El anuncio formulado en la última Cumbre de Presidentes del Mercosur, relativo a la creación de un anillo energético cuya finalidad principal es la de eliminar la dependencia de los países del Cono Sur del gas natural boliviano, es una de las señales más crudas recibidas por Bolivia sobre los costos que tendrá que pagar por perder la credibilidad como un proveedor confiable de este combustible.
Más allá de las declaraciones diplomáticas aparecidas en los últimos días, lo cierto es que las declaraciones emitidas inmediatamente finalizada dicha cumbre, reflejan una clarísima política de eliminar la dependencia del gas boliviano, tanto por la inestabilidad social y política, que condujo al país a una situación cercana al caos y a la violencia, como por la incertidumbre general sobre el marco jurídico del sector energético.
No es para menos. La toma de pozos de hidrocarburos y el cierre de válvulas del poliducto que cruza el occidente boliviano, estaba claramente dirigida a crear un colapso energético en Bolivia, que arriesgaba la provisión de combustibles y la generación de energía eléctrica para uso interno, al igual que las exportaciones de gas hacia el Brasil. Detrás de las tomas de pozos, había una aterradora y fríamente calculada estrategia para paralizar la economía nacional e interrumpir la provisión de gas a la Argentina y el Brasil.
Súbitamente, el Estado de San Pablo, base de la economía del Brasil, se dio cuenta de que el 75% del gas natural que consume proviene de Bolivia, y que estaba a sólo cuatro días de quedarse sin este energético, con las incalculables pérdidas que esta situación generaría para la economía paulista y brasileña.
Consecuentemente, en el Brasil, que sí tiene políticas de Estado y que hace varios años ha venido apostando a la integración energética con nuestro país, se ve hoy a Bolivia como un no socio confiable sobre el cual basar su matriz energética. Nos seguirán comprando gas, pero adoptarán las medidas necesarias para que su industria nunca más dependa de que a algún anarquista boliviano se le ocurra interrumpir la exportación. Esto significará menos oportunidades futuras para Bolivia.
No menos diferente es la situación de la Argentina, que independientemente de los problemas internos bolivianos, tiene una demanda de este combustible que crece sin cesar y que necesita solucionar. Con todo su derecho, no se queda de brazos cruzados, incrementando sustancialmente los esfuerzos de exploración en su territorio. De los 25 equipos de exploración que trabajaban en Bolivia, hasta hace un quinquenio, hoy sólo opera uno y alrededor de 20 se han trasladado a trabajar en nuestro vecino del sur.
Estos es un ejemplo claro del suicidio económico que estamos cometiendo. No es la primera vez que pasa. Nunca se saca las cuentas del costo sufrido por el país por los 20 años de atraso en el inicio de las exportaciones al Brasil, de la pobreza que esto generó y del sacrificio de una generación que pudo conocer un país más desarrollado y no lo consiguió por culpa de algunos demagogos, que hoy siguen pretendiendo postergar las esperanzas de bienestar y progreso de otra generación.
Del Perú no adelante lamentarse, sino aprender que los países también compiten entre sí y que cada uno defiende y promueve sus intereses. Así funciona el mundo y tenemos que comprender y reconocer esta realidad para no seguir tropezando con la misma piedra.
*Óscar Ortiz es gerente general de la Cainco.
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