Es vecina del Palacio de Gobierno. Tras su fachada desprovista de ornamentos hay cuadros valiosos, un pequeño museo y una biblioteca de riqueza desaprovechada.
Bernarda Claure Fotos: Fernando Cuéllar
El silencio es casi absoluto, aunque pasan de las 10 de la mañana. Los haces de luz penetran ordenadamente por los ventanales del piso superior, pero sólo unos pocos logran iluminar el púlpito de madera tallada, algo amilanado por la fría mirada del busto del mariscal José Antonio de Sucre. Ambos gobiernan el ala derecha del salón principal de la Academia Boliviana de Historia Militar, en La Paz.
El silencio estalla allí, pese al aleteo de las palomas que asoman a los balcones enrejados y en voladizo, esos que miran apacibles al vecino del frente, el Palacio de Gobierno. Este punto del universo parece inmune al bullicio del centro del poder, la plaza Murillo, con su ir y venir de autos y gentes porque el silencio se cree perpetuo.
Pero cerrados los ojos, basta un hondo suspiro para acabar con la quietud y escuchar el dan-dan-dan imaginario de un vals salido del piano de cola ubicado en una esquina del salón. Al verlo allí, disimulando su olvido tras un grupo de sillas, quién diría que en sus tiempos solía acompañar las fiestas de presentación de las debutantes y otros acontecimientos aun más relevantes.
El eco de la voz del coronel Freddy Rodríguez, director de la Academia, resbala por el machimbre cuando precisa: “En estos salones la sociedad boliviana ha celebrado saraos de gran gala, solemnes actos cívicos, exequias fúne- bres de ex combatientes y otros personajes militares y civiles”.
La Academia Boliviana de Historia Militar —creada el 17 de mayo de 1979, por DS 16469, durante la Presidencia del Gral. David Padilla Arancibia— fue por varias décadas el Círculo Militar y, por ello, escenario de reuniones trascendentales e históricas.
Desde el púlpito
Cada jueves, 28 académicos de número se reúnen en aquel salón y la palestra es ocupada por algún miembro de la Honorable Junta Académica, que es la que —entre otras cosas— escribe parte de la historia de Bolivia.
Aquel podio es el mismo en el que discursearon presidentes como Ismael Montes y los que le siguieron. Sus retratos, 57 en total, adosan las paredes del piso superior, como dando fe de ello. “Son óleos de todos los presidentes y una fotografía de la Junta Militar de 1930 –1931; en su mayoría fueron pintados por el Cnl. Enrique Paravicini y por el pintor de la Jalla”, explica el coronel Rodríguez.
Desde aquel pasillo plagado de rostros se divisa el salón en toda su plenitud; de frente está una mesa de madera maciza y el púlpito, el mismo desde donde el contralor de la República Adolfo López comunicó a los oficiales de la guarnición de La Paz que no había dinero para solventar la Guerra del Chaco.
También allí se reunió el Consejo de Guerra contra el Gral. Hans Kundt, acusado de haber fracasado a la cabeza del Ejército en la defensa del Chaco boliviano frente al Paraguay (1932-1935).
El Gral. Fernando Sánchez Guzmán, académico de número de la Academia y ex director de la institución, exhala una bocanada de humo antes de relatar lo que le dicta su memoria: “En el local también se realizó un juicio sobre el contrato Bickers-Amstrong, como consecuencia de la caída de Hernando Siles en junio de 1930”.
Si hablara...
El edificio fue escenario de hechos como este, pero en algún caso también terminó siendo víctima, como el 21 de julio de 1946, cuando fue blanco de disparos en el enfrentamiento entre el regimiento Bolívar 2 de artillería, que cuidaba a Gualberto Villarroel, y el regimiento Loa 4 de infantería sublevado al mando de un coronel de apellido Armijo. “Muchos disparos salieron del Hotel París y del entonces Círculo Militar”, confirma el Gral. Sánchez. Desde allí, desde sus balcones, los militares también vieron cómo colgaron al mayor Gualberto Villarroel.
Probablemente por estos acontecimientos es que se decidió trasladar el museo al Colegio Militar.
Hoy, en el mismo ambiente del que salieron las piezas rumbo a Irpavi, se exponen de manera permanente y para todo el que tenga interés una serie de uniformes y armas militares, además de una trinchera igual a las de la Guerra del Chaco. Todo esto enmarcado por un mural de 18 metros de largo, firmado por el suboficial Rosendo Huarina en 1998, que pinta la historia del país desde Tiwanaku hasta nuestros días.
A un lado, ocupando los casi cuatro metros de altura entre el piso y el techo, La Patria, una verdadera joya pictórica firmada por García Mesa el año 1901.
En el hall que precede a este museo, en las primeras décadas del siglo XX se daban sendos banquetes para agasajar a ilustres visitantes, como el Gral. Pershing, comandante de las tropas en la Primera Guerra Mundial.
La venta ficticia
El Gral. Sánchez ha fumado el segundo cigarrillo para cuando dice que en los salones de la planta baja —donde hoy duerme un depósito al que pocos tienen acceso— funcionaba un local llamado El Edén, un restaurante de lujo. En este lugar se hizo la cena de gala para el Príncipe de Gales cuando visitó Bolivia. Y se dice, sin documentos que lo confirmen, que Carlos Gardel cantó a un selecto público del que quizá sólo tengan memoria los empapelados que insisten en abrigar las paredes que hay entre el cine Center y el Hotel París.
La escalinata principal revela desde la puerta de ingreso los espejos de marcos dorados. El edificio, declarado Patrimonio Cultural de La Paz, es de tres plantas y cuenta con delgadas cenefas que hacen resaltar los ventanales que son adintelados; una cornisa que se enrula formando un frontón semicircular en el remate superior sugiere a los transeúntes el tesoro histórico que hay por dentro. El director de la Academia, Cnl. Rodríguez, se jacta de esa riqueza señalando las finas molduras que forman volutas.
“Tengo entendido que el edificio pertenecía a la familia Goitia”, precisa el Gral. Sánchez. Don Benedicto Goitia era un importante industrial de principios del siglo XX. A fines del siglo IX había hecho fortuna en los Yungas y tenía más de un emprendimiento. Su familia era dueña del edificio y también del hotel París. “En cierto momento, y esto lo tiene que confirmar su familia, el hombre expresa su deseo de que funcione allí el Círculo Militar. De ese modo lo dona y para evitar problemas legales propone hacer una venta ficticia por un precio simbólico. La oficialidad de la guarnición de La Paz se reúne para poner su cuotita y adquiere la casa como entidad jurídica”.
Hoy, el inmueble es propiedad de Cossmil que lo ha cedido en usufructo a la Academia. Y este detalle es un impedimento para llevar a cabo proyectos como el de crear un centro cultural de las Fuerzas Armadas.
Los tesoros de la biblioteca
La biblioteca tiene abundante bibliografía sobre la Guerra del Chaco y la Guerra del Pacífico. Son 5.000 libros a disposición de todos.
Mas son escasos los estudiantes o investigadores que acuden. Tanto es así que para la Academia resulta anecdótico que hasta el año 1994 toda la documentación sobre Ernesto Che Guevara, incluidos los diarios, se encontraban allí, pero nadie la buscaba.
Y así, los tesoros son incontables. Por ejemplo, en el escritorio del Cnl. Rodríguez se puede ver el diario de guerra de Germán Busch.
Gracias al trabajo de la Academia se ha podido también puntualizar claramente el papel de Daza y de Campero en la Guerra del Pacífico. Eso ocurrió gracias a que cada jueves los académicos rompen el inmaculado silencio del salón principal para seguir tejiendo, poco a poco, la historia de Bolivia.