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‘Juego de tronos’ es hierro, sangre y sexo

Secreto. La serie convirtió lo remoto en cercano

Fantasía. Aegon en el Trono de Hierro, el símbolo del poder en ‘Juego de tronos’. Foto: youtube.com

Fantasía. Aegon en el Trono de Hierro, el símbolo del poder en ‘Juego de tronos’. Foto: youtube.com

La Razón (Edición Impresa) / Jacinton Antón (El País) Madrid

00:00 / 03 de mayo de 2015

Sentado en el Trono de Hierro, el incómodo asiento de Aegon el Conquistador, forjado con las espadas de sus enemigos caídos, volví a experimentar todo el poder de la serie creada por George R. R. Martin.

No era el trono verdadero, por suerte, porque ello me hubiera puesto en peligro —el trono mismo según se cuenta era capaz de matar a un hombre— y sin duda llevado pronto a engrosar la inacabable lista de muertos de la historia.

De la fuerza de Juego de tronos da prueba el que todo un hombre maduro como yo —y me quedo corto— se emocionara sin pudor instalado en aquel decorado instalado en el Salón del Cómic de Barcelona.

Leí con pasión los primeros libros de Canción de hielo y de fuego, y he sido un seguidor inconstante de la serie de Tv. Recuerdo como un relámpago de acero la primera entrega, rematada con la ejecución de Eddar Stark y cierto progresivo cansancio a medida que la serie, en papel y en imagen, se iba dilatando más allá de los planes originales de Martin, un autor con más cosas interesantes, y no me cansaré de recomendar Muerte de la luz —una de las historias de amor más hermosas que se han escrito— y Sueño del Fevre (lo mismo pero en amistad).

Juego de tronos es un destilado, genial, de numerosos ingredientes. Se ha señalado la influencia de la Guerra de las Rosas inglesa, con sus dos dinastías envueltas en una lucha despiadada por el trono.

Por supuesto toda la fantasía heroica —Leiber, Moorcock, Donaldson—, está en Juego de tronos, y con ella la amalgama de novelas de caballería, literaturas germánicas y escandinavas.  Espadas famosas (¡quién no querría una!), guerreros, dragones, tierras fabulosas, brujos, son elementos que la serie comparte.

¿Qué la hace pues tan conspicua? El secreto está en haber convertido todo un material remoto en algo increíblemente cercano.

Juego de tronos chorrea sangre real —en eso se ha beneficiado de la moda de las novelas y películas bélicas realistas— y también rezuma, con perdón, sexo. Ciertamente la serie ahí ha apretado. Cada uno recordará su imagen erótica, de las muchas, muchísimas. Antes, en el género fantástico el sexo nunca había sido enteramente satisfactorio (y valga la frase).

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