La antropóloga ha logrado que se revalorice a las tejedoras y hoy, a través de ellas, las comunidades cuentan con ingresos, además de con nuevas formas de capacitación.
Mabel Azcui • Fotos: Jamil Chávez
Era noche cerrada. En la habitación se distinguía, a pesar de la oscuridad, las siluetas de hombres y mujeres. Estaba toda la comunidad en silencio, esperando a que el laisiri, o yatiri, pudiera pedir consejo a los Achachilas: al Illimani, al Huayna Potosí y al Illampu.
En el centro de la habitación, el ayudante empezó a bailar al son de unas campanitas y, después, con un silbato. De pronto, un aletear muy fuerte. El ruido de las alas de un cóndor; y el laisiri que, desde la oscuridad, reconocía a los cerros, que supuestamente llegaban. Y él les llamaba por su nombre.
"Permanecimos en silencio. Sabíamos que si el consejo que esperaban de las montañas y cerros era negativo, teníamos que irnos".
Verónica Cereceda, codos en la mesa y mentón apoyado sobre los dedos entrelazados, mira, sin ver, a la distancia, casi como viviendo de nuevo el momento de densa oscuridad, hasta el amanecer, en que se escuchó el veredicto: "el proyecto es bueno, vayan para adelante".
Así comenzó el camino de la revalorización del arte textil indígena de Jalq'a y Tarabuco, que desde entonces ha estado a cargo, sobre todo, de la Fundación para la investigación antropológica y el etnodesarrollo de los Antropólogos del Sur Andino (ASUR), una organización sin ánimos de lucro.
Después de 15 años de aquel encuentro con los yatiris, la iniciativa ha superado las expectativas: además del renacimiento de la cultura indígena y el tejido en telar con expresiones artísticas de envergadura, las comunidades valoran en alto grado a las tejedoras por su aportación económica al hogar e incentivan el aprendizaje de las técnicas entre las jóvenes y los varones, cuyas obras se exhiben en el museo de tejidos de Sucre.
Una pasión llamada Bolivia Gabriel Martínez y Verónica Cereceda son los nombres propios del joven matrimonio que terminó haciendo de ASUR una realidad.
Aunque cuando llegaron a Bolivia, en la década de los 60, lo que buscaban eran expresiones del teatro popular. Así, en una primera temporada se asentaron en Oruro, para recalar después en los valles de Charazani, donde se logró la participación de una comunidad en obras de teatro y en el montaje de una propia, que narraba un día en la vida rutinaria de todos ellos.
"No era gente de teatro, pero entraba en el juego. Era precioso ver su entrega y su creatividad", recuerda Verónica, sentada ante una rústica mesa de su despacho, en la Fundación, donde funciona también el único museo sin financiamiento y autosuficiente del país.
Las giras por varias ciudades de Bolivia les mostraron la discriminación y la marginación que sufrían los indígenas. Y terminaron por asumirla también como propia.
"Todo esto fue el comienzo de nuestra transformación. En la vida hay cosas que te marcan y la experiencia de Charazani definió nuestro destino, el de toda mi familia, porque aprendimos a amar profundamente a la gente. El trabajar con ella y estimular su creatividad definió nuestro camino de querer vivir y poner empeño en rescatar estas culturas tradicionales. Fue un primer enamoramiento, fue una pasión muy fuerte hacia Bolivia".
Una vida entretejida en el telar "Nuestra vida quedó marcada. Entre nuestros dos hijos, que se criaron alrededor de estas culturas, uno es etnohistoriador y otra etnomusicóloga, experta en la música jalq'a. Nosotros, gente de teatro, volvimos a la universidad a estudiar antropología, lo que ha permitido esta experiencia de hoy", dice llena de emoción. Y añade con orgullo: "yo escogí ser indígena".
Pero llegó un momento de disyuntiva, en 1982, cuando tuvieron que decidirse entre París —donde Cereceda había cursado estudios— o Sucre. Gabriel y Verónica optaron por esta última y retornaron entonces las raíces que escogieron como suyas. De esta forma, junto al antropólogo Ramiro Molina, recorrieron las comunidades y delimitaron el territorio propiamente jalq'a, con la intención de revitalizar la actividad del tejido que, en la década de los 70 y 80, había quedado relegada, sobre todo cuando tuvieron que venderse la mayor parte de las piezas tejidas para afrontar los problemas de la sequía. En ese contexto, los esfuerzos iniciales no atrajeron de buenas a primeras a mucha gente.
Sólo una comunidad les prestó atención, la más chiquita. "Nos fueron a buscar y nos explicaron que ellos nunca tuvieron un proyecto. Por eso pensaron que éste era para ellos y decidieron que iban a firmar un acuerdo, aunque no sabían bien de lo que trataba".
Con todo, a pesar de la decisión de los dirigentes de la comunidad, ninguna de las señoras quería sacar "una brizna de lana" para comenzar. Entonces, se decidió pedir consejo a los sabios de las montañas. Y comenzaron a trabajar. Tras la primera, Irupampa, otras comunidades quisieron participar y mejorar el nivel de vida de su pueblo.
Hoy, más de 1.200 mujeres tejedoras y 250 varones de las culturas de Jalq'a y Tarabuco trabajan con vellón de alpaca y oveja en la recuperación de técnicas prehispánicas para bordar tapices y mantas finas.
Y en estos quince años, en los tejidos se fue entretejiendo también la vida de Verónica Cereceda, unas veces como trama y otra como urdimbre. Así, la antropóloga ha abrazado por amor la nacionalidad indígena, y se ha identificado plenamente con los valores y tradiciones de estos artistas de los Andes que se proyectan al mundo.