En Bolivia la Iglesia Católica tiene dos caras. Así al menos se percibe en los momentos de gran tensión que vive periódicamente el país, como octubre del 2003 y hace pocos días, cuando estuvimos al borde del colapso violento.
En esos momentos, cuando todos los bolivianos pasamos del estupor al temor y del temor a la bronca absurda, se pudo escuchar la homilía del cardenal Terrazas en Santa Cruz diciendo muchas verdades y haciendo un patético llamado a la reconciliación, a la paz y a la convivencia entre diversos.
Justo cuando el Cardenal hablaba, pero además desde hace varios años, las emisoras radiales de la Iglesia Católica se constituyeron en bastiones de uno de los bandos, con la euforia típica de la guerra y con las opiniones mentirosas que se dicen antes y durante la confrontación, cuando de lo que se trata es de entusiasmar a las combatientes del bando al cual uno pertenece y de asustar, confundir, desorientar y desmoralizar al enemigo.
Así es la guerra. No sólo se trata de tirar tiros, sino también de utilizar todas las armas posibles para destruir al contrario. Pero en el caso de las radioemisoras de la Iglesia se trata de combatientes de privilegio porque no corren riesgo alguno: si son empleados tienen sueldo asegurado y si son curas, casa y comida de por vida. Reciben importantes donaciones y equipos con tecnología de punta obsequiados por organizaciones religiosas extranjeras para la prédica del evangelio. Pero además tienen la ventaja de tener a Dios de su lado y por tanto son poseedoras iluminadas de la verdad, tratando de emular a Cristo cuando con látigo en mano expulsaba a los fariseos del templo.
Para ellas, el cerco, la privación del derecho a circular y alimentarse y finalmente los chicotazos y pedradas son simples instrumentos de lucha, mientras que cualquier intento defensivo o de restauración del orden democrático constituye todo un atentado a los derechos humanos.
Por supuesto que hay excepciones, pues en alguna radioemisora católica se escuchan llamados a buscar la justicia sin caer en peores injusticias; aun así solamente difunde los comunicados, interpretaciones y visiones de uno de los bandos; probablemente porque se encuentra instalada en el bastión de la wiphala (paño cuadriculado de origen desconocido) y teme ser víctima de represalias o por lo menos de alguna instrucción de aislamiento decretada por los dirigentes de este templo de la pobreza en que se ha convertido el departamento de La Paz, al que se le niega toda posibilidad de modernización y progreso.
Obviamente cada ciudadano tiene derecho a pensar como quiera y a expresarse. Sin embargo, los medios de comunicación tienen por delante de ese derecho la obligación de informar y de ser prudentes, serios y responsables cuando pretenden orientar y educar. Con ese mandato se organizaron los medios de comunicación de la Iglesia, respetable institución que sin embargo debiera aclararnos ahora cuál es su voz oficial: si la palabra serena, profunda e impactante del Cardenal que escuchamos con respeto de vez en cuando o los mensajes simplones y mentirosos que transmiten a diario sus radioemisoras.
*José Baldivia Urdininea es economista.
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