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El último silencio de Claudio Abbado

El director de orquesta milanés, uno de los músicos más influyentes de las pasadas décadas, falleció a los 80 años

El director de orquesta milanés, uno de los músicos más influyentes  de las pasadas décadas, falleció  a los 80 años. Foto: EFE

El director de orquesta milanés, uno de los músicos más influyentes de las pasadas décadas, falleció a los 80 años. Foto: EFE

La Razón (Edición Impresa) / Daniel Verdú - El País

00:00 / 26 de enero de 2014

La música entona un réquiem mundial por Claudio Abbado. La muerte de uno de sus hijos predilectos deja atrás una época. Hoy ya todo es silencio. Esa parte de la música que él tanto dominaba. Se va uno de los directores de orquesta más extraordinarios e influyentes de todos los tiempos. Una leyenda de la batuta. Su fichaje por la Filarmónica de Berlín a la edad de 56 años fue el momento cumbre de una carrera a la altura de los más grandes. Ocupaba el lugar de un mítico Herbert von Karajan, que había aportado a la formación berlinesa una cultura del sonido, perfección, virtuosismo, marketing y negocio discográfico. Donde su antecesor brilló como una estrella mundial, Abbado aportó conocimiento y sensatez. Diálogo con la orquesta, a quienes pedía que no le llamasen maestro. Solo Claudio, a secas. Afrontó el reto con ideales sólidos, personalidad equilibrada, gran dominio del repertorio, gusto por los compositores contemporáneos y una inquebrantable apuesta por el talento joven. Este ha sido parte de su gran legado: la cercanía a la juventud. Desde la renovación de los miembros de la Filarmónica de Berlín, su labor pedagógica, la tutela de estrellas como Gustavo Dudamel o la creación de magníficas orquestas como la Gustav Mahler Jugendorchester o la de Lucerna. LEYENDA. El aura de leyenda que le acompañó se forjó en los escenarios. A través de la música, pero también del combate que mantuvo con la muerte  a causa de un cáncer de estómago. El Réquiem de Verdi que dirigió con la Filarmónica de Berlín en 2001, con visibles dificultades físicas sobre el podio, sonó a despedida. Pero venció al destino y le arrancó 13 años más a la vida. Luego, en su regreso definitivo, dedicado por completo a su pasión por los jóvenes, sonó la Segunda de Mahler: La resurrección. La suya.

De la arrolladora ciudad de Berlín se desplazó a la plácida Lucerna. Allí construyó un proyecto a la medida de sus fuerzas. Vivió años pletóricos. La fe en la música fue alimento para su cuerpo maltrecho. “Siempre decía que era su mejor medicina”, explica Martín Baeza-Rubio, trompeta y director español que lo acompañó en la mayoría de sus proyectos. “Para él todo estaba en la música de cámara. Una orquesta era un quinteto de cuerda un poco más grande. Todo el mundo debía entender ese diálogo con el de al lado”, recuerda.

Criado en una familia de músicos, estudió piano, dirección y composición en el Conservatorio de Milán. Aprendió de su padre, el violinista Michelangelo Abbado, y del mítico Carlo Maria Giulini. En Viena, donde completó sus estudios, coincidió con personalidades que le acompañarían en su carrera, como la pianista Martha Argerich. Siempre rodeado de amigos. No se le conocen grandes rivalidades, excepto aquella, acentuada por los medios y zanjada en los últimos tiempos, con Muti, quien lo sustituyó después de casi dos décadas en La Scala. Justo cuando Abbado se marchó a Berlín, donde la formación lamentaba su pérdida: “Su amor por la música y su insaciable curiosidad fueron una inspiración para nosotros y dejó su marca en nuestra manera de hacer desde los primeros conciertos en 1966. Estamos orgullosos de contarlo entre nuestros directores titulares y de ser parte de su legado musical”.

En su vertiente operística también trabó relaciones de fidelidad con cantantes como Teresa Berganza. Juntos hicieron casi todo Rossini. Berganza hablaba de él como el músico más influyente y extraordinario que ha conocido. “Cantar con él era muy fácil. No hacía falta mirarle las manos, con los ojos ya sabía lo que quería. Mi primera Carmen fue con él. Perdemos para mí el más grande. No es solo él, es una época la que se va”.

Aficionado del AC Milan —a pesar de Berlusconi—, entre conciertos se las apañaba para no perderse los partidos de su equipo. Gustavo Gimeno, su asistente, vio con él la última eliminatoria entre su equipo y el Barça. Perdieron los italianos. Pero le encantaba el buen juego, hablar de Messi y de la era dorada del equipo de Guardiola. Pero al final era un hombre tímido. Reacio a entrevistas y a hablar en público. Parco para expresar sus emociones. Tremendamente exuberante, recuerda Gimeno, cuando comenzaba a mover los brazos. SENADOR. El año pasado fue nombrado senador vitalicio por el presidente de la República Italiana, Giorgio Napolitano. En diciembre decidió renunciar al sueldo del cargo y donarlo a la Escuela de Música de Fiesole, en la Toscana. Vivía horrorizado por la situación de la cultura en su país, mutilada por los recortes. Hombre de izquierda, comparaba a quienes lo han permitido con criminales. A menudo citaba a Alemania y Austria como un ecosistema donde las artes podían sobrevivir y desarrollarse. Todo estaba en la educación. Por eso adoraba el Sistema de Orquestas venezolano y su “santo” José Antonio Abreu. El ícono de ese trabajo, Gustavo Dudamel, llora su pérdida. “Para mí será siempre parte de ese excelso grupo de genios en la historia del arte. Su infinita generosidad y amor serán siempre unos de los más valiosos tesoros que guardaré”.

Como otras veces, el programa de su último concierto el 26 de agosto en Lucerna también fue el subtexto de su biografía. La Incompleta de Schubert y la Novena de Bruckner, ambas sinfonías inacabadas al alcanzar la muerte a sus compositores. A él también le sorprendió el final con decenas de proyectos. Estaba ilusionado con retomar la Tercera de Schumann, que canceló el pasado verano y recuperaría en 2014. Y de completar la integral de Brahms con la orquesta de Lucerna. Siempre sin la partitura. Tanto para la música, como para darle esquinazo a su propio destino.

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