II Parte del artículo publicado el domingo 24 de julio de 2005.
Todavía hay quienes sostienen que si Estados Unidos no hubiera derribado al régimen de Sadam Husein no hubiera ocurrido lo que está ocurriendo. ¿Acaso los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono ocurrieron después de la intervención en Irak? No, la antecedieron y la provocaron. Se puede discutir la oportunidad y la manera en que aquélla se produjo, pero no sostener seriamente que si la dictadura ignominiosa del sátrapa iraquí estuviera todavía incólume, no habría terrorismo fundamentalista. La guerra contra la cultura de la libertad que encarna la civilización occidental estaba ya declarada hacía tiempo y ya había dejado muchos muertos en varios continentes antes de que Estados Unidos se decidiera a invadir Irak.
Esta invasión ha liberado a los iraquíes de una dictadura atroz, que asesinó, torturó y exilió a millones de personas y provocó una guerra —contra Irán y contra Kuwait— que causaron más de un millón de muertos.
Desde entonces, el pueblo iraquí es un pueblo mártir, en la expresión más alta y noble que tiene la palabra, porque los mismos fanáticos que asolaron con su odio y sus bombas a New York, Washington, Madrid y Londres, asesinan, mutilan y hacen vivir en el terror a esos ocho millones de iraquíes que, plantándoles cara con la pacífica y trascendental acción de ir a votar en las primeras elecciones libres en la historia de Irak, los desautorizaron y rechazaron.
Estas son las ideas, muy resumidas, que Tony Blair ha repetido sin cesar desde que la vesania fundamentalista llenó de sangre las calles de Londres.
No se trata de Irak. Se trata de la vieja pugna entre la libertad y sus enemigos. Entre éstos, por el momento, quienes capitanean la
ofensiva son los grupos fundamentalistas, a los que los gobiernos democráticos tienen la obligación de enfrentar con energía y convicción, como Inglaterra enfrentó a Hitler en 1940, sabiendo que la razón y la decencia estaban absolutamente de su parte porque tenía al frente un enemigo que personificaba toda la sinrazón y la arbitrariedad de la barbarie: la intolerancia, el racismo, el odio religioso, la violencia convertida en valor.
Es tranquilizador que las circunstancias hayan llevado a Tony Blair a tener en estos momentos el liderazgo europeo de la lucha contra el terror. No hay en Europa un estadista de ideas tan lúcidas sobre lo que está en juego ni de tanto coraje a la hora de poner en práctica lo que Weber llamaba unas “políticas de convicción”.
Luego de su difícil triunfo en las últimas elecciones, su figura ha ido creciendo de nuevo, como cuando convenció a su partido de que el viejo manual de recetas socialistas para crear trabajo y desarrollo estaba caduco y debía renovarse aplicando políticas de apertura de mercados y de incentivos a la empresa privada, gracias a lo cual el Reino Unido ha prosperado extraordinariamente bajo su gobierno y reducido el desempleo a niveles mínimos.
Y ha hecho bien la oposición en apoyarlo en su firme determinación de no hacer la menor concesión al terror. Una vieja leyenda dice que si Inglaterra no ha podido ser invadida en los últimos mil años es porque el mítico rey Arturo vela por ella desde las sombras.
Y que el héroe medieval retornará a la vida y a la lucha si, en un momento trágico, su país lo necesita. Creo que es así y ya veo deslizándose entre la blanca bruma del verano londinense la larga cabellera, la blanca armadura y la luciente espada del antiguo caballero, compareciendo a cumplir con su deber.
La demanda universitaria
Como sucede casi todos los años, las universidades estatales demandan un incremento en la subvención que reciben del Estado.
Capacitar a los capacitadores
La generosidad de prestar oídos al discurso que de un tiempo a esta parte emito me permitió hace días atrás, participar en una mesa redonda organizada por una prestigiosa universidad mexicana.