Es una piedra caliza de inusitada belleza que refleja bienestar, pero también el ingenio del hombre.
Mabel Azcui Fotos: Pedro Laguna
Los geólogos tienen elaboradas definiciones sobre el mármol, aunque el único que tiene la fórmula de su existencia es el Creador, que ha dado al hombre otra forma de solaz visual y un importante material de construcción y, en los últimos tiempos en Bolivia, una nueva forma de expresión artística y de trabajo artesanal.
Durante muchísimo tiempo en el país se utilizaba el importado, especialmente el de Italia o el de Bélgica. Sin embargo, desde mediados del siglo pasado se ubicaron interesantes canteras que han dado paso a la explotación y producción de preciosas piezas de mármol y actualmente se lo está llevando al mercado en las más diversas formas: figuras de animales, huevos y frutas.
El metamorfismo
El mármol es “un producto del metamorfismo de contacto o metamorfismo regional en piedra caliza”, explica con paciencia el ingeniero Hugo Alarcón, catedrático de Geología de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA).Se trata de una piedra muy dura, de estructura granítica que proviene de rocas carbonatadas. El producto final es una pieza de una gran variedad de colores, con vetas y sin ellas. Si la roca es de calcita pura, el mármol es blanco y, aún, hay diversas tonalidades de este color.
Las “impurezas” ocasionan distintos matices que van desde verdes, rosados, marrones y algunos con vetas negras. Todos ofrecen dureza, mucho brillo y larga, muy larga, vida.Las canteras más conocidas están en el sur del país, de donde proceden los llamados “travertinos”, en Puerto Acosta, Sevaruyo y “también existen ocurrencias de mármol en el Precámbrico boliviano”, apunta Alarcón.El “mármol azul” en realidad es “un silicato feldespatoide”, que se encuentra en Cochabamba y que actualmente se exporta a Arabia y EEUU, entre otros países.
En Sur Lípez se encontró también las geodas de caliza marmolizada, que son piedras de gran belleza y, por lo tanto, demandadas en el mercado.Las huellas del tiempo
La historia de la explotación del mármol en Bolivia se remonta a las primeras décadas del siglo XX. Hasta entonces, el mármol que adornaba las residencias más selectas de las principales ciudades, así como los monumentos y los mausoleos, era de importación. Provenía de Italia, en su mayoría, además de Bélgica, Francia y otros países europeos.
Al industrial minero Simón I. Patiño le cautivó el mármol italiano de Carrara que mandó a Bolivia para los escalones, las estufas y las hermosas figuras de los jardines tanto de Villa Albina, en Pairumani, como los del Palacio Portales de la ciudad de Cochabamba. El mármol reluce también en los edificios del Banco Mercantil y en el que ocupó la Corporación Minera de Bolivia en la ciudad de La Paz.
Los cementerios de Sucre, La Paz y Cochabamba constituyen un testimonio de la preferencia por los mármoles para las estatuas y monumentos que en estos lugares se levantaron, además de otros en las plazas y rotondas.
De acuerdo a las indagaciones, un emprendedor italiano de apellido Venturini trabajaba, hacia los años 40, con una pequeña marmolera. La vendió a otros dos jóvenes compatriotas suyos que, a partir de 1948, no solamente la ampliaron sino que empezaron a trabajar también con la producción de canteras locales, identificadas en los viajes que solían hacer por el territorio.
La “Marmífera y Fundición Boliviana Orrico-Grisi” comenzó a trabajar y a pulir todos los sueños de sus propietarios, unidos por lazos de familia —eran cuñados—, pero principalmente por sus metas. Francesco Orrico y Rafael Grisi dedicaron muchas horas para convertir a la marmolera en una de las más importantes. Orrico solía viajar a su patria para escoger los mármoles más preciados que podía encontrar para enviarlos a Bolivia.Hasta la primera mitad del siglo XX el mármol era de importación. Bolivia explota hoy variedad de mármoles para todo tipo de trabajo.
“Se traía en barco desde Italia hasta Arica”, recuerda su viuda, Guissepina Papaleo, que conserva en su español el marcado acento italiano. “Eran enormes piedras que llegaban para tallarse en La Paz” y, con entusiasmo, señala que puede apreciarse toda la belleza del mármol verde de Carrara en la iglesia de María Auxiliadora, en El Prado de La Paz.Este es un mármol que, por su color y las tonalidades que tiene, difícilmente se encuentra en este tiempo. “También está el mármol blanco estatuario que papá traía para las esculturas de ángeles, santos y otras figuras religiosas que adornan los mausoleos del Cementerio General, aquí en La Paz, por ejemplo”, complementa la hija del matrimonio Orrico Papaleo, Patricia, quien señala además que se importaba “un mármol especial para este tipo de esculturas, uno sin vetas” y, generalmente, blanco.“Pero también se preocupaba mucho por mantenerse al día con la tecnología, pues cada vez sale al mercado maquinaria moderna, con más facilidades para ofrecer un producto de calidad”, expresa Guissepina Papaleo.Pero Orrico no se quedó contento solamente con los mármoles importados. Comenzó a hacer viajes y a buscar canteras. Encontró unas de granito y de un mármol de color café, que actual- mente se conoce como Matilde, en los alrededores de Puerto Acosta, al norte del departamento de La Paz, frontera con Perú.
La marmífera de Orrico cerró a fines de los años 70, pero había dejado una huella y, más adelante, otras empresas empezaron a trabajar el mármol boliviano.
Actualmente existen importantes industrias, especialmente en La Paz y Cochabamba, que satisfacen mayormente la demanda del sector de la construcción. Muchas otras, medianas y pequeñas, han comenzado a trabajar el mármol en piezas pequeñas, algunas de adorno, otras utilitarias para la casa y la oficina.
El mármol comunario
Las pequeñas empresas se abastecen con la producción de mármol que entregan los comunarios, organizados en cooperativas en el sur boliviano, como un medio para lograr ingresos.
“Nosotros nos proveemos con la cooperativa Vinto que trae el mármol que se llama ónix blanco, y sus canteras están a unas dos horas del camino”, explica Sofía Yáñez, encargada de la empresa “Piedras Uyuni” que, como otras pequeñas marmoleras, se dedica a producir mesones de cocina, lavabos, así como lápidas y diversos objetos de adorno.“El ónix verde y blanco son piezas de lujo y generalmente se destinan a mesitas centrales o superficies más bien pequeñas”, dice al compararlo con verdaderas planchas de granito.Como sucede con la explotación de algunas piedras semipreciosas, la falta de medios obliga a los comunarios a extraer piezas de roca caliza —mármol— con explosiones de dinamita que, a veces, ocasiona que la roca estalle en piezas pequeñas. Muy lejos del poder adquisitivo de los cooperativistas están las sierras eléctricas con las que se trabaja en las canteras de otras naciones.Pero la maquinaria existente en el país permite aprovechar estas piedras desmenuzadas de mármol y tallar objetos pequeños de decoración como los animales, los huevos y los fruteros que se lucen en las tiendas especializadas.
Tras el tallado, el proceso de lijado bajo agua es una de las técnicas que se utilizan para darle el brillo y resaltar los colores.
La mayor parte está hecha en mármol blanco y, en la gama de los blancos, el mármol cristalino que hasta admite la coloración artificial por el reverso.
Las “impurezas” han dado paso al mármol conocido como “aguayo”, que en el fondo blanco tiene unas vetas color café muy especiales. Y el mármol Matilde que tiene matices marrones, casi guindos y pequeñas líneas verdes, además del impresionante colorido de la sodalita, con su gama de azules intensos.Puede ser metamorfismo de contacto, pero lo cierto es que el mármol es una piedra especialmente hermosa, de colores brillantes y duración eterna.