Hay de todo, desde los que alternan originales con piratas hasta los que esconden entre sus estantes rarezas que valen su peso en oro.
Álex Ayala • Fotos: Pedro Laguna
Los rieles del antiguo ferrocarril recorren la Feria 16 de Julio de El Alto como fantasmas. Apenas queda ya su huella sin sonidos en algunos tramos. Es jueves, y siguiendo su estela los suelos se llenan de mercadería y tierra. Pero entre bolsas de hule, muelles, celulares, pantalones de segunda mano y todo tipo de artilugios todavía hay espacio para la palabra.
René González, de 73 años, ajusta su perfil al de la ciudad de La Paz, que se mueve con vida propia bajo su puesto. En él, bajo plástico, se pueden encontrar desde ejemplares clásicos, como La Casa de Bernarda Alba, hasta algunas copias piratas de libros de Paulo Coelho. “La lectura me encantaba. Por eso me dediqué a los libros”, cuenta. Hoy acumula 30 años de experiencia. Es uno de los maestros de lo que llaman “libro viejo”.
Sus lentes son de oficio, oscuros y gruesos como lomo de Biblia. Sus palabras resbalan sin perderse entre los voceadores de todo y nada de la 16 de Julio y su barba picuda le da un aire que se quiere acercar sin conseguirlo a la bohemia. René vende sus libros a precio de saldo. Mientras, da rienda suelta a la lectura en un taburete plantado en el suelo a duras penas. Lo que no lee acá lo devora luego en su cama. “Me desvelo a las 2.00 y, entonces, leo”.
Las ventas son escasas. Su puestito es de los más humildes, de los más pequeños. Algunos ejemplares han cogido algo de polvo, libros de álgebra y de ciencias que verán mejores días en las semanas escolares. Pero René no se desanima, aunque es un abonado a ese dicho que dice que “todo tiempo pasado fue mejor”. “Antes —relata—, iba a buscar los libros al barrio Chino o por la avenida Montes. Los compraba por lote, libros servibles e inservibles. También lo hacía al por mayor a editoriales como Juventud y luego vendía al detalle. Me conocían”, pero esos circuitos han desaparecido.
Al igual que René, otros alteños arman sus puestos en la 16 de Julio, la mayor parte con libros colegiales o universitarios. Algunos se ubican en las arterias principales, como Román Ayanoma, compañero de batalla de René y apasionado de las revistas de sucesos. “Como Mundo Policial”, señala, de la que al igual que de otras publicaciones, dígase Escape, se pueden conseguir números atrasados por unos centavos. Con todo, la mayor parte de los libreros de segunda mano de El Alto tiene su refugio en plena avenida Alfonso Ugarte.
El olor amarillo del pasado Sin rieles a la vista, también hubo un momento en que la San Francisco vibró con las chispas del tranvía. Y allá, como en El Alto, los libros han sobrevivido a los vagones. Así, en el pasaje Huarina, en pleno palpitar de las idas y venidas de la ciudad, los libreros quizá con más tradición de la ciudad visten y desvisten con maestría la literatura que pasa entre sus manos.
“Algunos nos traen acá sus libros y los venden por necesidad; otros, porque viajan, y hay también quienes nos dejan su dirección para que vayamos a valorar sus bibliotecas”, explica Wilma Oblitas, que lleva 30 años en la actividad. Su caseta es muy parecida a las demás: de cemento y teja y con todo rodeado de libros. Los ejemplares se apilan de mil maneras. Unos forman montañas verticales, otros cubren estantes de madera por encima de las cabezas y la mayor parte se juntan en base a las temáticas, buscando armar, sin conseguirlo, algo parecido al orden.
Entre tanto, lectores de toda clase y condición se agolpan entre prestos y curiosos en torno a las obras. “Yo soy cliente asiduo —dice David Mendoza, uno de ellos—. Son libros baratos, accesibles para la gente sin recursos, y uno llega a encontrarse con muchas joyas, se vuelve adicto. En las grandes librerías, a veces, ni te dejan tocar las obras. En el pasaje es distinto. Se pueden manosear y en ocasiones, a los que nos conocen, nos las llegan a dar hasta en dos pagos sucesivos. Y lo que me hace disfrutar a mí son los libros viejos, amarillos y enmohecidos, el olor a pasado”.
Rarezas, revistas y vinilos De eso, precisamente, hay bastante. “Entre los más buscados destaca uno muy especial sobre el centenario de Bolivia, por el que están pidiendo 1.000 bolivianos. Pero también hay liquidaciones por dos y cinco bolivianos”, resalta Emilio Lobera, secretario general de la Asociación de Libreros Mariscal Andrés de Santa Cruz, que organiza los entresijos del pasaje. Casi todo se encuentra, desde tratados sobre la mujer o magia negra hasta ediciones príncipe —la primera de una obra— o viejas revistas argentinas y chilenas, y también los ya olvidados discos de vinilo.
Los títulos lo dicen todo: Sífilis, tratado por el método racional, Las mejores tradiciones y leyendas de Bolivia… obras que se mezclan con increíbles colecciones de revistas igual de sugestivas, como las National Geographic o Selecciones de hace décadas, la Nam —sobre crónicas de la guerra del Vietnam— o la que fue un día emblema en la Argentina: Leoplán.
Son libros y colecciones que por un tiempo criaron moho en los cientos de rincones que tiene la ciudad, en los barrios más tradicionales, como Sopocachi, San Pedro o Miraflores, y hasta en las periferias o la zona Sur. Pero desde todo lugar se ha respondido al llamado de los carteles: “Compro discos, libros y revistas”. Los estantes, así no lucen casi nunca vacíos.
Gracias entonces a los llamados, a manos de los libreros han llegado hasta ejemplares escritos en ruso —entre ellos compilaciones enteras sobre el pensamiento de Lenin— e incluso en chino y en hebreo, debiéndose estos últimos comenzarse a leer desde el final. “También resúmenes de El Quijote, que se venden hasta por siete bolivianos”, y otros escritos aún más raros, muy buscados por los bibliófilos, como los de Tiwanaku, del célebre arqueólogo Arturo Posnansky.
Emilio, mientras, maneja el libro con los cinco sentidos. Un “Quijote” elaborado con tuercas y tornillos revela una afición inusitada por los más clásicos, la misma que le lleva a calcular la antigüedad de un libro con un vistazo. “Aunque no lleve fecha, me guío por la textura, el empaste y el trabajo externo, pues a la hora de fijar un precio a los ejemplares todo cuenta, desde que no falten páginas hasta el estado general o el contenido”.
Y como Emilio, el resto de los libreros intenta negociar los precios de la mejor manera. Unos, con sus canas eternas o sus camisas de recias telas; otros con sus gorras de viejo; y la mayor parte con lentes, redondos o estirados, de fino alambre o de monturas bien armadas, pero todos con el toque de librero, ocultando sus miradas tan perspicaces como aventureras.
Las mañas de la vieja escuela Unas calles más arriba, frente a la vieja y gris estación del ferrocarril, una casa se ancla en el pasado como si los trenes no hubieran dejado de pasar nunca. Es el que fue refugio de Antonio Paredes Candia, al que la revista entrevistó unas semanas antes de su muerte.
El escritor, cuando recibió a Escape, estaba recostado en una alcoba de las de antes, de esas con olor a naftalina y colchones inmensos entre los que uno no notaría ni un diminuto guisante. Su rostro transparentaba algunos huesos y su voz de ocasos encendidos retumbaba en las paredes. Y
cubría su inmenso corazón con varias mudas, con chompas y frazadas superpuestas, al tiempo que rescataba sus historias de librero.
“Era un oficio duro. Yo tuve que vender una reliquia, las obras en un tomo del Obispo de San Alberto, con su firma, porque un nieto mío se enfermó y necesitábamos la plata para operarle de urgencia”, lamentaba. Por aquel entonces los libros se vendían en el suelo, donde se los acomodaba en una manta. Y, pionero, Antonio también viajaba a las ferias de todo el país. “Recogía las tradiciones y el folklore para mis libros y llevaba las obras de otros, para vender, en varios cajones”.
Antes todo era distinto. En La Paz, Candia se colocaba primero en el zaguán de la casa de don Antonio Osorio, y más tarde en la entrada de las Vicentinas. Otro amante del libro, Antonio Casasas, lo hacía en San Francisco. Y ambos compartían esos espacios con libreros que regentaban, en muchos casos, las librerías de viejo.
“Entre las librerías de viejo hay que destacar la trastienda de la librería Tejerina, que quedaba por la plaza Murillo —comenta Jorge Núñez, curador de arte jubilado—. Allá tenían libros de segunda mano, de tercera y hasta de cuarta y, sobre todo, cartas, manuscritos amarillos, documentos, crónicas de la conquista y libros de Iglesia”.
Obras que difícilmente se encuentran ahora, de Bocanegra o de Calancha —autores de la colonia cuyas firmas se pagan en miles de dólares en el mercado— o de la Guerra del Chaco. “Y que los grandes conocedores, como Jorge Mercado, tenían todavía a la venta al público en ese tiempo”. Algo impensable en los días que corren, pues hoy únicamente se los encuentra en colecciones privadas.
Eran tiempos en los que se manejaba el libro de otra forma... Lo que no servía se reciclaba, se hacían con el papel títeres y muñecos para Alasita. Y las revistas famosas, como Condorito, se alquilaban en algunos puestos de la plaza Alonso de Mendoza. Pero todo fue cambiando. De venderse las obras en el suelo se pasó a los tableritos de madera resguardados bajo una sombrilla. “Por aquel entonces, bajo el pago de una pequeña suma, nos guardaban los libros en el retén municipal o en el mercado”, rescata Rigoberto Morales, uno de los libreros del pasaje Huarina.
Después, la transición fue hacia los quioscos metálicos de la calle Montes.Y hoy se comercia entre tejas y ladrillos. Para Candia, sin embargo, el espíritu se ha perdido. “Ahora —expresaba— hay demasiada gente desaprensiva que pone su puesto para vender libros piratas”.
La casa de Antonio Paredes Candia, entre tanto, como hizo durante muchos años el escritor, se resiste a ver pasar el tiempo. Novelas, ensayos y crónicas de todo tipo se enroscan como escaleras de caracol armando columnas desordenadas por el suelo. Son obras que ya no tienen quién las venda.
Una vuelta atrás En el paseo Marina Núñez del Prado, mientras, el puesto del tradicionalista paceño está cerrado a cal y canto. Como el suyo, otros quioscos han bajado sus persianas y se debaten entre la vida y la muerte, recurriendo un buen número de ellos a las ferias o a la piratería para que las cuentas finalmente terminen por cuadrar a fin de cada mes.
En uno de los anaqueles, de los pocos abiertos —en total son 67—, Marina Agudo teje con paciencia una chompa de lana. Apenas hay clientes. “Algunos días da para comer, otros ni para eso”, suspira.
Antiguo refugio de prostitutas, colitos —esnifadores de pegamento—, huérfanos y alcohólicos, el paseo, entre las calles Bueno y Loayza, no parece haberse recuperado nunca de sus tragedias. Por allá jamás pasaron trenes ni tranvías. Y enrejado, envuelto en un silencio cómplice, varios ‘colitos’ todavía lo visitan, ahuyentando a los pocos clientes y dándole un aspecto aún más desolado. Como nunca, son las caras jóvenes las que atienden entre las planchas metálicas y delgadas de los puestos, casi siempre envueltos en una atmósfera viciada de sol y sombra, pues muchos de los viejos libreros se dieron por vencidos ya hace tiempo.
A Dios gracias, no es lo mismo en las 59 casetas del pasaje Huarina. Allá el trajinar de almas es una constante. Literatos, intelectuales, escritores y académicos son parte de la clientela habitual. Tampoco faltan los curiosos, a veces extranjeros. Mientras ellos vivan habrá todavía libreros de segunda mano, y el negocio será un vagón en marcha entre rieles. Pero esperemos que no ocurra como vaticinaba desde su alcoba antes de morir Antonio Paredes Candia: “Que llegue un día en que el libro se venda como papas y cebollas”. Ese día en que dé lo mismo una novela rosa de Corín Tellado que un “Calancha”.