Aunque lo vengo repitiendo desde hace algún tiempo cada vez que me dirijo a una audiencia juvenil —Sub 20, digamos— me sigue pareciendo fascinante la reacción de cierto desconcierto cuando digo que ya hubiera querido disfrutar en mis años mozos de dos cosas que para esta nueva generación son parte del paisaje: la democracia y la red internet; “sáquenles el jugo a ambas”, proclamo sin paternalismos de ninguna clase, “se los dice un tipo que conoció un país sin democracia y un mundo sin internet”, enfatizo. Un rumor burlón se apropia del recinto.
Sin embargo, siento que para ellos sería inimaginable un mundo sin internet. Y es que el actual sistema de relaciones pasa por la red, les es consustancial; es su lenguaje y su espacio. Es su fuente y su confesionario.
Siento las miradas inquisitivas —y siento que el objeto de estudio soy yo— como preguntando ¿y cómo la hacían? Y ensayo respuestas mentales tipo “alquilábamos palomas mensajeras”, y me río para mis adentros, y me consuelo pensando que igual nomás llegué a la fiesta, y devuelvo gentilezas oculares como interrogando ¿saben qué es polisíndeton? Me avergüenzo de mi arrogancia y volvemos a la idea inicial.
La idea se vincula con la extraordinaria revolución tecnológica de nuestra época, con tiempos de innovación cada vez más cortos y veloces, particularmente en los campos de la información y el transporte, misma que ha desarrollado una conciencia colectiva jamás vista antes sobre los derechos de las personas y los ciudadanos, de donde, a su vez, se va generando una opinión pública masiva y planetaria, que exige mayor información, fiscalización, transparencia y participación.
Creo que para mis oyentes la democracia es entendida como un producto tecnológico de alcance social, y para estimular otra percepción recurro a l viejo truco de hacerla pelear con su opuesto: la dictadura. Actualizo un caso que me toca, el de mi padre que, como otros cientos de ciudadanos afectados por algún régimen autoritario, se ha acogido a la Ley de Resarcimiento a Víctimas de las Dictaduras, en calidad de ex preso y exiliado por sus ideas democráticas en tiempos de no-internet, sinónimo, ahora que lo pienso, de no-libertad. La verdad es que no logro conmover demasiado.
Sucede, empero, que sin proponérmelo he llegado a la ecuación clave: “internet = libertad”, aunque, de algún modo, también dependencia —tecnológica, en este caso—... Carlos Fuentes nos divierte con una hipotética suspensión de los servicios de comunicación modernos en La Silla del Águila.
Llego a la conclusión de que el camino está en reeducarnos para asumir la nueva ciudadanía democrática que asoma en el horizonte y se teje en la red. Partidos en red, Constituyente en red, ¿liderazgo en red?, ¿liberación en red?, vértigo, autonomía. No se puede hablar de socialdemocracia sin plantearse seriamente, y como insumo programático, el acortamiento de la brecha digital.
*Puka Reyesvilla es docente universitario.
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