No hay contienda preelectoral sin controversia personal y, ojalá que también programática. Pero, además, suele ir acompañada de un florilegio de agresiones verbales entre contrincantes. Todo tiene sus ventajas e inconvenientes. Usted mismo, querido lector, tiene comprobado que el nivel de educación cívica e incluso política de cada uno de los contendientes lo medimos por la ponderación o la violencia de esos intercambios de "caricias", por el rigor de la argumentación lógica o por los caóticos sofismas engañosos, por la proclamación de la verdad o por la difusión de la mentira, por el lenguaje correcto aunque incisivo o por la impresentable jerga tabernaria. Es normal, aunque no ideal.
La contienda propagandística suele tomar diversos rumbos de agresión, dependiendo, entre otras cosas, del tamaño de la cola de paja que cada uno arrastre. Algunos candidatos tienen un pasado combustible, sea por sus traiciones, transfugios o juegos sucios, sea por su falta de moral e, incluso por sus aventuras sediciosas y delictivas. Toda una despensa de recuerdos que no se borran fácilmente de la memoria colectiva. Estos combustibles suelen ser los que prenden la mecha que incendia todo el pajar propagandístico.
Lo dicho no es ninguna novedad. Es el subproducto de la contienda política que se manifiesta con mayor o menor virulencia, según el grado de educación democrática de una determinada sociedad. Hay países en donde la campaña electoral es una fiesta. Otros en la que es un infierno.
De ahí que una previsión ciudadana debe tener en cuenta que el candidato parlanchín, demagogo, violento, falsario o enredón, debería merecer la inmediata y decisiva sanción social, de tal manera que se le hiciese difícil si no inalcanzable el acceso a una mayoría de votos ciudadanos. De ahí que, cuando oigo a cierta gente que afirma, medio en serio, medio en broma, ser partidaria de que un demagogo o un patán se instale en Palacio, pues, así se comprobaría que un país no se gobierna a base de patochadas, les respondo que están en un grave error. Una tal personalidad con el poder en la mano puede causar daños irreparables en cuatro días. Y luego, ¿quién lo arregla y cuánto tiempo y dinero se requiere para corregir los males y el desprestigio causados?
Siempre hemos insistido en que la propaganda electoral debería orientarse con mayor intensidad en la presentación del programa, más que en la abundancia de diatribas, vituperios e incluso groserías que se intercambian entre distintos pretendientes.
Por el momento, sólo se han lanzado a la arena del circo tres candidatos, Evo Morales proponiendo la formación de un frente amplio de centroizquierda, Jorge "Tuto" Quiroga, apoyado por el grupo Alianza Siglo XXI, una opción de tono moderado y Samuel Doria Medina con una oferta semejante. Y se presentarán más. Hasta aquí el futuro votante no cuenta más que con las caras de los contrincantes, no con lo que se proponen hacer de Bolivia si llegan al poder. Y es precisamente esto último lo que todos queremos conocer cuanto antes. Querido lector: sírvase tener en cuenta los criterios que hemos enunciado más arriba para calificar a los próximos protagonistas de las elecciones de Diciembre y votar en consecuencia.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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