La sociedad boliviana debe aprovechar el periodo de tranquilidad que está viviendo desde la posesión del presidente de la Corte Suprema de Justicia en la presidencia de la República, para reencontrarse a sí misma y redescubrir todos aquellos lazos que la unen por encima de las diferencias que caracterizan a su diversidad y subdesarrollo.
No será fácil, pues la confrontación interna provocada desde esferas del anterior gobierno y los grupos radicales antidemocráticos nos ha llevado a niveles de tensión inimaginables hasta muy poco tiempo atrás, pero es responsabilidad de quienes tienen algún grado de influencia en la opinión pública el procurar encauzar en el debate democrático la natural divergencia de ideas, aspiraciones y demandas de una sociedad con tantos problemas de pobreza.
Nuestra convivencia pacífica exige que al mismo tiempo que aceptemos las diferencias culturales, étnicas y regionales que caracterizan a nuestra sociedad, concentremos el debate en las soluciones a los problemas. Por ejemplo, un punto central del debate democrático debieran ser las propuestas sobre cómo elevar los niveles de vida de nuestra población para que la inmensa mayoría de los bolivianos logre los niveles de bienestar que les permita salir de la pobreza.
Cualquier estudio serio de las demandas de los ciudadanos reflejará un profundo divorcio entre el debate político y mediático y los sentimientos de las personas comunes. Mientras que los medios de comunicación transmiten un enfrentamiento esencialmente ideológico, existe una gran coincidencia de la ciudadanía de que sus principales problemas son la falta de empleo, la inseguridad ciudadana y la desesperanza de un futuro mejor, lo que ya ha llevado a tres millones de compatriotas a irse de Bolivia.
Cómo es posible que en el debate nacional estos temas estén ausentes. A qué se debe que en nuestros medios de comunicación prevalezca la cobertura a los predicadores del enfrentamiento y no la opinión de los millones de ciudadanos anónimos que viven con los pies en la tierra, preocupados con los problemas que supone la sobrevivencia diaria. Dónde está la responsabilidad de los formadores de opinión de exigir un debate propositivo orientado a encontrar soluciones y no a generar más problemas.
Al igual que una olla de agua hirviendo que en su punto de ebullición se agita y amenaza rebalsar hasta que alguien apaga el fuego de la hornalla, la crisis boliviana ha sido profundizada y exacerbada por agentes políticos, que encuentran en el enfrentamiento el camino para llegar al poder. De otra forma no se podría explicar la tranquilidad que vive Bolivia después de crisis tan graves como la de junio del 2005 u octubre del 2003, situaciones que llevaron a la comunidad internacional a enviarnos mediadores y corresponsales de guerra.
El llamado a curar nuestras heridas que ha efectuado el cardenal Terrazas durante los últimos meses, debe ser escuchado por la población y muy especialmente por las élites de los distintos estratos sociales y por los medios de comunicación. Es una responsabilidad compartida el crear una cultura de debate constructivo, que reconozca nuestro problemas y les busque soluciones, al mismo tiempo que generar una condena social para quienes procuren el enfrentamiento entre bolivianos para llegar al poder. No seamos tontos útiles de quienes desean convertir las heridas en hemorragias incurables.
*Óscar Ortiz es presidente de la Asociación Compromiso Ciudadano.
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