivir a sí mismo. Si la música lo era todo para él, todo lo demás le estorbaba; y, más que ninguna otra cosa, su propio público, el cual dejo de escucharlo en vivo cuando un 15 de septiembre de 1980, una úlcera sangrante y una bronconeumonía consiguieron lo que probablemente él estuvo buscando durante mucho tiempo.

Según Pettinger, el lento suicidio del pianista fue doloroso, pero Bill Evans se enfrentó a la muerte amparado por el éxtasis que le provocaba su arte, el último romántico del jazz luchó a brazo partido por mantener su principal seña de identidad, esa “pasión fría” que partía de un sonido y un tiempo únicos e intransferibles.

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