El testimonio de uno de los periodistas que “echó” a Nixon de la Casa Blanca ayuda a conocer mejor a su confidente.
Bob Woodward para El País de Madrid y La Razón • Fotos: AFP
En 1970, cuando era teniente en la Marina estadounidense y trabajaba en la oficina del almirante Thomas H. Moorer, jefe de operaciones navales, a veces actuaba de mensajero y llevaba documentos a la Casa Blanca. Una noche me enviaron con un paquete al piso inferior del ala oeste de la Casa Blanca, donde había una pequeña sala de espera muy cerca del gabinete de crisis.
Aquel día, cuando llevaba un rato, un hombre alto de cabello gris se sentó a mi lado. Vestía traje oscuro, camisa blanca y corbata. Debía de tener 30 años más que yo, lucía aspecto distinguido y un aire trabajado de seguridad, la de alguien acostumbrado a dar órdenes y ser obedecido al instante.
Me di cuenta de que estaba observando la situación con sumo cuidado y, al cabo de unos minutos, me presenté. “Teniente Bob Woodward”, dije, terminando el saludo con un respetuoso “señor”. “Mark Felt”, me respondió cortés.
Era una época de mi vida en la que estaba bastante angustiado, incluso consternado, respecto a mi futuro. Me había graduado en 1965 en Yale, donde había estudiado con una beca del cuerpo de entrenamiento de los oficiales de Marina en la reserva, que exigía que estuviera unos años en la Marina después de acabar la carrera.
Durante el año que pasé en Washington, dediqué muchas energías a buscar cosas o personas interesantes. Y con el fin de acallar mi angustia y mi desorientación, asistí a varios cursos de posgrado en la Universidad George Washington.
Cuando le mencioné los estudios de posgrado a Felt, se animó inmediatamente y me dijo que él había estudiado derecho en horario nocturno durante los años treinta, antes de entrar —y ésa fue la primera vez que me lo mencionó— en el FBI.
Felt y yo éramos como dos pasajeros que se sientan al lado en un largo viaje en avión, sin poder moverse y sin más remedio que resignarse a matar el tiempo. Y él no parecía tener interés en iniciar una larga conversación, pero yo estaba decidido, y por fin conseguí sacarle que era un director adjunto en el FBI, encargado de la división de inspecciones; un puesto importante bajo las órdenes del director J. Edgar Hoover. Dirigía equipos de agentes que examinaban las oficinas de campo del FBI. Más tarde me enteré de que eran conocidos como “la patrulla de los matones”.
Creo que sólo le vi una vez más en la Casa Blanca, pero ya había echado el anzuelo. Iba a ser una de las personas a las que consultar detenidamente sobre mi futuro, que se avecinaba amenazador a medida que se aproximaba mi fecha para dejar la Marina. Y Felt se mostró siempre comprensivo con mis preguntas de alma perdida.
Durante mi enloquecida búsqueda de futuro, había enviado una carta al Post en la que pedía trabajo como reportero. Por algún motivo —no recuerdo exactamente cómo—, Harry Rosenfeld, redactor jefe de local, aceptó verme y me dio dos semanas de prueba. Dos semanas después, había escrito una docena de reportajes o trozos de reportajes. Y no publicaron ninguno. Pero pasado un tiempo, tras mi paso por otro periódico llamado Sentinel, me volvieron a contratar como redactor.
La explosión del Watergate Hacia las 9.45 de la mañana del 2 de mayo de 1972, Felt estaba en su despacho del FBI cuando un director adjunto fue a decirle que Hoover había fallecido en su casa. Felt se quedó helado. A efectos prácticos, era el siguiente en la cola para hacerse cargo de la oficina.
Sin embargo, pronto iba a sufrir una tremenda decepción. Nixon designó a L. Patrick Gray III como director en funciones. Gray era un fiel colaborador de Nixon desde hacía muchos años. Había dimitido de la Marina en 1960 para trabajar en su candidatura durante las elecciones en las que Nixon perdió frente a John F. Kennedy.
Me di cuenta de que Felt estaba destrozado, pero puso buena cara. “Si hubiera sido más inteligente, me habría jubilado”, escribió.
Y todo se comenzó a mover el sábado 17 de junio, cuando el supervisor de noche del FBI llamó a Felt. Cinco hombres vestidos de traje, con billetes de 100 dólares en los bolsillos y con equipos de escucha y fotografía, habían sido detenidos en el cuartel general de los Demócratas, en el edificio Watergate, a las 2.30 de la mañana.
A las 8.30, Felt estaba en su despacho del FBI y buscaba más detalles. Más o menos a esa misma hora, el redactor de local del Post me despertó y me pidió que fuera a cubrir un robo un tanto raro.
Dos días después, Carl Bernstein y yo escribimos nuestro primer artículo conjunto, en el que identificábamos a uno de los ladrones, James W. McCord, hijo, como el coordinador de seguridad en el comité para la reelección de Nixon. Y el lunes me puse a trabajar sobre E. Howard Hunt, cuyo número de teléfono había aparecido en las libretas de los ladrones, con una anotación que decía “Casa Blanca” al lado de su nombre.
Un portavoz de la CIA confirmó que Hunt había trabajado en la agencia. Llamé a Felt al FBI y parecía nervioso. Me dijo extraoficialmente que Hunt era de los principales sospechosos del robo.
En julio, Bernstein fue a Miami, lugar de residencia de los ladrones, tras la pista del dinero, y se las arregló para localizar un cheque por valor de 25.000 dólares que había sido ingresado por uno de ellos en una cuenta destinada a recaudar fondos para Nixon. Y el reportaje, publicado el 1 de agosto, fue el primero en establecer nexo directo entre la campaña de Nixon y el hurto en el Watergate.
Intenté llamar a Felt, pero no cogía el teléfono y una noche me presenté en su casa. Me dijo que no volviera a llamarle ni fuera a su casa, que nada podía ser a la luz.
Aquel verano, en su casa de Virginia, Felt dijo que si necesitábamos hablar tendría que ser cara a cara y sin que nadie nos viera. Nos hacía falta un sistema de avisos planeado con antelación, un cambio con algún tipo de significado.
Yo le comenté que tenía una bandera roja de menos de 30 centímetros que una novia mía había colocado en una maceta vacía en el balcón. Así, decidimos que, si necesitaba verme con él urgentemente, movería la maceta con la bandera. La señal significaría que nos veríamos esa noche, a las 2 de la mañana, en la planta inferior de un aparcamiento subterráneo.
Me dijo que debía tomar estrictas medidas para evitar que me siguieran. “No uses tu coche. Para un taxi a varias manzanas, delante de un hotel, bájate y anda un poco para coger un segundo taxi que te lleve hasta el lugar. Camina las últimas manzanas y, si te siguen, no bajes al aparcamiento. Si no apareces, yo lo comprenderé”.
Felt me aseguró que, si tenía algo para mí, podía hacerme llegar un mensaje. Me preguntó mis costumbres diarias, qué me traían al piso, al buzón, etcétera. Le comenté que estaba suscrito al The New York Times. Felt dijo que, si había algo importante, podía utilizar mi New York Times; nunca supe cómo. Haría un círculo en la página 20, y en la parte inferior de la página habría un reloj con las manecillas indicando la hora a la que debíamos vernos esa noche.
Para mí sigue siendo un misterio cómo podía vigilar a diario mi balcón. En aquellos tiempos, la parte posterior del edificio no estaba cercada, así que cualquiera podía ver el balcón. Además, daba a un patio compartido con otros edificios de viviendas y oficinas. Seguramente se podía ver mi apartamento desde otros muchos.
Y yo estaba agradecido por cualquier mínimo dato o confirmación que podía darme Felt. Mientras, junto a Bernstein intentaba comprender el monstruo de mil cabezas que era Watergate. Luego, dada la posición de Felt, sus palabras y orientaciones estaban revestidas de una autoridad inmensa, a veces abrumadora. El peso, la veracidad y la discreción eran más importantes que su propósito, si es que realmente lo tenía.
Sólo después de la dimisión de Nixon empecé a preguntarme por qué había hablado Felt, cuando claramente eso suponía un tremendo riesgo para él y el FBI.
Y llegué a la conclusión de que Felt pensaba que estaba protegiendo al FBI al sacar a la luz de forma clandestina parte de la información de sus archivos, y que así ayudaba a crear presión para que Nixon y su gente rindieran cuentas, pues despreciaba la Casa Blanca y sus esfuerzos por manipular el FBI con fines políticos.