Bolivia, siempre confía en que una lotería mágica, llámese gas, litoral o litio, le va a permitir ingresar al mundo de la prosperidad. Amarthya Sen, Nobel de Economía, nos da la mala noticia: “Ningún país del mundo se ha desarrollado sin que medie un incremento sustancial del ingreso, las oportunidades y las libertades de su masa central de población”. En el mundo actual, sólo la agregación de valor empresarial con equidad genera desarrollo.
La pobreza constituye un problema estructural de nuestra sociedad, dentro del cual, amplios sectores de la población se encuentran atrapados en el circulo vicioso de: ->subproducción->subconsumo->. La pobreza, más allá de ser un problema moral de la sociedad, es paradójicamente el mayor freno que existe a la prosperidad nacional. Se ha demostrado estadísticamente que vencer la pobreza es la mejor inversión posible en el desarrollo. Los procesos de aminoración de pobreza (alimentos subsidiados, empleo de emergencia, etc.) no contribuyen significativamente a su superación real, y peor aún, cuando no responden a situaciones de desastre o no generan impacto estructural, contribuyen perversamente a perpetuarla.
La superación de la pobreza tiene dos componentes. El primero estructural, corresponde al Estado y a la sociedad organizada (infraestructura, comunicaciones, educación, salud, vivienda social, marco legal, etc.) para satisfacer Necesidades Básicas; se resuelve gerencialmente mediante inversión social y el imperio de la ley. El segundo, individual y cultural, corresponde a la generación del ingreso familiar suficiente y digno y a su utilización adecuada para incrementar la calidad de vida de cada hogar.
Un Fondo de Inversión Social (¿contratado externamente?), es la respuesta a la incapacidad de los ministerios sociales (empresas estatales de empleo sindicalizado) para hacer eficazmente esa inversión. Si se politiza, se hará perverso.
En la dimensión cultural del ingreso familiar del 70% de la población, las cooperativas y asociaciones de productores cuasi-analfabetas no son ya competitivas ante los mercados modernos, y estoy seguro que el país no se desarrollará, como los EEUU, con mercados internos. El apoyo a los microempresarios, aunque útil, también es de impacto limitado ya que son unas pocas personas favorecidas en su carácter y totalmente diferentes a los innumerables “cuenta propias” (comerciantes informales, campesinos precarios, etc.) que no pueden agregar valor mediante capacitación y financiamiento.
En el caso boliviano, tras haber matado buena parte del potencial empresarial, sólo quedan, como opción de desarrollo, formas empresariales asociativas, extremadamente modernas y competitivas, articuladas a mercados internacionales. Hay que cerrar en lo popular, las brechas gerenciales y comerciales.
*Jorge Zapp es consultor internacional.
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