La clase media de Bolivia, que representa más de dos millones de ciudadanos, es una importante fuerza electoral en un país que, como Bolivia, apenas cuenta con 3,2 millones de habitantes registrados para votar.
Sin embargo, a pesar de esto, esta importante clase, mayormente silenciosa, no cuenta con el apoyo de ninguna fuerza o movimiento político, carece de liderazgo y, más importante aún, si lo tuviera, éste se encuentra totalmente fragmentado.
Para apoyar lo dicho anteriormente, basta con evaluar los dramáticos sucesos de febrero y octubre del 2003, los salvajes paros y bloqueos del 2004 y, particularmente, los asedios que sufrieron las principales ciudades del país en mayo y junio del 2005, donde la clase media fue la víctima flagrante de un despiadado cerco, la falta de combustibles, gas licuado, alimentos, agua, transporte, acceso a los aeropuertos o a las carreteras, para citar tan sólo algunos de los actos antidemocráticos que acompañaron a estos eventos.
A pesar de estas dramáticas circunstancias, ninguno de los políticos bolivianos dijo nada, para salir en defensa de la democracia o de la fuertemente asediada clase media boliviana.
Lamentablemente, todo esto nos demuestra que, a pesar de su importante fuerza electoral, la clase media no tiene quién la defienda y que, quienes pudieron hacerlo, asumiendo su liderazgo, no lo hicieron o, tal vez, no se atrevieron a hacerlo.
Lo propio sucedió en la instalación del Congreso del 2002 cuando, ante las amenazas de violencia e intimidación que hicieron los partidos de izquierda y los partidos campesinos en contra de la clase media, ningún parlamentario asumió una posición de defensa; en el mejor estilo político de quedar bien con todos y acomodarse convenientemente a la corriente ideológica del momento.
Por lo sucedido entonces y durante todo este proceso, creo que ha llegado la hora de que esta importante clase tome conciencia de su poder electoral y reevalúe el liderazgo que la debe representar.
Como dijo el papa Benedicto XVI, también ha llegado la hora de que los políticos abandonen el cómodo “relativismo”, que confunde a todos y les permite acomodarse en todas las ideologías, pero no jugárselas por nadie.
En este sentido, mi difunta bisabuela siempre decía que, al final del día, de lo que se trata es de decidir si es “pato o es gallareta”.
Creo que también ha llegado la hora de que la clase media busque un líder que se las juegue por ésta, en vez de que juegue con los votos de esta importante fuerza electoral.
Por lo demás, creo que definitivamente ha llegado el momento de evitar el fraccionamiento del voto, sobre todo, en momentos en que el populismo pretende llevarnos a la lucha de clases, en vez de buscar la alianza de éstas para lograr la verdadera unidad del país.
Ojalá sea posible encontrar al ciudadano que esté dispuesto a asumir este liderazgo y que no se quede contaminado con los lastres de nuestra política criolla; que le permita al país elegir un solo candidato con amplia mayoría, para constituir nuevamente el principio de Estado y darle gobernabilidad al país; y que, de una vez por todas, resuelva el agobiante problema de la pobreza.
Bolivia ya no es viable políticamente con presidentes elegidos con menos del 20 por ciento del voto, que luego se ven obligados a conformar coaliciones gubernamentales, a través del despreciable “cuoteo” y la repartición de las entidades del Estado.
Bolivia ya no es viable sin la urgente reconstitución de un Estado que le permita restaurar el principio de autoridad y respeto a las leyes.
Asimismo, Bolivia ya no es viable cuando el gobierno se hace desde las calles, pisoteando las leyes, la Constitución Política del Estado y los derechos del resto de los ciudadanos.
*Juan L. Cariaga es economista y escritor.
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