La generosidad de prestar oídos al discurso que de un tiempo a esta parte emito me permitió hace días atrás, participar en una mesa redonda organizada por una prestigiosa universidad mexicana. El tema era mayor: “Qué falla en la educación terciaria mexicana”. Los exponentes definieron muchos conceptos transversales y en medio de ellos, los escuchas adquirieron la certeza de que los autores de tales pensamientos tenían una preocupación real sobre la temática, aparte de incontables horas en los ámbitos de un aula.
Pero a medida que el tiempo transcurría mi modelo mental, descubría que todos los participantes vivían en un tiempo concluido, en un tiempo que no va más. Y ello se debía a que todos habían comprendido que educar era enseñar, pero ninguno manejaba el concepto revolucionario del futuro: educar es aprender a aprender.
Es que lo elemental ante el desafío del futuro es aceptar con especial énfasis que educar no es una acción que pueda vivir en el falaz supuesto de que el alumno sea entendido como “un cántaro a llenar”, sino que debemos migrar a la virtuosidad de conceptuar, que es “una antorcha a encender”.
La cátedra de hoy se ejerce desde un competente profesional, pero desde un incompetente educador.
Conocer una tecnología o ser diestro en el manejo de una herramienta no implica necesariamente ser un transmisor eficaz de conocimiento, para ello se necesitan las competencias de la inteligencia intrapersonal y de la inteligencia colectiva.
Educar es extraer esencias intimas y sólo puede lograr ese cometido quien concibe a cabalidad que el otro es un igual, que con el otro se empata y desde esa estricta situación se le capacita.
Pretender hacer del otro un ser humano que gobierne su vida con nuestro conocimiento es encerrarlo en nuestros límites, en nuestras excelsitudes, pero también en nuestras miserias. Por ello mi ponencia en esa mesa redonda propuso estos pasos elementales: promover que descubra su necesidad, incentivarlo a que encuentre o invente respuestas, invitarlo a que las produzca y comprometerlo a que siempre reflexione sobre las soluciones que halló.
Una acotación final. Un facilitador de aprendizaje en todo tiempo y en todo lugar deberá vivir en la certeza de que él es: un ingrediente de la transformación; el más importante, pero para posicionar ese criterio debe capacitarse.
Y en ello nadie piensa.
*J. A Ortecho y Armaza es ciudadano boliviano.
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