Varios testimonios, tanto orales como gráficos, han llevado al nacimiento del libro “Fuego en el Hielo”, una obra coral en el sentido de que las voces de las mujeres mineras se unen para denunciar la dureza de sus vidas.
Beatriz Andrade D. • Fotos: Peter Lowe
Un manto blanco cubre el Salar de Uyuni, custodiado por los sagrados nevados andinos. Entre los cerros se yergue, a 5.603 metros, Chorolque. Su belleza deja sin aliento al que pasa, pero quien vive en el lugar sabe que allá es difícil hasta respirar, pues el frío cala los huesos recordando, en cada movimiento, que la temperatura oscila entre los 15 y los 10 grados bajo cero.
Es en ese ambiente, a 4.850 metros por encima del nivel del mar, que se reparten los campamentos mineros de Santa Bárbara, Sagrario y Fierro Uno, donde laten cerca de 5.000 almas resignadas.
A diario, hombres y mujeres se escabullen en las negras entrañas de la mina. A cuestas, llevan herramientas, dinamita, coca, creencias, rituales y un trozo de vida.
Números y datos informan que Chorolque tiene los índices de pobreza más elevados de Bolivia. Es además una mina donde la muerte y la violencia son una constante, y donde hay más mujeres, casi todas viudas. Son precisamente ellas, las 2.550 mineras de los distritos asentados en las cuencas de los ríos Tupiza y Cotagaita, al sur de Potosí, las que inspiraron la escritura de Fuego en el Hielo, un proyecto de reflexión y diseminación de información sobre las duras experiencias de la vida de las mujeres en la mina Chorolque.
Fuego en el Hielo contiene, asimismo, el trabajo del fotógrafo australiano Peter Lowe, quien con sus tomas acompañó a la perfección las labores de Felicidad Bravo, que entrevistó a las mujeres y tradujo sus voces del quechua.
La llegada hasta el cerro “Siempre veía este cerro con nevada y me decía: ¿Cómo vivirá la gente ahí? Hace mucho frío por la altura. ¡Nunca voy a llegar a ese cerro! (...). No sé por qué es la costumbre, pero la mujer tiene que estar atada al hombre —y por eso Jael Calderón Pimentel de Colque finalmente llegó hasta el cerro con su esposo—. Yo tengo esa crianza de mi madre que decía: ‘Hay que estar en un rincón junto al marido (...)’. No siempre hemos tenido dinero, a veces no había, entonces mi esposo se tomaba un vaso de agua y se iba a trabajar sin comer nada. Pero él y yo sabíamos estar así. Si había un poco de pan, lo guardábamos para los hijos”.
Las ofrendas al Tata Chorolque Una mirada optimista pasa por los ojos de Loyda Ochoa Gutiérrez. “Este año yo voy a hacer bailar por lo menos unos cien bailarines y haré unos cuatro q’uacos, que son como ofrendas de pastillas y misterios preparados por los curanderos en una quebrada. Eso es una costumbre para el Tata Chorolque. Ahí vamos a hacer la ch’alla con serpentina, y de allí mismo hacemos la entrada bailando hasta la plaza”.
Respeto a los derechos En cambio, Lorenza Patzi Choque de Paca no siente con tanto entusiasmo la esencia de la mina. “La vida en la mina es un rato nomás, si en la mañana sale tu marido, a veces en la tarde regresa sin vida, desecho, ni siquiera completo llega, con esa inquietud le mando a trabajar (...). Yo tengo suerte con mi esposo. Pero el año 2001, cuando he sido presidenta del comité de amas de casa, se ha puesto celoso, quería que llegue a la hora que él decía, que se sirva la comida a la hora exacta. Las compañeras venían a quejarse donde mí, pero la misma cosa me estaba pasando en ese instante. Entonces, he tenido que buscar mis derechos. He tenido que explicarle por más que no me escuchaba y se ha resignado”.
El infierno del alcohol A Teresa Félix Cáceres, entre tanto, los días le congelan el alma. “En invierno lavo dentro mi cuarto. Yo soy lavandera (...) Cuando no lavo, me desespero ¿De dónde van a comer mis hijos? Mi esposo no me apoya. Incluso a veces le doy para su coca. Alguna vez he pensado irme. Mi esposo toma mucho y lo malo es que mis hijos se están criando en este ambiente. Aquí feo trasciende el alcohol”.
La crudeza del invierno A Hilaria Salinas Araníbar cada invierno le cae como una losa. “Yo no he estado mucho tiempo con el padre de mis hijos, porque me pegaba ¿Por qué tengo que hacerme pegar? (...). En invierno sólo me meto a la cama. Estos cueros de oveja sirven para dormir. Hay que acullicar coca para calentarse (...). Mi ropa es desde cuando sabía comprar de joven, con eso nomás estoy. Estos zapatos me los compré lavando, son los únicos que tengo”.
El calvario de las palliris Para doña Dionicia Mamani Cruz, mientras, no hay nada peor que ser palliri. “Trabajo como palliri desde mis 14 años, ahora estoy entrando a los 61. Después de tantos años de trabajo, no puedo levantar mis brazos (...). Las manos se rajan, lloran sangre, no se pueden lavar. Una vez entré a aprender a leer y escribir. Al intentarlo, de mis manos salió sangre, y pinté el cuaderno, desde esa vez no fui”.
Ser viuda de minero Rosemary Soray de Oropeza es viuda de minero. “En Chorolque la viuda no tiene derecho ni de reírse ni de hablar al hombre, porque le dicen que ya está con ese hombre, aunque no esté. De esta manera, la gente es bien mala, pero el que nada hace nada teme, y tengo que llevar la frente alta. Por eso, escojo mineral en este basural para hacer un hogar para mis hijos”.
En las entrañas de la mina “La primera vez que entré a la mina un poquito me he asustado, todo era oscuro, en algunas partes he caminado agachándome, en otras partes arrastrándome. De rodillas también hay que entrar en algunas partes. Luego de ahí me he acostumbrado (...). Únicamente este mal de mina me está queriendo atacar, después yo trabajo donde sea”, dice Carmen Calla Llanos.
Su rostro, ajado, es el rostro de las olvidadas, de aquellas mujeres que con abnegación secundan el trabajo en las minas y cuidan, además, de sus hijos y sus maridos.