Fue hace unos días que el dirigente de facto de todas las coordinadoras de Cochabamba — agua, coca, hidrocarburos—, señor óscar Olivera, largó uno de esos chistes crueles que no gustan a la población y que si no son bromas habría que ponerse en guardia porque atentan contra el proceso democrático. Sabemos que la chabacanería y ramplonería de estos dirigentes los hacen decir disparates, tal vez sin quererlo, de forma irresponsable. Pero, decir que si las fuerzas populares ganan las elecciones de diciembre habrá una gran algarabía y se tomarán medidas revolucionarias, y que si gana cualquiera de los otros —los “neoliberales ha dicho— el pueblo no reconocerá ese triunfo y saldrá a las calles para anular la elección, ya es cosa muy grave. Chabacano y ramplón, no deja de molestar porque pone en duda su posibilidad de vencer en las urnas y su seguridad de ganar con los palos.
Como la mayoría de los políticos no son tan originales en Bolivia y lo que dice uno lo repite el otro, ayer, el cocalero Alejandro Veliz ha repetido más o menos lo mismo con otros términos. Ha dicho Veliz, con rostro alborozado —parece que es un tic nervioso— que si ganan los neoliberales y la derecha, ese Gobierno durará en el poder lo que Sánchez de Lozada y menos que Carlos Mesa. “En seis meses estarán caídos”, ha afirmado. ¿Las razones? Las mismas que Olivera: que el pueblo boliviano no aceptará el retorno al pasado. ¿Y quién es el pueblo boliviano? ¿Es el que vota o el que echa pedradas? Nosotros creemos que se debe respetar al pueblo que concurre a las urnas y vota conscientemente. A ese pueblo se le debe respetar su decisión y no a los que apalean gente y bloquean caminos.
¿Para qué convocar a elecciones generales si ya existen algunos atolondrados como Olivera y Veliz que amenazan con desconocer la elección? ¿Para qué gastar tanto dinero y alentar esperanzas a la población en vano? En esas condiciones, sería aconsejable darles un tiempo de meditación y de lecturas a los caciques para que amolden sus espíritus a la convivencia democrática. Que no haya ni parlamento, ni Constituyente, ni pegas en el Gobierno, ni autos, ni viajes, ni viáticos, ni secretarias. A ver si les gusta volverse nuevamente al campo.
Porque si no quieren respetar las leyes del juego y amenazan con desobedecer el mandato de las urnas, no habrá más que darles el poder a los militares, nada más que por unos cinco años, y ver si en cinco años los muchachos aprenden a razonar sembrando papas.
*Manfredo Kempff es escritor y diplomático.
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