El país entero ha estado pendiente de lo que hicieran los parlamentarios hasta la madrugada del viernes pasado, y todo fue en vano. Se concertaron acuerdos que no se cumplieron, hubo avances y retiradas vergonzosas, pero, sobre todo, mentiras y mala fe. El Presidente y la ciudadanía se quedaron esperando que los embozados del hemiciclo de la Cámara de Diputados dieran una señal positiva, pero todo fracasó. Si estos fracasos no se arreglan hoy, con honradez y sin cálculos políticos, los embozados, como en la Revolución Francesa, merecerían la guillotina.
En Bolivia no existe castigo para nadie, haga lo que haga. Los parlamentarios recibieron una sanción moral del pueblo, luego de los hechos de octubre del 2003. Cuando parecía que el Congreso se venía al suelo y quedaría clausurado, aguardó sin siquiera respirar, después empezó a tomar oxígeno, a murmurar silenciosamente, luego a hablar, y, hoy, totalmente restablecido —aunque impopular— hace lo que le da la gana y se mofa de la nación.
Y estos son los que quieren Asamblea Constituyente. Si ya el Congreso llega a una mediocridad que asusta, ¿qué será de una Constituyente que puede ser elegida por etnias, regiones o corporativamente? ¡La hostia! Al estilo de la Convención francesa querrían cambiar el Estado de arriba abajo, pero sumergidos en la ignorancia que demuestran hoy. ¡Basta oírlos hablar! ¡Todo es oscuro! Ideas enredadas, ignorancia, pero, además, prepotencia y amenazas.
Los convencionales franceses le cortaron la cabeza a Luis XVI y con eso al viejo régimen. Pero ahí estaban Danton, Robespierre, Marat, Fouché, Saint Just y otros. Brillantes suicidas. Estaban dispuestos a cortarle la cabeza a toda la clase dominante, pero también a que se la cortaran a ellos. Los embozados de nuestro Congreso han hecho mucho daño y desean hacer más desmanes todavía, porque, claro, saben que sus cabecitas están a salvo. ¡Quién va a tocar a un parlamentario por antropoide que sea!
Hoy debería acabarse la farsa y darse un paso decisivo para preservar el sistema de derecho. Si no lo hacen que se atengan a las consecuencias. Ya estamos todos hasta la coronilla para escucharles hablar tonterías, para oír justificaciones insulsas, para leer papelitos de una página en la prensa que no dicen nada. Si quieren hacer lo mismo que la Convención francesa, si quieren dar pasos para cambiar totalmente al Estado, queremos saber cuáles de los oscuros y obtusos torquemadas serán los que se atrevan a arrastrar hasta la guillotina al Rey.
*Manfredo Kempff Suárez es escritor y diplomático.
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