A través de dos notas en sus páginas editoriales, el matutino La Razón expresó la necesidad de que los historiadores bolivianos aclaren la verdadera antigüedad de las culturas andinas, tema sobre el que Mario E. Barragán vertió algunas sugerencias, publicadas en la misma sección, el 7 de julio pasado.
Al respecto, hay que señalar que si bien la investigación científica ha establecido la cronología de las culturas precolombinas, dichas indagaciones no han tenido la difusión correspondiente, pese a ser un tema de trascendental importancia para comprender la historia de esta tierra hoy llamada Bolivia.
Uno de los primeros en plantearse el tema de la antigüedad de las ruinas de Tiwanaku fue el cronista Pedro Cieza de León, quien visitó el lugar el año 1549 y a las que dedicó un capítulo de su libro “La crónica del Perú”. Asombrado por la magnificencia de los restos, el soldado interrogó a los lugareños, quienes le respondieron que esa cultura era anterior al incario y por lo tanto, una “antigualla por la más antigua de todo el Perú”.
La antigüedad de esta cultura continuó en el misterio y siendo objeto de especulación hasta el siglo XX, en que los avances científicos permitieron realizar dataciones de alta precisión.
Uno de los hitos más importantes para la datación de los pueblos antiguos fue el descubrimiento del método del isótopo radiactivo Carbono 14, desarrollado entre los años 1946 y 1949 por el científico estadounidense Willard Frank Libby y que en 1960 le valió el premio Nobel de Química.
Entre 1961 y 1976, el Carbono 14 fue aplicado a los sitios prehispánicos bolivianos por el arqueólogo Carlos Ponce Sanginés, quien de esa manera pudo establecer una cronología absoluta para los mismos. Uno de los principales resultados es que el sitio arqueológico más antiguo de los Andes es el de Tiwanaku, cuya fecha más lejana corresponde al año 1580 a.C. y la más reciente el año 1172 d.C.
La datación radiocarbónica para Tiwanaku coincide con la hecha por deshidratación de obsidiana y por si fuera poco, fue nuevamente ratificada por investigadores de la Universidad de Chicago en la década del 90 quedando, por lo tanto, plenamente comprobada.
Esto significa que hasta el año 1580 a.C., los habitantes de este lugar del mundo eran sólo recolectores y cazadores nómadas, pero en esa fecha lograron establecer aldeas sedentarias gracias a la revolución tecnológica que significó la agricultura.
Sin embargo, es importante aclarar que a partir de su surgimiento y durante 16 siglos, Tiwanaku fue solamente una aldea con economía de subsistencia y en la que no existían clases sociales.
Según el fallecido Ponce Sanginés, fue en el primer siglo de nuestra era, el año 133, que la aldea de Tiwanaku comenzó a experimentar un conjunto de transformaciones posibilitadas por el excedente económico. La aldea se convirtió en una ciudad y surgió como un Estado local. Dos siglos después, hacia el año 374 d.C., el Estado de Tiwanaku comenzó a expandirse, y a partir del año 774 se convirtió en un imperio cuyo dominio llegó al sur de lo que hoy es Perú y norte de Argentina y Chile, alcanzando a ocupar 600 mil kilómetros cuadrados.
La civilización de Tiwanaku llegó a su fin hacia el año 1187 d.C., debido a una prolongada sequía seguida de una guerra civil que derivó en el abandono de la capital. El imperio fue sucedido por señoríos regionales de habla aymara, produciéndose un retroceso político en la zona. Los señoríos fueron conquistados por el imperio inca el año 1438 y los incas fueron a su vez sometidos por los españoles en 1532.
Esto significa que en 1549, cuando el cronista Cieza de León observó con asombro los restos de la capital de esa civilización, ya habían transcurrido tres siglos y medio de su abandono, las casas de barro habían colapsado y el viento y la lluvia se habían encargado de cubrir con polvo la mayor parte de las ruinas.
Por lo expuesto, si la cultura tiwanacota continuara vigente hoy, el año que corre sería el 3585, contando desde su inicio. Para este cálculo basta sumar los 1580 años antes de Cristo, en que Tiwanaku apareció como un pequeño asentamiento, a los 2005 de la era cristiana. En ese sentido, las afirmaciones que señalan que este sería el año 5513 o el 4513 del “calendario aymara”, carecen de sustento científico.
Es un avance que los textos de Ciencias Sociales de Santillana para secundaria incluyan la cronología científica, sin embargo, aún hay mucho que hacer en cuanto a la difusión de estas investigaciones que hacen a las raíces de la identidad nacional y que son desconocidas para la gran mayoría de los bolivianos.
*Patricia Montaño es periodista.
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