Caídas de agua, contrastes imposibles y cientos de animales aguardan en Beni.
Miguel Vargas Fotos: Andrés Rojas
Con cautela, el fotógrafo adelanta el paso y se acerca muy sigilosamente a un grupo de murciélagos. Boca abajo y ajenos a la expedición, mientras, cinco roedores cuelgan despreocupados con las patas aferradas a la tierra nutrida de humedad. "¡Clic!", escupe la cámara. Y los negros animalitos despiertan con el sonido y toman los cielos en busca de otro refugio diurno. No importa, el recorrido apenas comienza y la naturaleza de San Miguel del Bala tiene aún mucho por ofrecer.
Allá, en las entrañas mismas de la provincia Abel Iturralde, al norte del departamento de La Paz, viven los tacanas, quienes antes dedicaban sus jornadas a la caza y ahora dejaron esa práctica y se encargan de un albergue para turistas. Y es que en la zona la cultura y la riqueza natural son el principal atractivo, pues los tacanas se encuentran en el límite de dos áreas protegidas: la Reserva de la Biosfera y Tierra Comunitaria de Origen Pilón Lajas y el Parque Nacional y Área Natural de Manejo Integrado Madidi.
En ese paraje de ensueño el motor impulsa con sus ronquidos al peque-peque, una embarcación acondicionada para 15 personas, sobre las chocolatadas aguas del río Beni. Son 45 minutos de viaje desde Rurrenabaque hasta el ingreso al albergue, que ha sido levantado por la comunidad tacana de San Miguel del Bala gracias a los apoyos de CARE Bolivia, Conservación Internacional y el Proyecto de Pequeñas Donaciones del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PPD/PPNUD).
Luego de un empinado ascenso, el sonido de la flauta y el tambor hace eco en la espesura vegetal. En círculo, un grupo de comunarios formados en dos filas recibe a los visitantes con el "Baile del Sembrador". Se trata de la danza típica de la zona, en que el hombre utiliza un palo y hace orificios en la tierra mientras que la mujer simula colocar la semilla desde una tutuma. La música se nutre del agudo y monótono canto de la flauta y sigue el ritmo de los pies descalzos, haciendo coincidir los golpes en la tierra con el latido del tambor.
Terminada la danza, los lugareños saludan a los visitantes y los acomodan en alguna de las cabañas del Albergue Ecoturístico San Miguel del Bala. Ya se hace tarde, por lo que invitan a una suculenta cena antes de planificar el viaje al cañadón. El pueblo de los tacana, entre tanto, no está lejos. Se encuentra a 10 minutos, en una planicie donde se acomodan 44 viviendas en torno a la casa comunal.
El albergue cuenta con siete cabañas familiares, una cabaña social, una cabaña que hace de cocina y comedor y servicios básicos. Y se llega a las diferentes construcciones a través de senderos que se abren en el paisaje y otorgan privacidad a los visitantes. Cada cabaña cuenta con dos dormitorios, una pequeña sala de estar y baño privado, además de una terraza.
Instantes antes de la travesía Todo está tranquilo hasta la hora de la cena, momento en el que los turistas comienzan a conversar de la aventura que ya se viene encima.
"Aún no le hemos puesto nombre al cañadón, pero tiene que ser una denominación tacana", sugiere uno de los lugareños. Otros prefieren contar que toda la mano de obra y el material proviene de la misma comunidad, que instaló ahí una carpintería para emprender el trabajo con mayor comodidad. Suelos de chonta, paredes de bambú y hojas de jatata en los techos se consiguieron en 18 meses de arduo trabajo antes de su presentación oficial. Hoy, el refugio lleva unos dos años de funcionamiento.
El aroma a café caliente y los platillos elaborados por los comunarios —quienes recibieron capacitación de profesionales en gastronomía para turistas— disuelven la conversación. Ya es hora de dormir, pues mañana será el día estrella, la excursión al cañadón.
El llamado de la naturaleza La neblina hace su nido en las copas de los árboles mientras el rocío matinal acaricia las rosadas flores del cafecillo. Caminando entre las hojas de motacú está don Juan Mamani, uno de los 16 guías de San Miguel. El oro destaca en su sonrisa mientras anuncia a los turistas que la expedición al cañadón comenzará tras el desayuno.
Terminado el manjar, todos están listos para partir. Una lancha lleva a los visitantes hasta la entrada de un riachuelo poblado por mariposas multicolores, que se alimentan de las orillas de los minerales.
Cuanto más se avanza, el camino se cierra celoso envuelto entre violetas. Y en lo alto, el árbol bibosi hace de vigía al tiempo que se escuchan los lamentos del huajojó y de la chicharra, anunciando que las nubes de lluvia han marchado.
El sol bosteza sus rayos de sol y se despereza pleno sobre el bosque. A lo lejos se intuye la presencia de parabas mientras hongos ostentan caprichosos colores sobre la roca. "Hay naranjas, rosados y fosforescentes. Algunos son incluso comestibles; otros son venenosos. Dicen que también pueden hacer abortar a una mujer", cuenta entre dientes Simón Supa Villamor, el guía que lidera la caminata.
Con la aparición de los helechos, el camino se hace más estrecho. De pronto, surge la fachada de una imponente catedral vegetal que deja a todos con la cabeza dirigida a los cielos. Dos inmensas paredes de texturas curvilíneas están coronadas por raíces de árboles y varios líquenes se alimentan de sus concavidades. La humedad refresca del azote del calor y atrae el vuelo de picaflores. Y sus rincones más oscuros, entre tanto, sirven de colgador para los murciélagos.
La perspectiva desde el riachuelo hasta la espesura del bosque es sorprendente. Huyen los murciélagos. Aparecen más mariposas. El flash de las cámaras no se detiene, aunque nada se compara a la experiencia de vivirlo, opina uno de los turistas que acaba de llegar hasta la caída de agua. Y termina el paseo, tras tres horas de caminata, con el canto liviano del huichi.