El filatelista Hugo Belmonte hace notar que una estampilla, más que por su antigüedad, cotiza mejor por sus fallos o por ser rara o escasa.
Álex Ayala • Fotos: David Guzmán / Andrés Rojas
n papel envejecido, y roto en una de sus esquinas, se descuelga de las manos de Hugo Belmonte. Hugo, que bordea ya los 64 años, tiene la mirada exacta del relojero, y ajusta sus lentes sobre una lupa para apreciarlo todo con detalle. Abajo, el documento tiene una señal, que indica que fue habilitado en 1664. A esa marca se le llama franca, y anuncia el lugar de donde partió la carta. Hugo, mientras, mira su reliquia con orgullo, pues no muchos filatélicos en Bolivia poseen un testimonio de similares características.
Y es que se trata, ni más ni menos, de uno de los escasos antecedentes que existen hoy día de las estampillas bolivianas, de papeles que han logrado conservarse gracias a unas pocas personas a las que les dio por guardar la correspondencia. “Una de ellas, curiosamente, fue una tal Taboada, y si uno lee las misivas que guardó en petacas, se da cuenta de que fue una de las pioneras de los famosos chocolates sucrenses”, apunta el filatélico.
Con ambas manos, entretanto, sujeta otro papel que en apariencia es una simple carta. Sin embargo, es mucho más que eso, pues dándole unas cuantas dobleces hacía, al mismo tiempo, las veces de sobre. “Luego —explica— se lo lacraba con un anillo. Y el que sobre y carta fuesen uno solo ha dado oportunidad para recuperar epístolas”.
Pero no son los únicos tesoros que conserva Belmonte. Entre las francas, tiene algunas de lugares tan valiosos como el puerto de Chimba (o La Mar), en Antofagasta, de cuando ésta era boliviana; también, unas que casi no existen de La Plata; y de Cotagaita, un punto estratégico —hoy tan sólo un pequeño pueblo potosino— donde se reclasificaban las cartas para dirigirlas ya fuera a la costa o a la Argentina, sus destinos habituales.
La franca era tallada manualmente sobre un trozo de corcho, en forma negativa —con las letras al revés— y luego se impregnaba con tintas muy costosas, elaboradas con resinas de árbol bien específicas. Su función era, sobre todo, la de marcar un precio por el envío. Y cumplió con ella a la perfección hasta que aparecieron las estampillas, e incluso después.
“Y es que tras la primera emisión oficial de sellos bolivianos, en 1867, se siguieron utilizando. Es más, ahora los sellos matasellados con esas francas son cotizados”.
Los primeros sellos de Bolivia Aunque si carne de coleccionista son piezas como ésta, más lo son aquellas que contienen algún tipo de error, de impresión o de dentado. De ésas, Hugo Belmonte tiene muchas. “Existen desde los primeras estampillas: los cóndores”, reconoce. “Pero los cóndores, además, tienen una peculiaridad que les otorga un valor añadido: como fueron tallados a mano, con buril, es muy complicado encontrar dos que sean exactamente iguales”.
Elaborados durante el gobierno de Mariano Melgarejo, se presentaban en planchas. La primera fue de 48 sellos y las últimas de 110. “Y en este tiempo uno de los fallos habituales fue el de no tallar la “n” al revés en el negativo, en los nuevos moldes de piedra pizarra, por lo que la impresión salía en el papel invertida”. Curiosamente, el papel es otra de las características de estas series. “Se imprimía en aquel que se tuviese a mano —cuenta Belmonte—. En eso tuvo que ver la premura por cumplir con el pedido”.
También hay diferencias entre unas estampillas y otras por el tipo de impresión. Las originales, por ejemplo, se hicieron sobre papel húmedo, y se ven más borrosas. Las reimpresiones, en cambio, gracias al avance de la técnica se hicieron en seco, y se aprecian nítidas. “Sin embargo, para los filatelistas valen algo más las primeras”.
Finalmente, los tonos fueron otra de las peculiaridades de estas primeras series. Así, había verdes, azules, rojos y de otros colores, pero el más codiciado de éstos es el de 500 centavos negro, por todo el misterio que le rodea, pues no fue puesto oficialmente en circulación.
En eso es coincidente con las challas, su precedente. Encargadas por el el presidente José María de Achá, en 1963, nunca salieron al mercado y han terminado en colecciones privadas. Algo parecido ha pasado con los sellos inmediatamente posteriores a los cóndores, los escudos de nueve y once estrellas —en representación de los departamentos de Bolivia, incluidos los dos perdidos—. “En esta ocasión sí circularon, pero actualmente son bastante escasos”.
Errores muy bien cotizados Con todo, no fue hasta las series y diseños posteriores que los errores se fueron multiplicando. Y, para ilustrar al respecto, Hugo Belmonte saca un álbum dedicado sólo a este tipo de estampillas con algún tipo de defecto. “También he tenido que aprender a diferenciar y clasificar errores —explica—. Así, uno se da cuenta de que unos son casuales y otros se realizaron de forma intencionada. A estos últimos se los denomina como variedades”.
Y es que una variedad es como oro para los coleccionistas. Por esa razón es que existen piezas inverosímiles. Algunas tienen la esfinge al revés o descentrada. Otras en su lugar no reflejan más que un óvalo vacío. Y los hay las que las hicieron sin dentar. Además, las emparejaban en las planchas junto a otras perfectas, porque juntas —una buena y una mala— aún tienen más valor. ¿Quiénes lo hacían? “A menudo, la misma gente de las imprentas”.
Otros errores se sucedían en las sobrecargas, que eran sobreprecios reimpresos en los sellos dotándoles de un nuevo valor, “pues muchos aprovechaban la oportunidad y hacían sobrecargas dobles, inversas… para venderlos ya de manera ilegal a los coleccionistas”. Algunos, incluso, sobrecargaban los colores. “Es el caso de un señor Beltrán, que en 1930 sobrecargó con tonos dorados varios sellos, a los que les ponía su marca atrás”.
Mientras, entre los fallos no intencionados lo más común eran las burbujas, puntitos o manchitas que se producían comúnmente por la saturación en los colores. Pero no todas las imperfecciones han seguido esa tónica. “Como ejemplo, podemos tomar un sello reciente, del año 2000, en el que dice milenio 2000. Es una equivocación de bulto, pues nos encontramos en el milenio tres, ya que el 2000 se producirá en dos millones de años”.
Falsificaciones y rarezas Mención aparte, entretanto, merecen las falsificaciones, que existen desde la época de las challas. “La mayor parte de las veces se hacían en imprentas del extranjero, aunque en ocasiones se realizaban toscamente en Bolivia. Uno de los primeros sellos que se falsificaron fue el cóndor de cinco centavos amarillo. Pero en la mayoría de las ocasiones —constata Belmonte— las estampillas falsas no circularon”.
Para un coleccionista, además, tienen más valor las rarezas, ya que en este apartado uno puede toparse con las piezas inverosímiles. “Uno de los sellos más valiosos de mi colección, por ejemplo, tiene la imagen de Paz Estenssoro. Lo rescataron del horno cuando estaba siendo incinerado por el gobierno de Barrientos. También tengo uno de 1925 sobrecargado con el nombre de un lugar llamado Platanillos —que hoy pertenece a Paraguay— por un soldado boliviano durante los combates en pleno Chaco”.
Con todo, ninguno de estos dos es tan vistoso como los que mandó hacer el arqueólogo Arturo Posnansky. “Fueron unos sellos en dorado que encargó por cuenta propia a Alemania en 1925 con referentes arqueológicos: con la Puerta del Sol, un monolito…”. Más anecdótica, sin embargo, resulta la primera postal sellada y matasellada que cabalgó en el Graf Zeppelín, primer correo aéreo que se vio por los cielos en América Latina.
Pero para Hugo Belmonte, que enfoca con la lupa otra página del álbum, una de las cosas que más llama la atención de los filatelistas son los cuños, pruebas únicas que se realizaban antes de la impresión de las estampillas, donde se hacían observaciones. “Después, estas piezas quedaban en manos de los gobernantes, pero lo más seguro es que salían a la luz porque se las daban luego a familiares o amigos”.
Para los inexpertos
La forma más eficaz de conseguir sellos es transar con otros coleccionistas, comprar en los remates internacionales o negociar con los comerciantes de sellos. Estos últimos a veces se hacen con sus materiales de manera ilícita, pero en la mayor parte de las ocasiones se ayudan de anuncios en el periódico para acceder a ellos. Para saber si una estampilla es falsa o verdadera hay personas en todo el mundo con autorización para certificar su autenticidad. Eso sí, cobran por cada pieza al menos el 10 por ciento de su valor real en el mercado. Actualmente, los sellos más valiosos son los más escasos, y existen catálogos donde se ordenan las estampillas por fechas, precios, tonalidades y demás características, y resultan una de las mejores guías para aquellos filatélicos y coleccionistas que están empezando.