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El vuelco del cangrejo

El colombiano Óscar Ruiz Navia despierta un innegable interés visual

La Razón / Pedro Susz K. - Crítico de cine

00:00 / 08 de julio de 2012

Ópera prima del colombiano Óscar Ruiz Navia, Premio de la Crítica en el Festival de Berlín y otros varios reconocimientos, pero merecedora de opiniones bastante menos unánimes, incluso adversas en algún segmento de la crítica, El vuelco del cangrejo es, a la hora del comentario, la típica película-problema.

Sin lugar a medias tintas de cara al espectador, según pudo advertirse incluso entre el —poco— público en la función a la cual me tocó asistir, hay quienes la detestan —la mayoría probablemente—, y quienes se sienten cautivados por esta propuesta atípica, que juega todas sus fichas a la sugerencia poética mediada por un estilo personal, vecino a ratos a la nada empaquetada, eso sí, en una puesta en imagen de muy pulido nivel.

Lo del problema tiene que ver con la timidez inevitable de muchos cronistas, amedrentados por los galardones internacionales y por los elogios —medidos, es bueno decirlo, pero elogios al fin—, de algunas publicaciones canónicas tipo Cahiers du Cinema, a las cuales les puede resultar sorprendente una producción colombiana sin tiros, narcotraficantes, políticos corruptos, ni vallenatos siquiera.

Personalmente distinguiría sin rubores el interés visual, de la opinable estructura narrativa, secundada, deliberadamente entiendo, frente al acento puesto en la construcción de una atmósfera que intenta traducir la desolación de los personajes en el ritmo cansino del relato y en la ausencia de sentido, aparente cuando menos, de los gestos, y de los dichos, de esos seres desasistidos de horizonte.

La trama se atiene entonces al minimalismo. Las Barras es un minúsculo villorrio a orillas del Pacífico. Al lugar llega —por motivos nunca explicitados—, Daniel, quien por lo demás está de paso no se sabe hacia dónde. La imposibilidad de conseguir embarcación lo fuerza a permanecer un tiempo en el lugar, lo que le hace testigo involuntario de los días, mientras un grupo de gente apenas los ve pasar. Debajo de las apariencias, el ensimismado y hosco Daniel atisba pugnas veladas, sordas broncas, deseos sofocados, nada en definitiva ajeno a cualquier grupo humano. Éste mora en una suerte de otra Colombia, sin ley ni políticos, ajena a los afanes del “progreso”, un microcosmos suspendido en el tiempo.

La película transita una suerte de alegoría abierta a múltiples interpretaciones, como una sombra insinuada detrás de la “historia”. Entrecomillo, puesto que el gran tema de controversia en torno a esta propuesta es la ausencia de cualquier trama en el sentido usual del término. Más bien, lo poco que pasa aparenta ser un pretexto para la puesta en escena de ideas sueltas, sensaciones, figuraciones seguramente caras al director, mas no necesariamente suficientes para respaldar el proyecto en términos de su sentido para el espectador. Suponiendo sí, y es mucho suponer, que una obra creativa necesite otra justificación que su propio proceso de gestación, espinoso asunto no dirimido, no dirimible en verdad, desde Altamira a la fecha.

Al no estarse en presencia de una trama, tampoco los personajes alcanzan a cobrar entidad. Son siluetas, esbozos, en torno a los cuales flotan entredichos insinuados, sin llegar en ninguna instancia al estallido: entre negros y blancos, entre Cerebro, una suerte de líder natural, y el paisa, algo así como un modesto empresario empeñado en levantar un “hotel” para improbables visitantes y, con algo de mayor porfía, la presencia de una bella joven madre de color: el huidizo “objeto del deseo” circundado por los entreveros latentes entre los varones. Apenas si cobra mayor vuelo la complicidad entre Daniel y la niña Lucía, por momentos en el borde mismo de la pedofilia.

Renuente a cualquier influencia estética-narrativa de origen televisivo, pueden detectarse varios puntos en común con la también colombiana Los viajes del Viento (Ciro Guerra/2009), así como con algunas de las hechuras últimas del cine argentino, negadas a esos tics usuales en buena parte de la producción contemporánea, aquí y en todas partes, con el apuro como sobada fórmula para justificar la acción en tanto modo de relleno del metraje necesario a fin de estirar cualquier anécdota a la duración de un largo.

La apuesta de Ruiz Navia, la austeridad de su “fábula” sobre todo, le valió entre algunos de sus propios coterráneos la acusación de cobardía, en el entendido de que el lucimiento plástico es tan sólo una coartada para encubrir la negativa a tomar partido— por la cuestión que sea—, escabullendo el bulto hacia los pasteurizados paraísos de la abstinencia ideológica. Opinable parecer que reactualiza viejas querellas, en boga sobre todo durante las décadas de los 60 y 70, con eventuales recurrencias recientes.

Menos confrontable es la acusación de tedio, cuestión de gusto y de sintonía con un estilo renuente a la más mínima estridencia. Tal contención incluye a los diálogos, en buena parte monosílabos farfullados, sin incidencia alguna sobre el espesor de la atmósfera armada, como para dejar al espectador en libertad de tomar sus propias opciones respecto a la lectura de los entretelones dramáticos.

El estilo se declina en definitiva por la mezcla de géneros, el acompañamiento de una banda sonora hecha de la mezcla entre los ruidos naturales del entorno y unos pocos reiterativos acordes de reguetón, con todo el esfuerzo concentrado en la extrema pulcritud de la fotografía. El director sabe obtener el mejor partido de la luz, no duda de dónde colocar la cámara, maneja un timming acorde a la morosidad buscada. Pero ya hubo antes innumerables ejemplos de lucidas óperas primas que acabaron siendo óperas únicas, irrepetibles, pues lo más difícil es no copiar una receta que funciona una vez y punto.

¿Será éste, al igual que los otros referentes mencionados, el síntoma incipiente de la emergencia de un nuevo cine latinoamericano, o de un nuevo capítulo en la producción del continente? Nada permite aventurar hipótesis alguna al respecto, pero no dejaría de ser una ráfaga de refresco y una contribución a la apertura de caminos inexplorados, para eventualmente abrir espacios ahora obturados por la avasalladora catarata de megaproducciones atiborradas de tecnología puesta al servicio, ella sí, del encubrimiento de la exigüidad de las cosas por decir.

Ficha técnica

Título Original: El vuelco del cangrejo.

Dirección y guion: Óscar Ruiz Navia.

Fotografía: Sofía Oggioni Hatty, Andrés Pineda

Montaje: Felipe Guerrero.

Arte: Marcela Gómez Montoya.

Diseño: Óscar Campo, Carlos E. Henao, Alonso Torres.

Sonido: Miguel Vargas, Frédéric Thery, Isabel Torres.

Asistencia de dirección: William Vega.

Foto fija: Santiago Lozano.

Producción: Diana Bustamante y otros.

Intérpretes: Arnobio Salazar Rivas,Rodrigo Vélez, Jaime Andrés Castaño, Karent Elisa Hinestroza, Miguel Valoy, Israel Rivas.

Colombia, Francia/ 2009

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