Es capaz de imprimir 45.000 ejemplares en una hora. Trabaja día y noche. Y ahora que La Razón ha cumplido 15 años, Escape les muestra el secreto de la moderna máquina.
Miguel Vargas Fotos: Andrés Rojas
La boca abierta es la expresión de rigor. Ya sean estudiantes de diseño gráfico, empresarios o colegiales, los visitantes que llegan al domo de La Razón pegan las manos a los vidrios y dedican siempre un puñado de minutos a observar la prensa más moderna del país en pleno funcionamiento. Provisto de tecnología de punta, el corazón del periódico funciona los 365 días del año, mientras hace gala de su principal ventaja: la velocidad.
Cuando el trabajo periodístico y de maquetación ha terminado, comienzan las pulsaciones en los ambientes de preprensa. El gris neutro es el color dominante. Está en las paredes, los protectores de pantalla y la ropa de los trabajadores. "No es casual. En esta área se necesita que ningún color distraiga o se refleje sobre los demás, para evitar problemas en la definición exacta de los tonos", explica con severidad Ángel Miranda Calle, encargado de preprensa de Comunicaciones El País en el área de producción. Con 15 años trabajando, desde el inicio mismo del periódico, ha visto ya muchos cambios en los pasos del proceso.
"Empezamos con mucho trabajo manual. Para sacar un color rojo se debía tener dos quemados en una sola plancha y para un naranja se tenía que combinar tramados manuales en porcentajes". ¿Chino? No, el área gráfica cuenta con un lenguaje muy propio y, en estas páginas, ESCAPE hará una expedición que desentrañará el proceso por el que se pasa de una página diseñada en la computadora hasta la impresión final a todo color.
Hace 15 años, la forma en la que se hacía la impresión era muy diferente. La gente de esta área trabajaba entre 14 y 16 horas diarias. "Hoy, con tecnología y las innovaciones ya hemos logrado mucho".
La Razón empezó como un periódico de vanguardia para su época. Contaba con las primeras computadoras en el rubro, aunque el trabajo era semimanual. Se hacía el armado y la maquetación de páginas en papel y se recurría a la impresión láser, luego de un proceso de fotomecánica, que consistía en una especie de cámara gigante que fotografiaba el original en películas que seguían un proceso habitual de revelado, incluyendo el sumergir de las películas en los químicos esperando una reacción química calculada y adecuada.
Se utilizaban dos tipos de originales: el lineal, conformado por toda la parte escrita, y el de medios tonos, que son las fotografías y la publicidad. En ese entonces, se sacaba todo en papel y la impresión era en blanco y negro. "Para imprimir a color el proceso era simplemente trágico", recuerda Ángel, pues para sacar una página se debía tener primero la parte lineal y se dejaban espacios para la fotografía y la publicidad, que se introducían de forma manual. En contraste, los artes de prensa llegan hoy de forma digital. Caso contrario, se utiliza un scanner y listo.
En el área de fotomecánica de ese entonces, cerca de ocho personas se dedicaban exclusivamente a la toma de fotografías en dos turnos de 12 horas. Montaje era la sección donde se introducía la publicidad y los negativos, donde trabajaban unos 11 ó 12 empleados. "Todo era manual. Como los negativos venían pegados, se tenía que hacer un retoque con onopacol, una especie de bloqueador que corregía las líneas e imperfecciones".
El color implicaba más afanes. "Se quemaban entre cuatro y cinco exposiciones del mismo color, con un trabajo gráfico artístico".
La mano de obra era vital, a pesar de que se tenía un avanzado proceso semiautomatizado. Por entonces, sólo se ponía color en la tapa. "Ahora todo ese trabajo se ha reducido, empezando por el personal necesario. Somos la mitad, en turnos de tres y cuatro personas".
Asimismo, gracias a un software de última generación y maquinaria de tecnología avanzada, las cosas se han simplificado mucho.
El control de calidad El trabajo de preprensa consiste en preparar las páginas adecuadamente para que cuando vayan a la prensa no se registre ningún problema. Con un correcto trato para la impresión, ya sea en papel periódico, bond o couché, el objetivo de esta área es el cuidado de calidad.
"Todos aquí son gráficos, un oficio para el que no hay centros de capacitación en el país", explica Ángel, mientras se sumerge por las instalaciones del área. "La gente que está en La Razón fue formada aquí. Aprendieron desde la instalación de la maquinaria y es gente que tiene un criterio general de la producción de un periódico".
La luz estable destaca la sala de preprensa, al igual que las pantallas protegidas con una especie de viseras para evitar cualquier reflejo. El gris neutro Munsell cubre el ambiente, mientras que una pantalla central ofrece una luz de mediodía constante de 5.000 grados Kelvin. "Es la iluminación que permite apreciar de mejor manera el color en su forma natural". La temperatura en la sala se mantiene a 23 grados Celsius, en tanto se tiene 55 por ciento de humedad relativa.
En el mismo ambiente, se encuentra una cama plana que se utiliza para escanear diapositivas de mediotonos, opacos (fotos impresas) o preimpresos (libros, revistas).
Para la filmación se cuenta con un software que se ocupa de la compaginación del periódico a través de un montaje digital. "Se trata de un compaginador automático que ordena los pliegos de acuerdo a determinadas características. Nosotros aplicamos un código de barras para controlar la impresión y guías de corte —líneas que indican por dónde se debe cortar el papel— para cuando se requiere un acabado más específico. El software ayuda en la filmación junto a otro que se encarga de descomponer los cuatro colores primarios: cian, magenta, amarillo y negro".
Los datos pasan por el fotocomponedor que los transfiere de la computadora a la película. Para esto se aplica una máquina de tambor interno, que permite la labor sin variantes con un procesador de línea. Esto evita el descalce (que los colores primarios lleguen a moverse de su lugar) y el desenfoque.
La película se impresiona en astralón, una especie de plástico transparente que hace de soporte para el negativo. De ahí se pasa a la quemadora de placas o insoladora, que cuenta con un sistema de registro de color llamado Ternes, que se caracteriza por tener unas pinzas similares a los de la rotativa y que permite lograr una estandarización y registro de todo el proceso. La exposición es de 25 segundos por placa, y éstas llegan recubiertas por una emulsión fotosensible que permite que las imágenes del negativo se fijen.
El siguiente paso es el revelado de placas de forma química automática. Luego del revelado, pasa por agua y una goma evita que se vele la plancha. De ahí se continúa con la máquina dobladora de planchas, que las deja listas para ajustarse a los tambores de la rotativa.
El rugido de la rotativa Una infinidad de sonidos mecánicos se cuela por los rincones, mientras Jorge Cruz González camina entre enormes bobinas de papel. Pronto serán seis los años que lleva encargado de operar la rotativa más grande del país, un orgullo. "Aquí trabajamos la impresión, que plasma lo que nos llega en placas al papel. Trabajamos en tres grupos diferentes las 24 horas del día".
Con una presencia impactante, la rotativa puede realizar desde la impresión de periódicos hasta trabajos en papel couché de 90 gramos o de hasta 133 en papeles de otro tipo. Sin embargo, la principal característica es la velocidad: se imprimen 45.000 periódicos por hora.
El trabajo en esta área empieza con la empalmadora, una máquina que porta la bobina de papel y realiza el cambio de forma automática, lo que evita que la rotativa deba detenerse para el cambio de papel, ahorrando mucho tiempo.
Se trabaja en varios tipos de papel y, cuando el papel está listo, se colocan las planchas en los tambores, dos por color para imprimir en tira y retira (anverso y reverso).
Desde un tablero se controla el manejo total del proceso. En la pantalla se registra desde que se aprieta un botón o se abre una puerta. Ahí se puede detectar y prevenir problemas, como que el papel venga con deficiencias o que un sensor se queme o bloquee.
Para la impresión, el papel ingresa al folder, que es donde se realiza la impresión. La tinta tiene un bombeo automático y luego de que se ha fijado en el papel, unos pulverizadores eliminan los residuos con agua destilada. La hoja impresa va a la plegadora donde se corta y se dobla el producto final. Como la compaginación ya está hecha en montaje, los periódicos pasan directamente al apilado.
La rotativa puede imprimir 48 páginas al mismo tiempo, 16 en color y lo que resta en blanco y negro.
Entre tanto, los productos especiales necesitan de un corte, compaginación y engrapado por el tratamiento especial. En el caso de ESCAPE, se trabaja con la impresión con horno, lo que le brinda un acabado más fino. Además, se utiliza diferente tinta y requiere de unas 13 personas, que se ocupan del doblado, cortado y engrapado.
Para Jorge Cruz, cada día en la rotativa es un nuevo reto. Cuando comenzó, la máquina era prácticamente una enemiga. "Al empezar, teníamos que preparar 400 ejemplares de unos folletos para el Club de Golf. Era cuestión de una hora, pero nos tomó más de 24. Ahora, todo es diferente: Pase lo que pase, siempre lo arreglamos".
Finalmente, el último paso es la llegada del producto a los quioscos. Para ello, un ágil sistema de circulación hace que el periódico esté en la calle al amanecer y pueda dirigirse a los distintos rincones del país.
Así, la rotativa jamás descansa, y la gente a su alrededor no se descuida casi nunca de un solo detalle.
Es necesario, porque aunque la gente de afuera no nota la diferencia, los publicistas, diseñadores y gráficos han desarrollado un sentido especial. Ángel y Jorge no ven un impreso como cualquier persona. Los defectos saltan a sus ojos. "Simplemente, es otra forma de ver el mundo", concluye Jorge, mientras en los pisos de arriba, unos visitantes reaccionan de forma habitual ante la imponente maquinaria: tienen la boca abierta.