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La valentía tendrá recompensa

La OSN demuestra con el ciclo de las sinfonías de Beethoven que se atreve a buscar la excelencia.

Reto. 110 músicos interpretaron la inmensa y compleja ‘Novena’.

Reto. 110 músicos interpretaron la inmensa y compleja ‘Novena’. Foto: Gaby Iturri

La Razón (Edición Impresa) / José Emperador

00:00 / 28 de mayo de 2017

Al director musical de la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN), Weimar Arancibia, se le puede considerar un valiente. Sabiendo lo inmenso que era el reto, se ha atrevido a interpretar las nueve sinfonías de Beethoven en un ciclo de conciertos que se cerró el jueves con la Novena. Debe pasar a la historia de la música en Bolivia porque es la primera vez que alguien hace algo así, más allá de lo que cada cual opine sobre los resultados o sobre si ha cruzado o no la estrecha línea que separa el valor de la inconsciencia.

Quien sí le reconoce el mérito es el público. Antes de que comenzase el concierto cualquiera hubiera pensado que se iba a escuchar Star Wars o alguno de los repertorios pop que se han convertido casi en la única forma de llenar los auditorios. Pero no, la Novena es una obra magnífica nada fácil de escuchar en las tres cuartas partes de su larguísima duración, hasta que llega el famoso coro de Oda a la alegría. Así, lo del jueves se convirtió en un ejercicio de educación del público.

Porque el ciclo apuntaba a educar. Sobre todo a la orquesta, a la que se le ha pedido interpretar en solo dos meses las obras que a un genio le tomaron 25 años componer y que, por tanto, resultan de una complejísima evolución estilística y espiritual. Quizá hubiese sido más didáctico espaciar las sinfonías, tocarlas todas pero a lo largo de toda una temporada, intercaladas con otras obras no tan exigentes, dosificando el tremendo esfuerzo de preparar cada una de ellas.

Las sinfonías de Beethoven exigen mucho. A pesar de su variedad, tienen en común una rítmica complicada que —dicho de algún modo— hace que la orquesta toque casi siempre acentuando los tiempos débiles, a contratiempo. Así, empastar el sonido no resulta fácil, se necesita que el músico confíe plenamente en sí mismo y en sus compañeros para que todos vayan en la misma dirección y a la vez. La dificultad aumenta porque buena parte de los instrumentos piden una interpretación más que correcta, rayana en el virtuosismo. Además, la instrumentación también resulta compleja, y ser exactos en la afinación o compensar los volúmenes entre los vientos y las cuerdas o los instrumentos y los coros —en la Novena— requiere de muchos recursos humanos y de mucho ensayo.

Todos estos exámenes han sido superados con lo justo por la OSN. Un aprobado que tiene mucho mérito porque hace dos meses cualquiera hubiese pensado que no era alcanzable. Claro que se puede hacer mejor, pero tampoco debe pedir a una orquesta alcanzar la excelencia de golpe. Lo que sí se debe exigir es ese compromiso y ese profundo conocimiento que Arancibia —quien no ha mirado una partitura durante todo el ciclo— ha demostrado y que permite ver el futuro con cierto optimismo. Como él prometió antes de enfrentar el reto, la orquesta ha ganado experiencia y ahora suena mejor.

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