Las ofrendas al agua se sucedieron antes de la entrada en el año 5513, según el calendario aymara. El lago Titicaca, el lado femenino del mundo andino, recibió así un merecido homenaje a la par que en otros puntos del altiplano, como Tiwanaku, también se celebraba.
Miguel Vargas Fotos: Nicolás Quinteros
Los achachilas y las awichas son testigos. La historia la cuenta el viento. Hace miles de años existía la isla de Markapampa, al norte de la conocida Isla del Sol, el epicentro germinal de las culturas andinas. Estaba habitada por las ñustas, que trabajaban con los rituales del agua, contenida en grandes cántaros de barro. Un día, durante el imperio de los incas, las jóvenes fueron seguidas por unos hombres de oscuras intenciones. Una de ellas se percató de aquella presencia y, a causa del susto, soltó la vasija que llevaba. Inmediatamente, del cántaro roto surgió tal cantidad de agua que cubrió la isla, sin dejar ninguna evidencia de su existencia.
Hoy, ya en el siglo XXI y con la llegada del cambio de estación, esta zona ha renovado su carácter sagrado y ha sido, sin duda, la parte fundamental del circuito Taypi Qallta, que partió de Copacabana el pasado 19 de junio para seguir el antiguo camino incaico que pasa por la comunidad de Sampaya, las islas de la Luna, el Sol, Q'oa y Yampupata. De retorno, Copacabana brindó su riqueza arqueológica para recibir al año nuevo aymara 5513.
El circuito sagrado La travesía comienza en la zona de Munaypata, en la ciudad de La Paz. Es mediodía, domingo, 19 de junio, y un nutrido grupo de estudiosos del “multiverso” aymara, amautas y yatiris de ambos sexos sube a un autobús que tiene como destino Copacabana. Horas después, y a manera de inicio ritual, se realiza una pequeña ofrenda en la cumbre de Quta Qhawaña para que los achachilas (abuelos) y awichas (abuelas) autoricen el viaje.
“El Taypi Qallta es el centro de origen de la cultura Tiwanaku y del Tawantinsuyu. Desde tiempos remotos han existido lugares que han dado inicio a cada cultura. Para el mundo andino, el punto de origen se remonta a este Centro Ceremonial ubicado entre las islas de C’huju, Pallalla, Q’oa y Khochi, las cuales circundan la Isla del Sol”, explica Juan Ángel Yujra, antropólogo aymara, director de la fundación Ceconciencia: Pacha Amuyu y promotor del evento.
Al amanecer del lunes, la comitiva parte caminando rumbo a la comunidad originaria de Sampaya, donde se da inicio al Ritual Sagrado Del Agua en la vertiente, denominado Uma Jawira. Los viajeros siguen así con sus pasos una ruta similar a la que realizaban los incas.
Con el cansancio destilando sudor en las frentes, el sol amenazando sobre un cielo despejado y con el único apoyo de la hoja de coca, la comunidad de Sampaya recibe a los recién llegados. Las autoridades del pueblo comparten con los asistentes, quienes coronan el esfuerzo bebiendo del fruto de las vertientes.
Terminada la ceremonia se hace hora de navegar hasta las profundidades del Titicaca. La isla Qoati (Isla de la Luna) es la primera parada dentro de los dominios de la awicha agua. Al llegar, los asistentes se asientan en las ruinas mientras los amautas prepararon la q’oacha para la Uma Loqta (pago y ofrenda a las aguas). Para el ritual, se colocan dos ollas de barro en las que se ofrendan todos los productos cosechados desde los meses de abril y mayo, que se acomodan junto a la girakhoa (una hierba sagrada), grasa de llama y hojas de coca. Y una vez lista la Uma Loqta, el viaje continúa por la Isla de Q'oa, para emprender la búsqueda de Markapampa, donde se va a celebrar el ritual central.
En busca de la ciudad hundida De azul silente, las aguas absorben la luz de mediodía mientras el motor anuncia que la lancha ha llegado al lugar indicado. Las olas arrullan por igual en todas las direcciones. Nada delata el sitio en específico, a excepción de la imagen de las pequeñas islas que cercan la visibilidad. “En ese punto hay una ciudad perdida”, explica Juan Ángel con sus palabras envueltas del viento. “Las expediciones subacuáticas realizadas por arqueólogos descubrieron un centro ceremonial. Y los comunarios de la Isla del Sol la denominan Markapampa, la ciudad perdida”.
Las investigaciones realizadas entre los años 1988 y 1992 encontraron piezas arqueológicas en el lugar y lo calificaron como posible ciudad ceremonial. Sin embargo, para los comunarios de la Isla del Sol, la leyenda de Markapampa es la que marca el origen de su cultura.
“Muchas comunidades, aún en las últimas décadas del siglo XX, realizaban rituales de ofrendas a la abuela del Lago Sagrado. Antiguamente, en este espacio se realizaban grandes ceremonias con la única finalidad de fundar nuevos pueblos e iniciar actividades, porque este lugar es el centro de todo el Mundo Andino”, comenta Juan Ángel mientras ancla la lancha.
“En la época seca, el Awti Pacha, se puede observar una piedra aguja magnética que está en el centro de esta ciudad sumergida”, relata el antropólogo mientras los amautas y yatiris preparan la ofrenda para el lago, representante de lado femenino del mundo aymara. “Una gran riqueza tenemos, estamos recuperando la visión dual. Es el equilibrio entre hombre y mujer. Si en Tiwanaku se celebra el encuentro con el cosmos, aquí se lo hace con el agua. El ‘multiverso’ andino ha nacido aquí”. Y las ofrendas traídas en los cántaros llegan siempre a la ciudad sumergida.
Sin que nadie pueda decir por qué, las miradas buscan entre todos los rostros y en la naturaleza alguna señal de aprobación. La tarde amenaza con partir, pero el viaje sigue. Y los amautas y jilakatas anuncian al filo de la tarde que se ha llegado a la comunidad de Yampupata, donde continuará la travesía hasta llegar a tierra. De pronto, las aguas del Titicaca hacen de soporte para una aparición sobre el atardecer: una enorme luna llena se dibuja redonda junto al sol que arroja sus últimos rayos naranja sobre la acuarela celeste. Para los conocedores, ese es quizás el mejor de los augurios mientras se está ya a la espera del nuevo año.
Comienza otra jornada Desde las cinco de la mañana, los pasos chacotean sobre las piedras castigadas por el frío del alba. Decenas de personas siguen las explosiones de los petardos desde lo alto de la turística Horca del Inca —cuyo verdadero nombre es Pacha T’aqa, un observatorio astronómico— mientras responden al llamado del pututu y de las wiphalas. “En la noche compartimos la vigilia y hoy compartiremos la energía solar que llega a cada uno de nosotros y se siente en las yemas de los dedos”, revela el profesor Roberto Tarifa Amarro, con los 48 años templando la madrugada.
La gente continúa subiendo hasta las seis de la mañana de acuerdo a su ritmo. A más de 100 metros sobre el pueblo de Copacabana, el aire se pone caprichoso y se niega a entrar hasta los pulmones. En lo alto, luego de unos 20 minutos de escalada, dos mujeres ofrecen por 10 bolivianos las ofrendas de agradecimiento, con mesas dulces y blancas llenas de dulces y algodón que sirven además para formular los deseos de año nuevo.
Llegan las siete de la mañana a todas las manecillas del reloj, y luego las invocaciones y rezos de los amautas, que responden con un gran ¡Jallalla! a todos los pedidos de los asistentes. El Willka Tata Inti estira los brazos y baña con su luz las montañas y surge, redondo, dejando ver todo su esplendor hasta que estalla en las retinas. El público aguarda a los primeros rayos con las manos extendidas y los ojos cerrados, dejando que el calor se pose en las yemas de los dedos.
Un año nuevo ha llegado Ese instante, las fogatas reciben los pagos. La primera ofrenda en prenderse es la femenina, lo cual ya es una gran señal para los amautas, mientras un grupo de mujeres da vueltas alrededor del fuego con las illas (unos pequeños aguayos anudados por los lados) llenas a rebosar de arroz y azúcar.
“Las concepciones ligadas a los encuentros y las festividades en la cultura tiwanakota-incaica mantienen desde tiempos inmemoriales su propia conceptualización de vida de equilibrio con el hombre y la naturaleza”, explica Yujra. Es así que el Mara T’aqa es entendida bajo la lógica completa de Mä Sar T’aqa o Maya Sara T’aqa, que significa “separar o romper” el tiempo y el espacio. “Se trata del transcurrir de un año completo del otro, de todo un ciclo con su propia riqueza y prosperidad; agradeciendo al año que se deja y recibiendo al nuevo año con su fuerza y su vitalidad”.
Pasadas las primeras ceremonias, entre tanto, llega el ritual más importante en el observatorio astronómico conocido como Horca del Inca debido a la forma de arco. El monumento consiste en dos rocas que representan lo masculino y lo femenino. Vistas de lado, las piedras asemejan los perfiles de un hombre con cabeza de cóndor sobre el rostro y una mujer con tocado. En la que es la boca del hombre se coloca coca y se riega el sector con flores.
El verdadero año nuevo llega entonces… A través de un orificio, un rayo de luz se posa sobre el travesaño que une a las rocas femenina y masculina: se trata de una esfera tenue que se decanta hacia la izquierda, el lado masculino, revelando un año en que los hombres aún tendrán el poder, pero que esta vez será más débil. El fenómeno dura minutos, hasta que la luz solar da plena en la roca. Después, la gente ingresa a través de esta puerta que algunos creen dimensional.
“Este año va a haber más equilibrio. Seguramente, muchas mujeres participarán más en la política, la cultura, la economía y la sociedad”. Es la esperanza de Juan Ángel, quien deja las ruinas junto a toda la comitiva que recibió las bendiciones del Willka Amuta. Mientras, en Copacabana, la fiesta recién esta por comenzar...