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Edicion Digital - Domingo, 18 de Julio de 2010
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‘Pasos y voces’, otro hito en el mapa poético de Mitre

Eduardo Mitre analiza la obra de nueve poetas en el libro de ensayo y antología ‘Pasos y voces’, que se presentará el martes en el Patiño.

Liliana Carrillo - La Paz
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En tres libros de ensayo y antología, Eduardo Mitre ha logrado configurar un mapa de la poesía boliviana desde el siglo XIX. Esta historia, “canónica” si se quiere, contenida en El árbol y la piedra (1988), De cuatro constelaciones (1994) y El aliento y las hojas (1998) ahora se completa con la publicación de Pasos y voces: nueve poetas contemporáneos de Bolivia.

La obra, que será presentada por el propio Mitre el martes en el Espacio Patiño, analiza y antologa la obra poética de Hilda Mundy, Yolanda Bedregal, Juan Cristobal MacLean, Eduardo Nogales, Rubén Vargas, Vilma Tapia, Benjamín Chávez, Mónica Velásquez y Jessica Freudenthal. Vates sin aparente nexo ni estético ni generacional.

  En el prólogo del libro, Mitre explica que ha querido remediar la ausencia de Mundy y Bedregal en su antología previa El árbol y la piedra; abriendo su nuevo ensayo con las dos poetas. Ése es el engranaje que permite articular otras continuidades: “Mundy y Bedregal se hallan en el inicio fundacional de dos líneas de poesía que han de continuarse ejemplarmente en voces posteriores, presentes en esta antología; me refiero a Mónica Velásquez, quien prolonga el acento confesional y penitente de Bedregal, y a Jessica Freudenthal, cuya escritura, harto lúdica, muestra, pese a su dramatismo, una clara afinidad con la obra de Mundy”, dice el autor.

Hecha de préstamos, reelaboraciones, reescrituras se presenta a la poesía boliviana para Mitre. Y es que en la historia sincrónica que arma el vate no hay lugar para las rupturas sino para las continuidades. "Resulta evidente —escribió en el prólogo de De cuatro constelaciones— que en la literatura boliviana la vanguardia no entraña, con relación al modernismo, una ruptura; es más bien su inflexión casi natural, a tal punto que, más que un cambio radical, cumple hablar de una continuidad cambiante, innovadora, pero no esencialmente distinta" .

Esa continuidad entre el modernismo y la vanguardia ya fue analizada por Mitre a partir de la lectura de la obra de Óscar Cerruto, Antonio Ávila Jiménez, Jaime Saenz, Julio de la Vega y Edmundo Camargo en El árbol y la piedra.

Los modernistas fueron desgajados de a poco en De cuatro constelaciones con lecturas de las poéticas de Ricardo Jaimes Freyre, Franz Tamayo, Gregorio Reynolds y José Eduardo Guerra. Las voces de los contemporáneos hicieron coro, con antología incluida, en El aliento y las hojas que consigna a Matilde Casazola, Norah Zapata Prill, Blanca Wiethuchter, Humberto Quino, Guillermo Bedregal, María Soledad Quiroga y Antonio Rojas.

Ahora, el mapa se completa en Pasos y voces con la inclusión de las citadas Mundy y Bedregal, sus  herederas: Velásquez y Freudenthal y, en entre los extremos, un grupo de poetas pertenecientes a distintas tradiciones: Juan Cristobal MacLean, Eduardo Nogales, Rubén Vargas, Vilma Tapia, Benjamín Chávez. A todos, Mitre les dedica un ensayo: “Para la antología no he seguido otro criterio que el basado, en mi opinión, en la calidad (la intensidad) de los poemas”, explica el autor.

Aquí, un paréntesis, y es que el aporte de Plural con la publicación de Pasos y voces: nueve poetas contemporáneos de Bolivia se desluce con algunos errores de edición. En la página 55, se cita entre las obras de Juan Mac Clean Paran los clarines, cuando el poeta es autor de Paran los clamores. En la página 100, una nota indica que el ensayo de Mitre sobre Bedregal está publicado en El árbol y la piedra; cuando figura en El aliento y las hojas. Hay más.

Pero lo importante es que Pasos y voces confirma una convicción de Mitre: la poesía es "el deseo por compartir-conversar con otro cuerpo, otro poeta, otro estado (la muerte)" . Esa premisa practicada vitalmente en su obra creativa se traslada con igual énfasis a sus ordenamientos críticos. No es casual, por tanto, que encuentre relaciones permanentes como el discurso del poder que iniciará Tamayo y continuará Cerruto; la erótica del cuerpo que diseña Camargo que será transformada en hálito urbano por Saenz o en el acento penitente de Bedregal que hallaría continuidad en la voz dolida y doliente de Velásquez.

No sólo estética, fundamentalmente calidad es lo que postula Mitre en sus ahora cuatro ensayos antológicos. Lo claro, sí, en su intento por ordenar la creación poética boliviana, es la defensa de la poesía, como un deber, como un reto, y en última instancia, como un acto de fe.




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