Bolivia podría salvarse y salir a flote si se produjera un triunfo claro y contundente de las tendencias moderadas —“Tuto” o Samuel por ejemplo— o irse de una vez al diablo si la victoria rotunda se produce a la inversa, con el radicalismo populista de Evo Morales. Esto no es ninguna novedad y todos los bolivianos lo sabemos muy bien. Tanto que muchos de los compatriotas empezaron a sufrir cuando se habló de elecciones en diciembre próximo, pensando en que ninguno de los candidatos ganara claramente, que el voto se dispersara, que se atomizara, como ha sucedido en los años de la democracia, y que se repitiera, al pie de la letra, lo que se llama la “democracia pactada”, madre del malparido “cuoteo”.
Pero el hecho es que la “democracia pactada” tiene vida para rato aunque enfurezca a muchos que la daban por archivada. No nos debería llamar la atención que así fuera con sólo echarle una mirada al panorama electoral, disperso de verdad.
Sólo en las naciones donde reina el bipartidismo —Gran Bretaña, Estados Unidos, ahora España y hasta Chile si se quiere— existe la posibilidad de mayorías plenas. O de que una tendencia determinada se imponga sobre la otra.
En las naciones de nuestro hemisferio, la democracia se hace en base a pactos, que son perfectamente legítimos. En todas partes se pacta, a regañadientes pero se pacta. Lo ilegítimo es el “cuoteo” procaz, ese hijo degenerado del sistema que resiste a marcharse aunque se lo quiere expulsar.
No creo en las encuestas casi por convicción. No soy un devoto de preguntas capciosas o de respuestas trucadas, que, además, se pagan a precio de oro. Pareciera que es un negocio de pícaros destinado a embaucar a bobitos. Sé que existen, sin embargo, encuestas serias, altamente confiables, pero en otras partes del mundo: francamente no las he visto en Bolivia.
Sin embargo, todos los políticos y los partidos adoran las encuestas y tienen que acudir a ellas para tener una idea, por endeble que sea, que les permita medir a sus adversarios y medirse a ellos mismos. Pero lo de la adoración a las encuestas, sea por sadismo o masoquismo, es cierto.
Ya hemos conocido algunas de las famosas encuestas y lo cierto es que están muy lejos de lo deseable. No por su elaboración sino por lo que dicen. En casi todas estas mediciones está en primer lugar “Tuto” Quiroga, lo que alienta mucho.
El segundo lugar se lo disputan, codo a codo, entre Evo Morales y Samuel Doria. Y los otros aspirantes no cuentan aunque siempre van a morder un pedacito de la torta.
Pero son encuestas urbanas, lo que significa que, con el voto del campo, Evo Morales podría pasar de un tercer o segundo lugar a ser vencedor. En suma, puede ganar “Tuto” si su maquinaria política no se recalienta por un esfuerzo a nuestro juicio tardío, o Evo Morales por lo que pueda decidir el campo, o quién sabe si Samuel Doria, que ya está gastando millones en la televisión.
Pero el hecho preocupante es que, como van las cosas, resulta difícil pensar en un candidato que supere el 25 por ciento. Ese es el grave problema. Es casi imposible pensar en un aspirante actual que pase del 20 por ciento, para ser sinceros. Y entonces ¿qué?
De victorias claras y contundentes, ni hablar. Una victoria contundente ya sería la alcanzada por Sánchez de Lozada en 1993, que pasó del 35 por ciento. Pero, ahora, el desparramo electoral no va a permitir que eso vuelva a suceder.
Así que vayamos preparándonos para tener otro gobierno débil y con pactos de más de tres o cuatro fuerzas. Es decir —ya lo han dicho otros antes que yo—, el próximo gobierno puede ser tan efímero o provisional como los cuatro últimos.
No hay que olvidar que está la incipiente candidatura de Joaquino que, según Del Granado, va a dar mucho de qué hablar; que el MNR busca su candidato en Washington y que se mencionan algunos nombres que Goni podría imponer; que el MIR no sabe si lanza al ruedo a Hormando Vaca Díez o a Guido Áñez, que tienen votos en Santa Cruz; que Quispe quiere prestar su MIP para que se enganchen en él Solares, De la Cruz y otros; que Mamani y los alteños tienen sus propios planes que ya los conoceremos; que Reyes Villa no está del todo escarmentado y que puede terciar; y que hasta esa señora disfrazada de Rigoberta Menchú puede obtener algunos votitos por ahí. Y se vuelve a hablar de Kuljis. Y de un samurai camba. Y hasta de postular a un hombre serio como Juan Cariaga que seguramente no morderá el anzuelo. ¿Qué vamos a hacer? ¿Dónde va a estar el poder que se necesita para cambiar el país? Sin un ganador claro, no cabe duda de que seguiremos a merced del caciquismo derribador.
*Manfredo Kempff es escritor y diplomático.
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