Nuestras autoridades de la Cancillería acaban de hacer el ridículo. Habían decidido, como política de este Gobierno que para todo lo demás es de transición, reabrir canales de diálogo con Chile, pero olvidaron que había que cuidar un poquito las apariencias o la dignidad nacional.
Prestarse al diálogo está bien, pero para que el interlocutor se sienta cómodo no es imprescindible hacer el ridículo. ¿Qué necesidad había de festejar, como si fuera un gesto de hermandad latinoamericana, con himnos y banderas, el hecho de que el ejército chileno haya decidido levantar las minas antipersonales que, de manera agresiva, había sembrado junto a la frontera?
Todo el protocolo fue puesto en juego para este caso en que Chile debía pedir disculpas, pero terminó siendo una burla.
El comandante del ejército chileno le ofreció a su colega boliviano que, si lo desea, los oficiales chilenos podían enseñarles a los bolivianos cómo se levantan minas. Cómo se desactivan, es la expresión correcta. Y el militar boliviano agradeció el ofrecimiento.
¡Como si alguna vez el ejército boliviano hubiera sembrado minas en alguna parte para tener que retirarlas! Ni sembró minas ni se metió en territorios ajenos, jamás. Todo lo contrario.
Las minas son retiradas, con demasiado retraso respecto de los plazos puestos por las Naciones Unidas, y el Gobierno de Bolivia está agradecido. Y se sabe ahora que esas minas fueron puestas con una intención bélica, pues el ejército chileno tenía planeado invadir Argentina, como lo acaba de decir el escritor británico Lawrence Freedman en el libro que ha escrito sobre la guerra de las Malvinas. Las minas debían servir para evitar eventuales propósitos bolivianos de recuperar el territorio costero.
Los oficiales chilenos fueron más adelante: se ocuparon de decir que el costo de la desactivación de las minas es de medio millón de dólares. Menos mal que no pidieron que Bolivia ayude con la mitad.
Ese mismo día, cuando toda una delegación boliviana, de cónsules, vicecónsules, comandantes y toda la parafernalia de la Cancillería, estaba haciendo el ridículo en la helada cordillera, otros diplomáticos bolivianos estaban pisando otro palito.
El Gobierno boliviano anunció, como un triunfo, el que los países del “anillo energético” hayan aceptado recibir a Bolivia. Cuando el lechero llega a un barrio, no hace fiesta el lechero, la hacen los consumidores.
Ahora que formamos parte del anillo, en calidad de dedo o de otra cosa, el grupo de países que tomó la iniciativa debe estar muy contento. Bolivia forma parte ahora del club de consumidores angustiados. Como parte del club, Bolivia deberá considerar que, con gesto de hermandad regional, debe conceder precios de solidaridad por toda la energía que pueda vender.
La política exterior boliviana no puede ser sometida a estos cambios tan bruscos. Los funcionarios permanentes, que tanto se ufanan de serlo, tendrían que ocuparse de que por lo menos haya una sensación de coherencia en lo que hacen y deciden.
Pero, por favor, siempre tendrían que evitar hacer el ridículo, por lo menos cuando actúan en nombre del país, pues nos están comprometiendo a todos. Y a algunos no nos gusta hacer el ridículo.
*Humberto Vacaflor G. es periodista
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