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El vuelo

Imágen de la película "El vuelo".

Imágen de la película "El vuelo".

La Razón / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 21 de abril de 2013

Típico: las crónicas dedicadas a El vuelo, último opus de Robert Zemeckis (Chicago, 1951), se dividen entre el elogio franco y la decepción a voces. Personalmente, no entiendo ni a unos ni a otros. A los primeros porque me resultan insondables los motivos de su entusiasmo de cara a una hechura mediocre, para decir lo menos. A los otros porque Zemeckis no me pareció nunca algo más que un destajista aplicado, con circunstanciales aciertos en medio de una filmografía atiborrada de costosos fiascos. Por ejemplo, los tres episodios de la saga de Regreso al futuro (1985, 1989, 1990) o la sobrevalorada Forrest Gump (1994). Tal vez lo más destacado entre los 24 eslabones de su filmografía siga siendo ¿Quién engaño a Roger Rabbit? (1988) por la en su momento novedosa mezcla de personajes en vivo y de animación.

En cualquier caso, muchas de las recensiones críticas pusieron el acento en los “apenas” 31 millones de dólares que costó El vuelo, en contraste con los varios cientos de miles que Zemeckis dispone habitualmente para sus producciones, caracterizadas por un desequilibrio entre lo contado y la rimbombante forma de hacerlo. Todo muy en el molde de los patrones de la industria del entretenimiento, entendida esta última palabra en la peor de sus acepciones.

Whip Whitaker es un piloto talentoso pero bastante pagado de sí mismo. Cree firmemente que la experiencia le permitirá salir bien librado de cualquier percance, y ese sentimiento casi de omnipotencia lo arrima al límite de la desaprensión.  La noche antes del vuelo en cuestión la insume en compañía de una atractiva azafata latina —ahí comienzan las obviedades que luego proliferan— ingiriendo cantidades navegables de alcohol, complementadas antes de salir al trabajo con una raya de cocaína. Por último, el menú se completa con un “shot” de oxígeno en la cabina de mando.

Para peor, el clima no acompaña, una tormenta y fuertes vientos cruzados convierten la aeronave en una agitada coctelera. Y como el avión no ha tenido el debido mantenimiento comienzan a sumarse los problemas técnicos al punto de convertirlo en un bólido descontrolado. Sólo la pericia y el atrevimiento de Whip, que ensaya una insólita maniobra, consiguen que el desastre se salde con apenas media docena de víctimas mortales. Hasta ahí es un héroe, destinado empero a la villanía súbita.

Basta que los análisis den cuenta de los múltiples ingredientes vedados que circulan en su sangre para desencadenar un auténtico vía crucis en camino a su redención luego de la dolorosa expiación de sus pecados: alcohólico consuetudinario, drogadicto persistente y cultor del sexo libre e indiscriminado. Tal proceso de lavado se anuncia por medio de una metáfora pueril cuando segundos antes del panzazo el avión en picada se lleva por delante la torre de una iglesia.

Podía haber sido buen punto de inflexión para encaminar el relato hacia un drama atrayente: la constatación de que el accidente se debe a averías mecánicas y no al deplorable estado del piloto, lo cual no lo pone a resguardo de una rigurosa investigación. Incluso a pesar de que otros 10 colegas de Whit, sobrios y tan experimentados como él, fallan en el simulador puestos a resolver la misma emergencia.

Sin embargo, ese apunte sólo sirve para engordar la acumulación de pretextos que apuntan a tensar la cuerda de la condena moral, operación destinada a su vez a bajar línea, en el más puro tono de sermón, a propósito de la inconveniencia de apartarse de las normas de comportamiento del buen ciudadano, esposo y padre. Rubros en los cuales el personaje tiene todas las asignaturas pendientes.

Por si los remordimientos concienciales de Whip resultaran insuficientes, ahí está el otro drama aleccionador: la chica pelirroja resuelta a lo que fuese si de conseguir unos gramos de droga se trata. Desde circular por los sets de una productora de películas porno hasta hacerse asidua de tugurios de mala muerte donde operan  traficantes idem, pasando por los bares donde se mete entre pecho y espalda cualquier líquido con los grados suficientes. Basta y sobra con haber visto unas cuantas de las innumerables prédicas de celuloide para estar seguro de que más temprano que tarde los caminos de los dos pecadores se cruzarán en una sociedad condenada por la permisividad que hace de la ética un detalle descartable y de la responsabilidad una cuestión de tercer orden. Ése es el blanco elegido por Zemeckis y el guionista Gatins para apuntar todos sus dardos admonitorios, alfombrando así el camino de acceso al gran Momento de la Verdad, cuando la culpa y el remordimiento nos confrontan con la única opción: el arrepentimiento.

El cherry en el empalagoso pastel es la homilía final de Whit a sus compañeros de presidio. Si usted, algo duro de entendederas, no captó todavía de qué va la cosa no obstante los múltiples mensajes soltados en hospitales, capillas y tribunales, éste es su chance final para reconducir su existencia escuchando el llamado final a la contrición.  DENZEL. A nadie con un mínimo de recorrido por el último cine le resulta desconocido que Denzel Washington es un actorazo. Y aquí lo vuelve a ratificar haciéndose cargo de un rol desportillado de inicio por los innumerables costurones del guion. Peleando con sus demonios interiores no necesita de enfáticos despliegues gestuales para convencernos que le tocó bailar con la más fea.

Las dos nominaciones de El vuelo para el último Oscar, justamente a mejor actor y mejor guión, son la enésima prueba de las paradójicas licencias y arbitrariedades de ese galardón. Si Denzel Washington llegó hasta allí, si sobrevivió indemne a la empresa no fue gracias al guión sino más bien a pesar de éste. Es justo anotarlo, hay otras figuras del elenco que acompañan la faena con muy buenas armas: el abogado conocedor de toda trapisonda posible (Don Cheadle) y el dirigente sindical curtido en mil y una lides de toda laya (Bruce Greenwood), pero especialmente el desenfadado traficante-consejero-filósofo cínico (John Goodman).  

A Zemeckis y a su película les ocurre lo mismo que al avión del argumento: tarda un rato en carretear y tomar altura, allí se mantiene un ratito estable, hasta la aparición de las primeras turbulencias preludio del largo vuelo bajito durante buena parte del metraje  y, de pronto, la caída libre,  sin control, sobre el pantanoso archipiélago de los peores lugares comunes del (melo) drama hollywoodense, donde acaba estrellado.

Ficha técnica

Título original: Flight. Dirección: Robert Zemeckis. Guion: John Gatins. Fotografía: Don Burgess.  Montaje: Jeremiah O'Driscoll.  Arte: David Lazan.   Música: Alan Silvestri. Producción: Heather Kelton, Laurie MacDonald. Intérpretes: Nadine Velázquez, Denzel Washington, Carter Cabassa, Adam C. Edwards, Tamara Tunie, Brian Geraghty, Kelly Reilly, Conor O'Neill, Charlie E. Schmidt.  USA/2012.

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