Las angustias vividas entre mayo y junio hicieron que muchos paceños, convertidos en refugiados, escuchemos radio y veamos tele con más frecuencia de lo habitual, además de devorar los periódicos disponibles.
Había que estar al tanto de lo que pasaba y de las declaraciones de los diferentes protagonistas trenzados en titánica lucha. Llegada la noche, una vez que la pobre ciudad y sus amedrentados vecinos lamían sus heridas, el televisor nos propinaba una doble ración de reportajes infligidos por los modestísimos presentadores con que el destino nos castiga, así como largas explicaciones sobre qué pasaba y qué iba a pasar. Los encargados de dispensar los sesudos comentarios, observaciones y pronósticos eran, como ya es costumbre, los inefables analistas políticos, proveedores de explicaciones del tipo: “Amigos, a no ser que llueva, el tiempo será seco”. Su ubicua presencia y sus inacabables explicaciones hacen que uno se pregunte de dónde salen estos meteorólogos políticos. Una posible explicación es que desciendan directamente de Carlos Mesa, distinguido analista bizantino que por años ilustró al público con un variadísimo menú de temas semimasticados en la soledad de su estudio y luego elocuentemente regurgitados.
Como la fórmula hizo diana surgieron los imitadores, pero nunca con la amplitud oceánica de conocimientos desplegada por Mesa, que iba desde la política hasta el fútbol, pasando por las religiones y terminando en la historia. Ningún tema era suficientemente complejo.
Mesa le hincaba el diente y lo explicaba, con piedritas, a las multitudes azoradas. La carrera de este analista siguió el rumbo que conocemos pero, como sus mutantes ya habían llegado a hacerse un nombre a través de artículos de prensa, interminables seminarios y un inteligente cabildeo a las ONG y misiones extranjeras de rigor, el público no se vio abandonado. En rigor podemos hablar de dos generaciones de analistas: una que surge en los tiempos gonistas y otra reciente.
La primera generación incluye a aquellos que se labraron un espacio al sol con un discurso trufado de jerga sociológica y antropológica que, apoyado en un substrato de sentido común, dio buen resultado. Publicaron frecuentemente y los medios les pidieron explicar los misterios de la política nacional. La segunda, la actual, luce más académica y es proclive a las discusiones apasionadas, mientras llegan esas pegas huidizas. Ahí apreciamos ejemplares como el locuaz y ambicioso economista de tierra adentro con una debilidad por lo folklórico o el solemne ex convicto que explica con suavidad jacobina por qué las clases medias están condenadas. En general, a nuestros oráculos les va bien, mientras practican para futuros gabinetes o asambleas populares. Vean a Mesa. Vean a la primera generación, que tiene a uno de los suyos como “delegado de asuntos políticos” para que nuestro gobierno de transición goce de una pitonisa cama adentro. ¿Y los demás? Ahí van, sus acciones se cotizan bien, mandan sus mensajitos codificados y hacen hora.
*Héctor Arduz es consultor.
Superar ciertos síndromes
“En el actual período de transición , el mantenimiento del orden público y la preservación de los derechos ciudadanos es tarea inexcusable del gobierno".
El Congreso tranca
De acuerdo a lo ocurrido en los últimos años se puede desprender que el Congreso Nacional desarrolla su trabajo dentro de una gran descoordinación con lo que sucede en el país,