Pese a todo lo que se ha afirmado sobre el comportamiento de los cruceños respecto a la democracia y a la unidad nacional —sobre todo en los últimos meses— lo cierto es que Santa Cruz ha demostrado cuán injusto ha sido ese criterio, cuántas susceptibilidades sin sentido existieron, y cuánto daño han hecho al país, quienes propalaban, sin motivo, presuntos sentimientos separatistas y racistas.
Un cruceño, Hormando Vaca Díez, cedió todos sus derechos legítimos para que no se truncara el proceso democrático, y otro, Mauro Bertero, fue el primero de todos los políticos en plantearle, al propio presidente Mesa, la necesidad de adelantar las elecciones.
Desde diversos sectores —la televisión sobre todo— hubo una verdadera guerrilla contra Santa Cruz, que no daba tregua. Por cierto que no eran todos quienes que se estrellaban contra los cambas, pero ahí estaban, desde los más ignorantes y furibundos radicales —a los que todo se les puede perdonar— hasta periodistas y “politólogos” con reconocidos pergaminos de intelectuales, que resultaron siendo los jinetes del Apocalipsis, espantando a la gente y alertando sobre la raya que los cambas querían trazar entre oriente y occidente.
Eran los que, cuando La Paz estaba ahogada en bloqueos, dinamitazos y decenas de muertos, volcaban la mirada hacia otro lado, hacia el oriente, para denunciar los abusos de la Unión Juvenil Cruceñista, que no mató nadie, y que sólo se opuso a que se avasallara Santa Cruz, como una y mil veces lo hicieron —y lo hacen— con La Paz, que está al borde de la histeria con tanto vandalismo.
Si los cruceños tienen una concepción distinta sobre el orden y si en sus modos de expresión no necesitan imitar a nadie, pues en buena hora. Faltaba que los cruceños se quedaran de brazos cruzados, metidos en sus casas, mientras hordas de “masistas” y “sin tierras” atizaban a bloquear caminos, cercar viajeros, ocupar predios, y se iban a instalar en la plaza de armas y en las calles para hacer ahí de las suyas, humillando a la gente y ensuciándolo todo.
Santa Cruz —el oriente en general— ha sido la región donde con mayor convicción se ha apoyado a la democracia. Estuvo lejos de la violencia que hubo en el Collao, pero, eso sí, sin dejarse atropellar por los nuevos libertinos políticos. A Goni lo tumbaron las masas de alteños y paceños con pretextos banales, aunque su Gobierno fuera malo.
Sin embargo, Santa Cruz no movió un dedo para que cayera, al extremo de que, dicen, en algún momento Goni pensó hacerse fuerte para resistir en la ciudad. Con Carlos Mesa fue distinto, porque los cruceños intuían que con él no habría futuro y que aquello era cosa del diablo. Pero si es cierto que algunos sectores de Santa Cruz le pidieron su renuncia, a Mesa lo tumbaron en La Paz. Fueron los “talibanes andinos” los que se movilizaron y le pasaron la factura por una serie de desaciertos que no se pueden negar.
¿Y el vilipendiado Comité pro Santa Cruz? ¿Y los abominables autonomistas? ¿Y la oligarquía cruceña? ¿Y sus empresarios chupasangres? Pues ahí estuvieron apoyando una pacífica transición democrática junto a un pueblo que sólo quiere trabajar y que lo dejen vivir en paz y a su modo.
Las conquistas y los deseos del pueblo cruceño se han defendido con vigor, aunque se concedieron algunos espacios a cambio de que se llegara a unas elecciones adelantadas antes que a la absurda Asamblea Popular Constituyente, que es el nombre con que los nostálgicos de 1971 la han bautizado.
*Manfredo Kempff Suárez es escritor y diplomático.
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