Llega el lunes y el enjuto pelaje negro apenas se distingue de- trás de la espesa capa de polvo. Bajando por la avenida Periférica camina Oso, un Canis familiaris (perro) de los 300 mil que viven en la ciudad de La Paz. Cansado, empieza a descender en busca de comida en algún basurero. Oso sabe buscárselas solo, pero hay algo que le molesta.
A las 8.30 de la mañana empieza a saltar el teléfono de Zoonosis, en la Avenida del Poeta. Los funcionarios se preparan para el recorrido habitual en el carro de la perrera. Los tres primeros días de la semana los destinan a capturar a los animales que deambulan por las calles y que pueden significar un riesgo para la población.
El hecho de estar en una ciudad de cemento y concreto no es impedimento para la vida. Las áreas verdes, el calor producido por la gran concentración de viviendas, las fuentes de agua, la basura, la existencia de lugares que sirven de refugio, la abundancia de alimento y la ausencia de especies competidoras o depredadores crean las condiciones de vida ideales para los animales que conforman la fauna urbana de La Paz.
Así, mientras la gente camina preocupada por el reloj, el estrés y las noticias; verdaderos ecosistemas germinan y cierran círculos sin dejar notar su presencia, excepto si se les acerca la lupa.
El reinado de las mascotas Oso deambula solitario por el centro de la ciudad. Si en alguna oportunidad formó parte de un grupo, fue porque una de las hembras estaba en celo. Ya conoce su recorrido diario. Empieza en el mercado Lanza tras algún rastro de comida, aprovechando que algunas de las caseras lo conocen.
Pero la vida no sólo está en las calles. Estos animales han sido domesticados y reciben en muchos hogares un trato familiar. Pero no es lo habitual. En Villa Copacabana vive Fido, otro Canis familiaris. Sus dueños le abren la puerta todas las mañanas para que salga a pasear. Al atardecer regresa para comer algo de lo que la familia le ha guardado y cuida la casa hasta el amanecer.
Con la partida de los dueños, un Felis catus (gato) sale al patio de su casa y con habilidad trepa a los techos. Alejado de su entorno familiar, el espécimen da rienda suelta a sus instintos. No se aleja mucho, pues en ese momento no existe cerca ninguna hembra en celo, por la que fácilmente abandonaría el hogar para regresar en unas semanas o no hacerlo nunca más. Ya va tiempo que ha exterminado a los Mus musculus (ratones) del lugar, motivo por el que lo compraron. Sin estos enemigos naturales cerca, el felino levanta la vista a los cielos.
El grupo más abundante y representativo de esta fauna está constituido por las aves. Esto se debe a sus características morfológicas —tienen gran movilidad— y biológicas —no necesitan mucha comida—. Aun así, el número que ha sabido adaptarse a la ciudad se limita a unas pocas especies. La mayoría se observa en los parques y jardines o sobre los árboles de las calles y avenidas.
Entre aquellas especies sedentarias que están durante todos los períodos estacionales destaca el Turdus serranus (mirlo) a quien se conoce como chiwanco. El ave de negro plumaje aprovecha los techos para hacer sus nidos y sobrevive en los jardines. Otra de las aves que recibe al amanecer con sus cantos es el Zonotrichia capensis (chingolo) y que se alimenta de insectos. Se lo conoce como Pichitanca.
Entre las aves migratorias figuraba la Hirundo rústica (golondrina), pero la contaminación se encargó de alejarla, al igual que al Falco peregrinus (halcón), al Vultur griphus (cóndor) y varias especies de Lepidópteros (mariposas).
En ausencia de humanos, las casas son escenario para que la Musca domestica (mosca) aproveche los desperdicios y ponga huevos. Controlan en algo su existencia varias especies de arácnidos.
Los insectos también sirven para alimentar a los anfibios que se acercan a los hogares en la época de lluvias. Los Bufo bufo (sapos) y Rana perezi (ranas) dejan sus huevos en las lagunas de zonas más templadas de la ciudad y en estanques. La humedad también atrae a los Phylum mollusca (caracoles), que recorren baños y cocinas dejando detrás un hilo plateado.
A pesar de que la Ley 1333 prohíbe la tenencia de animales silvestres, la gente cría al Ateles geoffroyi (mono araña), Meles meles (tejón), aves tropicales y un sinfín de especies más. Esos animales sufren y cuando crecen sus dueños no saben qué hacer con ellos. Es difícil reintroducirlos en su hábitat, pues en la ciudad han adquirido virus que pueden resultar nocivos para la fauna de su lugar de origen.
El acecho de los vectores Oso continúa en su búsqueda. Está cansado, con la visión borrosa. A su paso encuentra a Fido, quien lo olfatea. Oso gruñe; está agresivo y su visión no logra enfocar a Fido. Sólo siente el movimiento, por lo que le asesta una mordida. Fido responde a la agresión, aunque opta por huir: Oso es más grande.
La ciudad puede resultar también un criadero de amenazas. Los vectores son animales invertebrados que transmiten enfermedades, aunque existen vertebrados que actúan como tales, explica Freddy Lizón, director de Zoonosis. Es el caso de la Columba livia familiaris (paloma común). Esta ave transmite la salmonela. A pesar del riesgo, se le ha dado medios para su sobrepoblación: hay entretechos que sirven de nidales y gracias a la gente que les da alimento en sus casas y la plaza Murillo. Su población no puede ser controlada, pues no existe un depredador que limite su crecimiento. “En muchos países se utilizan fulminantes para espantarlas, pero en una ciudad en que se escuchan dinamitazos tan seguido, no significa nada”. Por ello, Zoonosis retira huevos de las iglesias y edificios coloniales para evitar que sean empollados.
La granja citadina Con el crecimiento de la ciudad, muchos campesinos que criaban animales tuvieron la oportunidad de vender parte de sus tierras y se quedaron con terrenos que funcionan como criaderos junto a edificios de departamentos.
En barrios del Sur como Alto Irpavi, Llojeta y Mallasa se pueden encontrar ejemplares de Bos taurus (vaca), Ovis aries (oveja), Capra hircus (cabra), Gallus gallus (gallina) y Sus scrofa (cerdo) caminando libremente por las calles.
En Mallasa y Auquisamaña aún abundan las Lagidium viscacia (vizcachas) y se puede apreciar todavía a algún ejemplar del Dusicyon culpaeus (zorro andino). Y sin que haya habido la intención de criarlas, las Apis mellifera (abejas) tienen instalada una colmena en un poste de luz de la calle 8 de Calacoto sin que hasta ahora se haya podido desalojarlas.
Pero sin duda es la basura la que atrae a más animales. La Ratus ratus (rata común) es una de las principales inquilinas y vector de gran peligrosidad, aunque según un estudio de Zoonosis no existen en gran cantidad. Los que sí viven de la basura son los Sus scrofa (cerdos) y se ha visto a un Equus caballus (caballo) de Mallasa que se ha alimentado en los contenedores.
La Larus dominicanus (gaviota común) se alimenta y baña en los ríos, mientras que las aves de rapiña —que habitaban el antiguo basurero de Mallasa— entran a la jaula de los cóndores del zoológico para comerse las sobras. En la zona Sur también se hallaron animales exóticos, como un Cervus elaphus (venado) o una Didelphis virginiana (zarigüeya).
La tarde amenaza con marcharse y Oso se dirige a la zona Sur, ya que sus fuerzas no dan para volver a trepar hasta el centro. De pronto, un automóvil se detiene y de él baja un funcionario de Zoonosis que consigue atraparlo. Su destino es la perrera municipal, donde se esperará a sus dueños hasta el viernes. Si no llegan, será eliminado. Además, los veterinarios han notado que Oso le tiene pánico al agua (hidrofobia), uno de los principales síntomas de la rabia.
Y con el anuncio de la Acheta domesticus (grillo) los insectos nocturnos toman la noche, hora en que Fido regresa a casa de su familia de Homo sapiens (humanos) con una mordida a cuestas.