La nueva Ley de Hidrocarburos ha empezado a enderezar ese rumbo, pero hace falta una vanguardia que reencauce las energías del pueblo. El nacionalismo no es una doctrina política, menos un concepto teórico. Es un sentimiento concreto, un compromiso de vida, una decisión de formar parte de una “comunidad imaginada” (Anderson) donde sus habitantes puedan compartir ideales, principios y valores. Es sentirse poseedor de una tradición y cultura comunes, es haber experimentado juntos victorias y derrotas, venturas y sufrimientos. Es la esperanza de construir una sociedad cada vez más justa y solidaria.
Bolivia necesita un Nuevo Nacionalismo que defienda al Estado como la mejor opción (quien sabe la única) que tienen las sociedades débiles y las naciones pobres. En la medida en que los poderes externos debilitan o eliminan el Estado, decretan la muerte de esas sociedades pues las vuelven indefensas, convirtiendo a sus miembros en seres disgregados, a merced de los más fuertes, de los voraces capitales transnacionales y sin que su voz pueda ser escuchada. Esa es la situación que hoy vivimos en Bolivia y que un Nuevo Nacionalismo está en la obligación de rectificar.
Por cierto que tanto el nacionalismo, como su expresión material, el Estado, han sido fuente de distorsiones y abusos en todo el mundo. La humanidad ha visto surgir nacionalismos racistas y xenófobos así como Estados expansionistas y totalitarios que niegan los derechos de otras colectividades y de la persona humana. Se ponen al servicio de un cuerpo político que ellos conciben como superior al hombre y eterno como Dios. El Nuevo Nacionalismo boliviano nada tiene que ver con esas aberraciones y esos excesos que tanto daño han hecho al género humano. Su deber es denunciarlos, rechazarlos y combatirlos.
La nación nace en Bolivia junto con el Estado, a mediados del siglo XVI cuando se instala la Audiencia de Charcas, comienza el auge del Cerro Rico y se funda Santa Cruz de la Sierra con el propósito de llegar a los llanos de Moxos o Gran Paitití. Se produce el encuentro de dos sangres y dos culturas: la europea y la indígena. Al mismo tiempo, se fusionan dos macrorregiones geohistóricas: la Andina-Pacífico y la Amazónico-Platense, cada una de ellas con sus características diferenciadas y propias pero que, desde siempre, forman parte de la nación.
En 1825, los fundadores de la República cometieron el error y la injusticia de marginar a la población nativa no obstante de que ésta hizo posible la existencia de una patria libre y soberana. Si los indígenas hubiesen participado desde el principio en la conducción del Estado, si se hubiesen respetado sus derechos ancestrales, nuestra sociedad sería hoy más justa y menos desigual. Se hubiesen evitado muchas dificultades y enfrentamientos.
El Nuevo Nacionalismo recoge los aportes intelectuales de pensadores como Carlos Montenegro quienes, superando los esquemas por entonces de moda en el mundo, se percataron de las características peculiares de la sociedad boliviana alejándose de la polarización clásica liberalismo-marxismo y planteando, más bien, la antinomia nación-antinación. Eso hizo posible la exitosa Revolución Nacional de 1952.
Desde hace más de medio siglo estamos asistiendo al deterioro del Estado boliviano. Sus dirigentes cometieron el mismo error de los caudillos del siglo XIX para quienes la cohesión y el éxito del proyecto de república soberana suponía el mantenimiento de una férrea autoridad central. Eso significó un desconocimiento o postergación de los derechos de las regiones distintas y variadas que lealmente forman la República.
Pero la agresión más brutal que han sufrido tanto la nación como el Estado boliviano, ha tenido lugar en los últimos 12 años. Hemos visto cómo se ha tratado de destruir un legado común forjado a lo largo de cuatro siglos. No ha sido culpa de un presunto y maléfico “neoliberalismo”, como lo sostiene una izquierda por lo general despistada y proclive a usar estribillos y clichés. Por el contrario, en 1985 ingresamos a una economía de mercado junto a una modernización institucional lo cual fue, y sigue siendo, de positivo beneficio para el país.
Lo que destruyó los logros alcanzados desde entonces, fue la implantación del Estado gonista (1993-2003). Éste empezó cuando Jaime Paz Zamora, en el tramo final de su mandato presidencial, cedió al chantaje de Sánchez de Lozada, frenó la descentralización que ya estaba aprobada en el Congreso e introdujo unas reformas constitucionales que “dejuañangaron” el país y que la próxima Constituyente puede y debe rectificar. La destrucción continuó durante el período presidencial de Banzer y, como se sabe, terminó en forma cruenta aquel 17 de octubre de 2003.
El gonismo intentó liquidar el Estado boliviano con la llamada “capitalización”, y con las regalías petroleras del 18%. La nueva Ley de Hidrocarburos ha empezado a enderezar ese rumbo, pero hace falta una vanguardia que reencauce las energías del pueblo.
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