El “coyote” deja a la gente abandonada a su suerte Gestores • Los traficantes de personas buscan clientes en estaciones y en el aeropuerto de Tijuana. Sus honorarios no siempre son accesibles.
ANSIOSA ESPERA • Cuatro mexicanos se reúnen en el norte de la ciudad de Tijuana, junto a la frontera con EEUU. (28/2/05).
Los traficantes de seres humanos, conocidos como “coyotes”, cobran por facilitar la entrada a EEUU. Sus gestores buscan clientes en la estación de autobuses y en el aeropuerto de Tijuana.
Por 1.500 dólares, de los cuales una parte se paga por adelantado y la otra muchas veces una vez concretado el cruce, se ofrecen a llevarlos a la tierra prometida. Con frecuencia, los abandonan después a su suerte.
Muchos no pueden hacer frente a los honorarios de los coyotes ni tienen familiares que puedan ayudarlos con el pago. Por eso aguardan día tras día, en la oscuridad, el momento oportuno para intentarlo sin un guía.
Es el caso de Bernardo, por ejemplo, que después de muchos años de vivir en Estados Unidos regresó a México porque su hermano murió y quiso estar en el entierro. Ahora lleva tres semanas a la espera de una buena ocasión para escabullirse de la patrulla fronteriza y reencontrarse con su familia en San Diego.
“La primera vez que fui para el norte era más fácil. Ahora hay que tener mucha suerte”, dice resignado. ¿Cuánto tiempo va a esperar? “Hasta que lo logre. Mi familia me espera del otro lado y necesitan de mí para sostenerse”, afirma. Pero no se arrepiente de haberlo arriesgado todo para darle sepultura a su hermano, “lo volvería a hacer”. Bernardo se cambiará de lugar, un poco más hacia el oeste, para tratar de cruzar. “Nos vemos del otro lado”, exclama a modo de despedida.
Rosa y su esposo Juan lo lograron. Desde hace cuatro años viven ilegalmente en EEUU. Hablan poco inglés. “Tal vez así sea mejor, para no entender todas las ofensas que nos dicen”, afirma Juan. Y se ríe.
El matrimonio y sus dos hijos viven al sur de San Diego, en una vivienda de dos pequeñas habitaciones. Juan trabaja como cuidador de una mueblería, Rosa hace la limpieza en un hotel de San Diego. “Mucha de la gente del hotel consiguió trabajo sin papeles: de recamareras, en la cocina, en la lavandería”, dice Rosa.
Cuenta que esto lleva a situaciones absurdas. Hace poco una mexicana ofreció sus servicios como empleada doméstica a una estadounidense, pero fue rechazada no porque careciera de un permiso de trabajo, sino justamente por ello: hubiera reclamado al menos el salario mínimo.
Rosa trabaja desde hace poco también como empleada de una familia. Gana cuatro dólares por hora. “Los gringos no harían este trabajo por tan poco”, asegura. Para evitarse problemas, ella y su esposo tratan de pasar inadvertidos. Del trabajo a casa y de casa al trabajo. De todas formas, no les queda mucho tiempo libre.
Por 70 dólares consiguieron unos papeles falsos por si alguien les pide identificarse. Las cosas se ponen más difíciles cuando se trata de la salud. Sin estar en la red de seguridad social los tratamientos son muy costosos.
Rosa y Juan están contentos de tener un ingreso. Pero, por otro lado, en sus relatos se adivina el desencanto y la amargura de vivir en fuga permanente, de ser víctimas de racismo y discriminación. Se quejan de que algunos patrones pagan poco o incluso les retienen una semana de salario. Viven mejor que en casa, pero se sienten lejos de su sueño americano. San Diego (EEUU) y Tijuana (México), DPA
“Tal vez así sea mejor (hablar poco el idioma inglés) para no entender todas las ofensas que nos dicen”. Juan, un ilegal en EEUU.