No hay duda, la economía boliviana está al borde del aburrimiento. La noticia más trascendental de las últimas semanas es la apreciación nominal del tipo de cambio, o puesto en cristiano, el dólar ha bajado de precio en el Bolsín, hemos pasado de una cotización de 8,10 a 8,09 bolivianos por dólar. ¡Auau! exclama la tribuna, como si fuera una gran jugada del inolvidable Iriondo del Tigre, que hace unos días se hizo recoger con el Señor.
El tipo de cambio es el precio del dólar medido en bolivianos. Existen dos tipos de regímenes cambiarios, el tipo de cambio fijo, en el cual el Banco Central (BC) fija el precio relativo entre la moneda local y la extranjera y está obligado a vender y comprar dólares, a ese precio. En el tipo de cambio flexible, la oferta y demanda de verdes establece el precio, sin ninguna intervención de la autoridad monetaria. Desde agosto de 1985, en Bolivia tenemos una sistema de flotación sucia. Quiere decir que el precio del dólar se establece por la oferta y demanda diaria de divisas en el Bolsín, pero el BC interviene en este mercado para evitar cambios bruscos en el precio de dólar, de ahí deriva el mote de fluctuación sucia o intervenida.
El tipo de cambio es un precio muy importante en la economía, se lo puede denominar precio-sol, porque los otros planetas-precios giran en torno de él. Cabe recordar que en Bolivia, dada la hiperinflación de mediados de los años ochenta, el tipo de cambio es como una ancla que ayuda que el barco de la inflación no se dispare. El comportamiento del tipo de cambio señaliza y condiciona las expectativas sobre el futuro económico, a las empresas y personas. Entre 1987 y 1993 la depreciación nominal anual del tipo de cambio, en promedio, fue de 12,1 por ciento. Para el período 1994–2003, promedio 6 por ciento al año. Esta trayectoria explica, en parte, nuestra estabilidad monetario-financiera. No hay duda de que el Bolsín es un sistema de reglas claras para las variaciones del tipo de cambio nominal que funciona, y le da credibilidad al manejo de la política cambiaria. Un logro muy importante y prueba de la madurez y solidez institucional de nuestro BC, sabiamente conducido por Juan Antonio Morales, quien es el decano en la presidencia de los bancos centrales en América Latina.
El tipo de cambio ayuda también a explicar los flujos de comercio. El hecho de haber pasado buena parte de mi tierna infancia en Villazón me expuso desde muy temprano a los misterios del tipo de cambio. En ciertas épocas, en la mesa de mi casa no faltaba el dulce de leche Sancor, un buen bife de chorizo de carne argentina y el vino Toro, cuya consiga era ¡“si vino al mundo y no toma vino, a qué vino?”. En otras oportunidades disfrutábamos del dulce de membrillo de doña Hortencia, una carne altiplánica dura, que dio origen al famoso bife a la James Bond, (frío, duro y con nervios de acero) y el vino chapaco, que no estaba nada mal.
En mi mocedad estas transformaciones bruscas en la geografía alimenticia de mi mesa me parecían actos de magia. Años más tarde, cuando comencé a estudiar Economía, descubrí que los cambios en el menú eran resultado de las fluctuaciones del tipo de cambio.
Veamos cómo se produce el truco de una apreciación nominal del tipo de cambio, como el que vivimos en los días pasados. Tomemos como ejemplo el comercio con la Argentina. Supongamos que el dulce de membrillo de doña Horte cuesta 8,10 bolivianos en Villazón y que al cruzar el puente, a los quiaqueños se les paga por un dólar, también 8,10. Así, con un dólar los argentinos se llevan el manjar nacional. Si el tipo de cambio se aprecia en relación al dólar en Bolivia, y pasa a 7,9, esto significa una apreciación fuerte del boliviano. En los hechos, la próxima vez que los hermanos argentinos crucen la frontera y quieran vender su dólar, los cambistas sólo le darán 7,9 bolivianos y con estos morcalos no le alcanza para comprar el dulce de la Hortecha, quien no bajó sus costos y mantiene sus precios. En términos técnicos, una apreciación del boliviano respecto a los verdes reduce la competitividad del dulce de membrillo, lo que provoca un decremento de sus exportaciones de Bolivia hacia la Argentina.
En el caso de las importaciones ocurre lo contrario. Pongamos el ejemplo de vinos. Un buen vino tarijeño cuesta como 39 bolivianos en el mercado nacional, y a un importador un vinacho argentino le cuesta 5 dólares en La Quiaca. Hagamos abstracción de los aranceles de importación, sólo para fines didácticos. Si nuestro importador debe pagar 8,10 por cada dólar, no le conviene el negocio, porque cada botella en el mercado local tendría que venderla a más de 40,5 bolivianos. Pero si el boliviano se aprecia y el dólar pasa a costar 7,2, el vino argentino en Bolivia podría costar 36 bolivianos. Ahora sí se hace rentable traer vinitos gauchos. Una apreciación fomenta las importaciones.
La apreciación del tipo de cambio que registra esta semana es leve y no creo que sea una amenaza a las exportaciones bolivianas, como en el ejemplo que pusimos. Este fenómeno probablemente se debe al boom de las exportaciones que vive la economía boliviana. Si hubiera un exceso de papas en el mercado, su precio bajaría; lo mismo con los dolarachos, hay cierto exceso de verdes, por lo que se está produciendo una apreciación cambiaria. El BC podría intervenir, pero quiere mandar una señal de estabilidad. Nada por qué preocuparse. El Bolsín es un sistema que funciona, lo que es una prueba de buena salud institucional de nuestro BC que está de aniversario. Felicidades por el buen trabajo.
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