La propuesta de algunos grupos de campesinos del altiplano de que para la elección de los representantes de la Asamblea Constituyente se establezca un nuevo padrón electoral, eliminando el llamado “voto universal”, y concretando el voto por sectores, determinará a no dudarlo una intensificación del racismo en Bolivia. Hay voces que ya están sugiriendo la posibilidad de que se cree un Estado autónomo en el altiplano, denominado “Kollasuyo”.
Pero no se puede culpar a estas corrientes indigenistas el fomento de un nuevo y fuerte racismo en Bolivia. Los verdaderos responsables son nuestras autoridades
gubernativas. Desde el primer gobierno de Sánchez de Lozada, cuando se implantó la reforma educativa, se ha desatado en el país una campaña para revitalizar todo lo que nos desune.
Pareciera que existiese un inveterado deseo de desintegrar al país. Por ello se ha difundido la noción de que Bolivia es un conglomerado pluricultural y plurilingüe, sin tomar en cuenta que todas las repúblicas latinoamericanas han nacido a la vida independiente con poblaciones indígenas que hablaban sus propias lenguas. Pero esos países, al contrario de Bolivia, se han preocupado en reintegrar plenamente a toda su población y en conformar verdaderas naciones en base al idioma castellano y a la religión cristiana.
En el pasado hubo en Bolivia esfuerzos para lograr ese objetivo, sobre todo después de la Guerra del Chaco. Precisamente, la generación salida de esa guerra, comprendiendo que una de las causas fundamentales del fracaso en ese conflicto, fue el hecho de que la mayoría de los habitantes no se había integrado a la vida nacional, consideró perentorio intensificar el nacionalismo y encaminar la política hacia el levantamiento del indio, con el fin de hacer de él un verdadero ciudadano.
Pero actualmente, esa patriótica acción, en vez de haber sido continuada tenaz y enérgicamente, vemos que ha sido desvirtuada. Ahora no sólo es reconocer nuestra diversidad sino que se trata de mantenerla y, pero aún, ahondarla más todavía. De esta manera, se ha llegado al absurdo de enseñar a nuestros niños campesinos a leer primeramente en su idioma nativo y posteriormente en castellano.
No se entiende cuál es el motivo de ese despropósito ya que la mayoría de las comunidades indígenas habla castellano, gracias al impulso educador que se inició con la reforma agraria. El anhelo de fraccionar al país ha llegado además a la irracionalidad de exaltar hasta una supuesta religión autóctona que históricamente se extinguió con la conquista española.
¿Qué se desea lograr con esta política segregacionista? ¿No se dan cuenta sus impulsores que el racismo y la revitalización de los idiomas nativos profundizarán la división de los bolivianos y darán lugar a la consagración del racismo en la Asamblea Constituyente?
Es importante que los bolivianos comencemos nuevamente a concebir al país como una verdadera nación, teniendo como base el hecho de que hay una unidad racial, porque más del 95% de la población desciende de indígenas.
Por lo tanto, confiemos en que en el futuro se superen todos esos anacronismos racistas y se constituya Bolivia en una unidad poblacional y, además, cultural, con una cultura nacida en Tiwanaku, continuada con el imperio inca, luego con la Conquista y el entronque entre lo español y lo indígena, pasando por la gran cultura mestiza colonial y las misiones de Moxos y Chiquitos, para desembocar en la Guerra de la Independencia y en nuestra actual República. Toda esta historia llevada a cabo por habitantes un poco más morenos o un poco más blancos, pero todos ellos sólo bolivianos.
*Ramiro Prudencio es historiador y diplomático.
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