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La vida secreta de Doña Sol

Un comentario sobre ‘En la hora de Dios’, última novela de Luisa Fernanda Siles

Luisa Fernanda Siles

Luisa Fernanda Siles

La Razón / Carlos Antonio Carrasco - escritor

00:00 / 02 de septiembre de 2012

Cuando las dramatis personae no son mera coincidencia, como los publicistas escrupulosos suelen advertir, la ficción  adquiere mayor interés para quienes conocieron a  los protagonistas. Esa circunstancia los mueve a cotejar lo escrito con los verdaderos humanos: sus  portes, sus atuendos y sus cuitas. Aquello precisamente ocurre en la reciente obra de Luisa Fernanda Siles, cuyas 439 páginas  nos transportan a la placentera vida paceña del  período inmediatamente anterior a la Revolución del 9 de abril de 1952, a los años locos del MNR en el gobierno y, finalmente, a la eclosión social de Octubre Negro que provocó una nueva etapa de cambios en el país. Cambios que giran en redondo para volver al punto de partida y posibilitan ensayar todavía más cambios con el recóndito propósito de que nada cambie. En efecto, nada cambia en Bolivia, salvo los capotes de los vigilantes de turno.

Aunque el titulo En la hora de Dios sería más apropiado para un misal dominical y que sus soliloquios tienen numerales casi evangélicos, el texto se lee con agradable facilidad, lo que no sucede con otras novelas criollas que, aun ostentando galardones, producen un tedio que impide concluir su lectura.

No obstante, la nomenclatura de los personajes, con sus nombres y apodos distribuidos a granel, haría necesario un glosario propio de los espesos relatos rusos de Dostoievski o Solzhenitsyn.

Se  trata de una bella historia de amor en la que Hortensia Contreras, enamorada del amor, apodada Doña Sol (que fue también el apelativo  de una yegua mientras existió el hipódromo en lo que hoy es San Miguel) inicia su carrera de musa en Sorata, la continúa en el Mamoré, en Brasil, en Chile, para terminar exangüe en Sopocachi.

Algunas coquilles que inevitablemente resbalan en el texto parecen redimibles. Por ejemplo, no se  sabe, si buscando crear una aliteración o una eufonía, se dice “pues, después” (p. 235) o cuando dos veces se insiste en Hernando Siles Salinas, en lugar de Reyes, su seña materna. Tampoco vale la pena detenerse en que  el magnate minero Hochschild no arribó aún a Bolivia en 1910…SUICIDIO. No sorprende que Doña Sol,  hermosa hembra de dorada cabellera, andar armonioso, dientes de perla y labios de rubí, provoque el suicidio de Cecilio Guzmán de Rojas, para quien, cual maja velazqueña,  posaba desnuda. La duda sobre si hubo o no hubo un affaire entre ellos resulta irrelevante. Lo más probable es que el maestro que también era brujo, embrujado por su modelo, obsesionado por aquella anatomía, sólo se  hubiese gratificado con pausas onanistas y, ante el fracaso de sus esfuerzos por seducirla,  optara por liberarse con un tiro letal en el arrabal de Llojeta. La chismografía de la época pensaba otras cosas.

 Prisionera de los diretes de esa sociedad mojigata, Doña Sol, conoce a Eduardo Montes y Montes (en la novela Moldes) hijo menor del ex presidente Ismael Montes Gamboa, general y abogado, de abrumadora personalidad y engomado mostacho. Eduardito de su ilustre padre sólo captó el apellido, puesto que de acuerdo con la autora, la asimetría era notoria.

Sin embargo, Moldes era para Doña Sol “mi amo, mi señor, mi Cid…me divierte pensar que por las noches te conviertes en pirata, en domador de fieras, en amante afiebrado y me sonrojo al recordar las cosas que osas y dices…”.

Un buen partido para la provinciana Doña Sol que la ascendía  socialmente, y económicamente también, antes que los campesinos revoltosos se apoderaran de las haciendas de los Montes, acumuladas en ese latifundio alrededor de la península lacustre de Taraco, a orillas del Titicaca.Personalmente, aún recuerdo haber fisgoneado a la pareja dispar: ella  alta, rubia y de caminar cadencioso, parecía llevar del lazo a un caniche… porque su esposo era pequeño, escuálido, atrapado en medio de su sombrero bombín, de un paraguas que le servía de báculo y  del periódico El Diario preso bajo su sobaco derecho.

Sin estupor, el novel consorte describe sus deseos para las noches de lascivia: “Bendiciéndole el sexo, amaneceré incontables veces, con él en los labios, y ella con el mío. No habrá hendidura suya que no visite, las púdicas y las impúdicas”. Con semejante hoja de ruta, Doña Sol fue prontamente embaucada.

Luisa Fernanda Siles logra retratar en Eduardo Moldes a los epígonos de la rosca minero-feudal que sin oficio útil gastaban su ocio en las calles parisinas y volvían de vacaciones para azotar indios o explotar a los obreros. Empero, los hermanos Montes, que eran cinco, retornaron convocados por su enérgico progenitor para combatir en la Guerra del Chaco. Algunos episodios épicos de esa contienda están estupendamente narrados.

En el subibaja político, le toca a Eduardingo sufrir los rigores de la cárcel, el confinamiento y finalmente el exilio, periplo que todo boliviano dedicado a la actividad cívica cumplió antes o después de la revolución. Lo que sí nos parece un elogio superlativo, a lo largo del libro, es la analogía que se hace del modesto galán con el Cid Campeador. En verdad, si bien la relatora supone que Cuquito era un tigre en la cama, en política no era más que un gato montés sin garras. Por lo tanto, resulta imperdonable  la persecución que sufrió aquel  inocuo heredero.

Un capítulo entero se consagra a las hazañas del Mío Cid, con intermitencias del recorrido por el río Mamoré  cuya travesía se hace más larga y fatigosa para el lector que para los románticos fugitivos.

La frecuencia de las citas parisinas, de la canción francesa y de la poesía gala denota una marcada nostalgia francófila en la escritora más que en su héroe, Eduardito, quien no obstante haber sido educado en aquel país, jamás volvió al Hexágono, contentándose en conservar el acento y el atavío afrancesados.LÁGRIMA. Las plegarias de amor y de ternura de ambos enamorados en sendos monólogos están supremamente hilvanados y seguramente provocaran más de una lágrima en las lectoras sensibles y, a decir verdad, incluso enternecerán, a veces, a almas rudas y de furtivo cinismo acerca del fenómeno del amor que Ortega y Gasset define como “un estado de imbecilidad transitoria”.

Si a ese efluvio del  espíritu se añaden los melosos boleros de los años 50 entonados por Lucho Gatica o por el trío Los Panchos, tampoco sobra el tango Caminito, a cuyos acordes entrega su alma al Señor la espléndida blonda que fue Doña Sol, cuyo cuerpo ajado al cabo de 60 años de vanidad  deja la estela de una leyenda, atinadamente recogida por su talentosa sobrina Luisa Fernanda Siles, de quien esperamos otras entregas testimoniales que sólo ella sabe edulcorar con diálogos conmovedores y con los arcaísmos que escarba  meticulosamente para no circunscribirse al limitado vocabulario de los lectores locales.

Tercera novela

Luisa Fernanda Siles (La Paz, 1962) ha publicado anteriormente dos novelas: El diablo y la mujer que vuela (editada por Los Amigos del Libro en 1995 y reeditada por El País de Santa Cruz en 2007) y El agorero de la sal con la que ganó la octava versión del Premio Nacional de Novela en 2005 y que fue publicada por Alfaguara en 1996. En la hora de Dios es su tercera obra narrativa.

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