El pistoletazo disparado por el Presidente el pasado 6 de este mes, lanzó a la carrera a los aspirantes a desfilar en la pasarela de las elecciones generales que renovarán todo el aparato gubernamental. Es lo que la mayoría ciudadana esperaba después de tantas decepciones y zozobras. Muchos desearían ver caras nuevas en el escaparate electoral. Me temo que esta renovación total no se vea satisfecha. En las primeras carteleras abundan las caras conocidas. ¡Demasiado conocidas! Analizando brevemente las distintas preferencias del electorado y dejando de lado ideologías y partidos, mi fijaré sólo en las condiciones personales de los concursantes.
Unos desearían ver sentado en el trono a un neófito, barbilampiño o barbudo, con tal de que sea cara nueva y prometedora. Estamos cansados de los viejos, pero afeitados profesionalizados en política, a las malas. Necesitamos gente de refresco, emprendedora, incontaminada, sin cola de paja ni plumero alicaído.
Otros prefieren a una persona, joven o no tanto, pero con experiencia de gobierno. Es un hecho que el paso por las altas magistraturas del Estado vale tanto o más que un par de doctorados en Harvard. En los despachos del Gobierno, no sólo se prodigan reverencias, sinceras o falsas. Con un poco de talento y otro tanto de suerte, se puede saborear la legítima satisfacción de haber prestado un buen servicio al país, previniendo y resolviendo problemas y conflictos. Pasar a la historia como benefactor de la Patria no es moco de pavo ni grano de anís. También se aprende a enmendar errores y evitar fracasos, incluso situaciones irresolubles. Curten el cuero. Con un tanto de sicología de la abuela también se aprende a distinguir, a veces demasiado tarde, a los leales de los felones. Y algo que suele ignorarse: se aprende tragar sapos que dan mucha experiencia.
Una tercera opción: hay quienes prefieren a un hombre salido de la base popular porque sólo allí se aprende la dura experiencia de empezar no siendo nadie y encumbrarse, con el propio esfuerzo y algunos consejos de viejos tiburones de la política, hasta la posibilidad de candidatear a la Presidencia de la República. Por otra parte, un hombre de este origen resulta atractivo en los medios de bajos ingresos, y se le supone la sensibilidad social para enfrentar con decisión la pobreza de la mayoría. El ex metalurgista y ahora presidente del Brasil, Inacio Lula da Silva, tiene sus bien ganados admiradores en Bolivia.
Lo que la gente no quiere es al viejo político vil y marrullero que sabe más por viejo que por diablo. Al que ha consentido pasar por todos los manoseos con tal de recoger las migajas o buenas tajadas del poder. Tampoco quiere a los oportunistas, aún cuando suelen flotar como corcho.
¿Y qué pensar de una mujer candidata a la Jefatura del Estado? En Chile son dos a competir y parece que no les va tan mal en la campaña Si me atreviera a proponer a una mujer para gobernar Bolivia (¿acaso no gobiernan a la chita callando?), seguro que ganaría simpatías que no tengo. Si me opongo a tal propuesta, puedo ganarme unos mortales fruslerazos, al menos periodísticos. Así que renuncio a tratar el caso de un@ candidato@ ¡Qué cursilería escribirlo así!
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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