Del frío de la calle al calor del hogar Una muestra en la Casa de la Cultura refleja en las fotos de Alejandro Azcuy las dos caras de unos niños que tienen la vida muy difícil.
Para saber que son niños de la calle basta con mirarles los zapatos. Están sucios, están gastados y apenas tienen suela. Para asegurarse, con levantar la vista es suficiente. Se los intuye de un solo vistazo. Sus rostros son tibios, melancólicos, apenas una leve mueca vacía, de circunstancias.
Con la única finalidad de retratar su realidad, el lente frío del fotógrafo cubano Alejandro Azcuy ha estado con ellos en las aceras, en los hospitales, en los hogares de acogida, en los torrantes y en los nichos huecos del cementerio donde duermen, en las calles atestadas y en las habitaciones donde poco a poco recuperan su personalidad original, su alma de niño.
Hoy, el resultado de tres años de trabajo persiguiendo historias es una muestra en la Casa de la Cultura bajo el título “Los niños nacen para ser felices”. Enmarcada en el primer festival de fotografía de La Paz —Fotoencuentro 2005—, organizado por Sandra Boulanger, 21 imágenes de gran formato dan buena cuenta del Vía Crucis de la calle: pasión, muerte y, a veces, reinserción.
El reflejo de la sociedad Según datos del último censo nacional, por lo menos 800.000 niños del país viven en una situación de alto riesgo. Esto significa que a algunos los obligan a trabajar, que no van a la escuela, que no tienen acceso a la salud, que padecen una situación extrema de pobreza y que, por lo general, se ven abocados a vivir en la calle. Algunos han abandonado familias desintegradas; otros migraron con sus padres desde el campo y ante las carencias no tuvieron más opción que buscarse el chairo por su cuenta; y los más han sido víctimas de la violencia familiar hasta que ya no aguantaron y decidieron escapar.
“Los niños de la calle son el resultado de lo que nosotros somos como sociedad”, sostiene Claudia Gonzales, responsable de Alalay, una institución que trata de rehabilitar a los niños en sus hogares.
Donde los pequeños son precisamente más vulnerables es en los denominados “países del sur”, en los que la desigualdad, la exclusión, la discriminación, la injusticia y los conflictos son el pan con que sus gentes se desayunan cada día. Y es en ellos donde los menores sufren desgracias inimaginables y violaciones que vulneran constantemente sus derechos. Se les da a entender que a nada pertenecen, ni a la sociedad ni a sus familias. Su condena es el destierro.
Una luz al final del túnel Las imágenes más duras —agonías en los hospitales, cleferos en pleno “vuelo” o niños durmiendo en alguno de los torrantes de la avenida del Poeta— a pesar de que se han omitido en esta nota no dejan de reflejar una de las realidades más intensas y dolorosas de aquellos que tienen el cielo como techo y la tierra casi como única cama.
“Ante escenas como estas es difícil que uno no llegue a sentir nada. Como fotógrafo, yo hago la fotografía, pero luego viene siempre una carga emocional enorme, aunque uno debe intentar que eso no le domine”, mantiene Azcuy.
Miles de cuerpos y cientos de rostros pasearon frente a su cámara en estos años: una niña confesándole al oído a otra un tímido secreto, unos muchachos que ansían llegar a ser el equipo de fútbol de la fotografía, unos plátanos que hacen de improvisada peluca al compás de una sonrisa, un pequeño que alberga en una flor sobre su cabeza sus tiernas esperanzas, una muñeca que igual evoca anhelos...
Son instantes que se entrelazan unos con otros. El niño de ojos tristes, marinos y profundos que hoy está en la calle es posible que pierda esa mirada si llega a encontrarse a gusto en una casa de acogida.
Pero no siempre hay un final feliz. Según datos de Alalay, dos de cada 10 niños que entran a sus casas al día siguiente están de vuelta al frío espantoso de la ciudad, al alma en pena de los bloques de cemento, al sentido vacío de la clefa.
“Ansían la libertad —resume Claudia—. Habituados a no cumplir ninguna regla no se hacen a la idea, en cierta parte, de perderla. Están acostumbrados a no tener horarios, a nunca ir a la escuela”.
Por eso, hay quien nunca dejará la calle. Sobre ellos son las imágenes de niños que parecen viejos, de vidas que se agotan a los 30, de partos en la acera que dan lugar a historias que se repiten, a hijos que reviven lo que ellos ya vivieron antes. “Es un círculo vicioso. Los que no logran salir terminarán inevitablemente atados a un destino marcado por la delincuencia, el alcohol, la clefa o la prostitución”.
Por contra, para los que se dan a sí mismos otra oportunidad en las casas de acogida cabe la posibilidad de atisbar una luz al final del túnel. “Depende de ellos —sentencia Claudia—. El único requisito para entrar es que ellos quieran”.
Inevitablemente, a veces llega un momento en que las dos caras, la de los que vuelven a escapar y la de los que se quedan, vuelven a encontrarse, se encuentran en la calle.
Al respecto, Azcuy se conmovió tremendamente con una escena que recurrió fugazmente su ojo antes de ser engullida por la cámara. “Detrás de esos segundos para siempre está la historia de Eddy, un muchacho que se rehabilitó en uno de los hogares de Alalay, viajó a Sao Paulo y hoy es un chef famoso en el país vecino. Cuando nos visitó, volvía a La Paz después de muchos años. Y todos juntos fuimos a un torrante de la avenida del Poeta donde antes vivía. Allá reconoció a uno de sus amigos, a un compinche también llamado Eddy que rompió en lágrimas nada más verle”. Todo parecía igual que antes, salvo por una insalvable diferencia, uno estaba fuera, libre del infierno, y el otro todavía estaba dentro.
Camino a la salvación La calle es un lugar sin ley. Cuando uno cae en ella es como si empezara a vivir de nuevo. Si tiene hambre, aprende a robar un pan para no morirse. Si tiene sueño, se acomoda en cualquier lugar y duerme.
“A veces, ni los mismos policías respetan a los niños —denuncia Claudia—. Los ven sólo como a meros delincuentes. Y algunos violan a las menores y extorsionan a los pequeños pidiéndoles dinero”.
Para salir del paso, los niños se protegen entre ellos. “Son muy solidarios entre sí, como una gran familia que comparte los problemas”. Algunos suelen relacionarse también con los niños trabajadores, lustrabotas, voceadores y otros con jornadas laborales que en ocasiones llegan a superar las 12 horas. “Son los que están a un paso de irse a vivir definitivamente a la calle”.
Y Alalay trabaja con ambos en La Paz, El Alto y Santa Cruz, con los que ya están fuera de sus casas y con los que están a punto de escaparse. “Tenemos tres fases —explica Claudia—. La primera es el trato directo en las calles, en el que el objetivo es establecer lazos de confianza, conseguir que se abran. En la segunda, mientras, cuando ellos deciden intentar cambiar de vida, se les integra en una casa de acogida. Tenemos para chicos, para chicas y para adolescentes embarazadas. En esta fase reciben vivienda, salud, apoyo social, psicológico y legal y educación. Además, si están dispuestos, igual tratamos de contactar a sus familias. Luego, van a las aldeas, donde se les capacita y se les ayuda a encontrar un trabajo. Finalmente, se independizan”.
Como Alalay, otras ONG e instituciones hacen lo mismo, pero las que cuentan con infraestructuras y programas adecuados no son muchas, por lo que no se soluciona ni una minúscula parte del problema. “Si consigues sacar de la calle a 10 niños y entran otros 10 es como si realmente no se hiciera nada, como si uno se encontrara ante un pozo sin fondo —reclama Alejandro Azcuy—. Lo que hacen falta son más políticas de prevención por sobre todo del Estado”.
Mientras tanto, la exposición de la Casa de la Cultura quiere ser un sopapo a las conciencias. “Este suele ser un tema que la gente trata de olvidar porque no quiere darse cuenta de una realidad que existe, aunque la sientan al margen de sus vidas. Por eso, lo que he intentado es que las imágenes golpeen duro en los corazones, para que el que las vea en algún otro momento vuelva a recordarlas”.
El blanco y negro de las fotos lo condensa todo: decepción, frustración, coraje, alegría y corazón.
Pero la mirada clave es a los zapatos. Esta es la razón por la que el fotógrafo cubano haya buscado simbolizar el cambio en ellos. En una de sus imágenes, los cordones desatados, el cuero abierto y las tonalidades despintadas se han dejado atrás. El calzado se agolpa en un estante, es parte de un pasado a la intemperie que se abandona.
“Quienes son el futuro del mundo, muchas veces están perdiendo su presente —sintetiza Azcuy—. Y las conclusiones de las reuniones sobre la problemática infantil se firman en declaraciones que terminan quedando sólo en el papel”.
Una fotografía, por lo menos, es un retrato que permanece para siempre. Se lleva en un bolsillo, inserta entre las páginas de un libro, en una carpeta, se reivindica en un póster, se guarda en un álbum de recuerdos, cuelga enmarcada en una pared vacía y, en definitiva, si merece la pena se retiene en la memoria.
En ella están las pasiones, los buenos momentos, las desgracias y miserias, están las historias agolpándose entre líneas, está la esperanza, está la calle, están “los niños que nacieron para ser felices”.