Tendencias

En el umbral del retorno

Sobre un poema de Emily Dickinson

La Razón / Eduardo Mitre - escritor

00:00 / 28 de julio de 2013

Esta serie para el suplemento Tendencias de La Razón consta de una breve muestra de poemas hispanoamericanos sobre la experiencia del retorno a la patria, al hogar, al lar. Comienza con el mexicano Ramón López Velarde, pasando por Huidobro, Gabriela Mistral, Borges, y finaliza con Pedro Shimose, Raúl  Zurita y otros. Tanto la antología como los comentarios que la preceden —simples notas a los poemas— forman parte de un libro en preparación.

A manera de liminar he incluido, en una  versión al español, un poema de la cada vez más entrañable, por decir lo menos, poeta norteamericana Emily Dickinson (1830-1886): el que corresponde al número 609, el cual, como tantos suyos, es de un enigma fulgurante y autobiográficamente paradójico. El poema expresa la experiencia del regreso al espacio natalicio al hogar en Amherst, al cual ella, tan sedentaria como solitaria, en realidad, nunca abandonó.

El poema fue compuesto en 1872, y hasta esa fecha la poeta no había hecho sino viajes cortos y breves, y siempre acompañada —como los que haría después. Parodiando a Borges en su definición del hecho estético, podríamos decir que el poema trata de un regreso que no se produce, o que no se produce del todo; un regreso que, literalmente, se detiene en el umbral del mismo, a la puerta de la casa —frontera que el sujeto no osa franquear:

Poema 609

Lejos de casa he estado muchos años Y ante la Puerta ahoraA entrar no me atrevo, no sea que una Cara Que nunca he visto antes Me mire imperturbable  Y me pregunte qué hago allí—“Sólo busco una Vida que dejé,¿seguía por allí?Me incliné en el Temor—Que antes me demoraba—El Instante sonó como un OcéanoY se rompió contra mi oído—Reí con una desmigajada RisaQue yo tuviera miedo de una PuertaYo que la consternación había     comprendidoY jamás hice un gesto de dolorAjusté al Picaporte Mi Mano con cuidado temblorosoNo fuera que la terrible Puerta se apartara de prontoDejándome en el sueloLuego quité mis Dedos Tan cuidadosamente como si           fueran VidrioMe tapé los oídos y tal como un           ladrón

Escapé de la Casa jadeante.

El poema nos mantiene en un suspenso semejante al del cuento Wakefield (1835), de Nathaniel Hawthorne, y suscita tantos o más interrogantes que éste. En efecto, ¿quién es esa posible cara extraña que el sujeto (probablemente femenino) imagina y que, a más de causarle pavor, le niega la entrada con una pregunta que suena como un portazo? ¿Es ese rostro conjetural el del padre? La mano que ajusta el Picaporte (con mayúscula), ¿lo hace desde el exterior o el interior? ¿Trata de levantarlo para ingresar o cerrarlo para huir? ¿Por qué el ruido atronador como un océano que siente en dos momentos del poema? La puerta, que se entreabre hacia la Cara terrible y que, de abrirse completamente, podría precipitar a la hija prodiga al piso, ¿no simboliza, en el fondo, una frontera tenue entre la razón y la locura? No tengo respuestas a éstas y otras preguntas que el poema suscita, de modo que me limito a proponer dos correspondencias: una, al interior de la obra de Dickinson: el poema 1203, cuyas dos únicas estrofas dicen, en parte, la trama y aun el desenlace  del arriba comentado:

El pasado es una Criatura tan     extrañaQue mirarla en la CaraArrobamiento puede producirO Desgracia.Desarmado si cualquiera la     encuentraLe aconsejo huir,Si sus desteñidos pertrechosAún pueden responder.

La otra correspondencia es pictórica: el grito de espanto que profiere el sujeto al entrever el interior de la casa, es análogo al de la pintura El grito (1896) de Edvard Munch. Asimismo, sorprende encontrar o reconocer (lo veremos) correspondencias entre los versos de  Dickinson y los de poetas hispanoamericanos muy  posteriores y distintos como, por ejemplo, Pablo Neruda.

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