Un policía de raíz mexicana cierra el paso a los inmigrantes ilegales Mario García podría pasar como un vecino de Tijuana, pero nació del otro lado de la frontera. Su uniforme y su actitud firme no dejan dudas de a qué bando pertenece.
EN BUSCA DE ILEGALES • Nick Coates (izq.) y Mario García patrullan la frontera entre EEUU y México, al sur de San Diego.
La familia de Mario García llegó alguna vez de inmigrante desde México a Estados Unidos. Hoy, la tarea de este policía consiste en impedir que los compatriotas de sus abuelos crucen ilegalmente la frontera hacia el norte.
Cada año, cientos de miles de latinoamericanos buscan suerte en EEUU sin los papeles necesarios. Muchos de ellos fracasan y lo vuelven a intentar, una y otra vez.
Según cifras del Consejo Nacional de Población de México, unos 485.000 mexicanos son repatriados cada año por la Patrulla Fronteriza estadounidense.
A lo largo de los extensos 3.200 kilómetros de frontera entre Estados Unidos y México, policías como García patrullan la línea divisoria. Con su piel y cabello oscuros, en México podría pasar como un ciudadano más.
Habla tanto español como inglés. Pero su uniforme de la “Border Patrol” no deja dudas de a qué lado pertenece. Desde hace 18 años se dedica a capturar migrantes que pretenden ingresar de manera ilegal a los Estados Unidos.
Sentado en un jeep blanco, en un camino polvoriento a pocos kilómetros de la garita fronteriza de San Isidro, que conecta San Diego y Tijuana, se despereza y dice: “Hoy todavía no atrapé a ninguno”.
Muchas veces García escucha cuestionamientos de los inmigrantes detenidos. “¿Por qué traicionas a tu país y arrestas a gente de tu propia sangre?”, le preguntan.
Desde hace años su respuesta es la misma: “Si no te gusta, puedes regresar por donde viniste”. García se siente estadounidense, pese a su origen latino. “Los inmigrantes nos odian a todos”, afirma. Estados Unidos ha instalado en la frontera murallas y tecnología ultramoderna para detener a los ilegales. “Tenemos sensores y cámaras que detectan cualquier movimiento, día y noche”, explica el vocero de la Patrulla Fronteriza, Nick Coates.
“No es un muro macizo porque los ecologistas exigieron que los animales pequeños pudieran cruzar de un lado a otro, pero las personas no caben por los espacios libres”, señala.
Muchos de los que van en busca del sueño americano se las ingenian de todas formas para conseguir cruzar, aunque arriesguen la vida en zonas inhóspitas. Pero incluso si logran traspasar la frontera, todavía están lejos de la meta. Los patrullajes contra la migración ilegal son continuos.
Según organizaciones defensoras de los derechos humanos, el endurecimiento de la frontera ha hecho que muchos inmigrantes, en su mayoría mexicanos y centroamericanos, crucen por regiones despobladas y peligrosas, a través de desiertos y montañas.
“Ahí afuera se muere en promedio una persona por día. La pena de muerte es una sanción demasiado alta para la migración ilegal”, lamenta Enrique Morones, miembro fundador de un grupo humanitario que brinda protección a los migrantes.
Del otro lado de la frontera, a tan sólo cientos de metros de donde patrulla el policía Mario García, una veintena de personas sentadas en el suelo en semicírculo conversa a cerca de fútbol.
Son migrantes que aguardan muy atentos el momento propicio para intentar el cruce, en general cuando se produce el cambio de turno de los distintos agentes de la Patrulla Fronteriza.
“Ninguno de nosotros quiere irse del 'otro lado', preferiríamos quedarnos en casa. Pero cuando no tienes trabajo y casi ni puedes alimentar a tu familia, no te queda otra”, expresa uno de ellos, un mexicano que se identifica sólo con el nombre de Alberto y se reserva el o los apellidos.
A Alberto lo acompañan otros tres migrantes, procedentes de comunidades pobres del sur de México. Ismael trabajó en viñedos de California, en EEUU, hasta finales del año pasado, cuando fue deportado después de un operativo contra los ilegales.
Adrián estuvo empleado durante varios años en Estados Unidos en la confección de alfombras, pero también fue descubierto y mandado de regreso a casa. A Francisco un hermano le consiguió trabajo y lo espera en la ciudad de Oceanside, en el estado de California.
“Ahí saco en un día tanto dinero como en una semana en México”, se justifica. Sabe que el costo de vida también es más alto, pero espera reunir lo suficiente como para mandar cada fin de mes unos dólares a su familia.
La aventura del migrante es riesgosa: además de las penurias de la travesía, como el hambre, la deshidratación, las temperaturas extremas en el desierto, las picaduras de alacranes y los accidentes, sufre asaltos o extorsión de la Policía. “La Policía Municipal de Tijuana comete abusos, cobra sobornos y se aprovecha de las mujeres”, dice Víctor Clark Alfaro del Centro de Derechos Humanos de Tijuana.
El Gobierno mexicano creó hace unos 14 años los Grupos Beta con la misión de asistir a los migrantes. Con sus jeeps anaranjados, agentes de esta agrupación recorren todos los días la región fronteriza para suministrarles alimentos, agua, cobijas o información. En Tijuana el flujo de migrantes genera numerosas ocupaciones a los lugareños. Los hoteles ofrecen habitaciones para el período de espera antes del cruce. San Diego (EEUU) y Tijuana (México), DPA
“La pena de muerte es una sanción demasiado alta para la migración ilegal”. Enrique Morones, activista.
“La Policía de Tijuana comete abusos, cobra sobornos y se aprovecha de las mujeres”. Clark Alfaro, del Centro de DDHH.