Es terrible que un día tras otro, a la hora del almuerzo o de la cena, el pobre ciudadano llegue a su casa, para relajarse un poco con la familia, y se encuentre con los espectáculos más espeluznantes en la televisión. El marido, la esposa, los hijos, quieren saber qué ha sucedido en el país y en el mundo y con lo único que se encuentran en casi la totalidad de los canales es con individuos que fueron linchados, colgados y luego quemados, asados como unos chanchitos. Y esas imágenes las pasan dos y tres veces en cada programa. Algunos medios se preocupan —gran gentileza de su parte— de si alguien, entre los espectadores, tiene riesgo de infarto por una extremada sensibilidad, apague el aparato.
Ver a unas pobres personas —por malvadas que hayan sido en vida— asadas, con la piel como un tostón, con el color del cochinillo de Segovia, con ese encogimiento en la carne que produce el fuego, y ese rictus que deja al descubierto los dientes como un último alarido, es algo que sobrecoge. No sabemos si a los productores de televisión y a las guapas presentadoras —que no tienen culpa de nada— les pasará lo mismo que al público normal, pero la parrillada humana quita el apetito de verdad. No es broma.
No sabemos para qué están los códigos de ética de las asociaciones, federaciones y sindicatos de periodistas; no sabemos para qué sirven los códigos de comportamiento de los medios televisivos; aquello, por ejemplo, de respetar la dignidad de las personas, de evitar imágenes explícitas deplorables, de no permitir explotar la desgracia humana. No sabemos para qué sirve todo eso si nadie lo respeta. Es que, desde la obsoleta Ley de Imprenta de 1925, pasando por toda una serie de estatutos, todo está mal en el gremio periodístico, y si todo está mal todo está permitido.
Existe una suerte de necrofilia en Bolivia, una afición macabra por fotografiar cadáveres, por filmarlos, si es posible a un centímetro de distancia. Existe la insana manía de hacer llorar a los parientes de los difuntos, de provocar escenas desgarradoras en los deudos. Eso salta a la vista en las matanzas callejeras a tiros, o en los accidentes de tránsito —tan frecuentes— o cuando queman al Alcalde de Ayo Ayo o a una señora fiscal en Santa Cruz. Y los dos presuntos delincuentes asados en Cochabamba hace unos días malograron el estado de paz en que vivió la sociedad boliviana en las últimas semanas.
¿Qué hubiera sucedido si se producían en Bolivia los más de tres mil muertos de las Torres Gemelas? ¿O las lamentables víctimas de la estación de Atocha en Madrid? ¿O las decenas de asesinados en el salvaje atentado en Londres? ¿O, tanto peor, el “shunami” en Asia? ¡Hubiéramos agotado la producción de películas la Kodak! Y, sin embargo, ni en Estados Unidos, ni en España, ni en Londres, ¡ni siquiera en Irak! se ven las escenas desgarradoras de Bolivia. Aquí no podemos ni almorzar con sosiego, todo por dos desgraciados que fueron sorprendidos robando una bicicleta, a quienes sometieron a todas las pruebas que la maldad humana pueda concebir: la tortura, el colgamiento y el fuego.
Y como culminación de semejante barbarie —donde tanto tienen que ver nuestras modernas, pero deficientes leyes y la total ausencia de autoridad— a los ajusticiados por la venganza popular no se los deja en paz y se los pasea por la nación entera, de un lado a otro, a través de la televisión —¿no nos verán en el extranjero?— como llevándolos, finalmente, a la mesa del banquete.
*Manfredo Kempff es escritor y diplomático.
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