Las máscaras dejan huella en la cultura boliviana Tanto en las tierras altas como en las bajas son una simbología que presenta a personajes hilarantes o que llegan a ser objeto de mofa.
Las máscaras, que han sido usadas siempre para encubrir, en el imaginario boliviano muestran jocosos personajes, amén de ser por sí mismas una verdadera obra de arte. Y es que los artesanos de las diversas culturas que hay en el país jamás han descuidado la expresión el folklore boliviano. Así, las máscaras principales de éste hacen honor al origen árabe de la palabra —“masjarah”—, que significa “objeto de risa”.
Aunque últimamente se percibe la incorporación de elementos de la cultura occidental, no hay ninguna duda de la existencia de bufones o personajes humorísticos ya en las culturas precolombinas. Como ejemplo, están el kusillo y el jukumari. Mientras, como representante del tiempo actual está el pepino.
Y los amantes del arte están de suerte, pues el museo de Etnografía y Folklore mantiene una muestra itinerante que consiste en una selección de máscaras que se usan en las fiestas y danzas de las áreas rurales y de las ciudades de las tres regiones del país: altiplano, valles y llanos.
El kusillo de La Paz Existen varias ideas respecto a este personaje que tiene un poco de mono, otro de insecto, algo de pájaro y unas antenas que suelen asociarse con las astas de un demonio. Vestido con un abrigo de jerga tres cuartos y pantalones estrechos, el kusillo tiene una danza ágil, con movimientos cómicos, y suele acompañar a grupos de danzarines como los ch'utas, los waka tintis o los choquelas. En algunos lugares rurales, entre tanto, se dice que el kusillo es el personaje encargado de distraer a las presas para que caigan pronto.
Algunos investigadores creen que el kusillo está asociado al mono, pues en la hacienda Kusijat de Copacabana se encontraron hace tiempo grabados parecidos al mono. Esta misma figura, apareciendo a ambos lados de un cóndor bicéfalo, también se puede encontrar en la portada de la iglesia de Laja, lo que demuestra el contacto que hubo entre los llanos y las tierras altas, explica el antropólogo Carlos Ostermann. Además, el mismo término aymara “kusi” equivale a mono en español, y el temperamento del kusillo invita a recordar la picardía del mono.
La máscara del kusillo está, asimismo, asociada a la fertilidad. “Kusijata es semilla”, aclara. Y los editores de la publicación sobre máscaras del museo mencionan que “la larga nariz del kusillo es un símbolo fálico (de fertilidad)” y es quien baila “para la siembra y la cosecha”. Hacen notar, por otro lado, que “la especie de cuernos que lleva el personaje en la cabeza representan a demonios que habitan en Manqha Pacha (el subsuelo)”.
La figura del anciano El viejo es un personaje que, tanto en las tierras altas como en los llanos, divierte a los niños y representa la memoria colectiva de las comunidades. En Beni se llama “achu”; en Santa Cruz es el “abuelo”; en Tarija es el “ndéchi-ndéchi” y el “aña”; en La Paz es el “achachila”; y en Puerto Acosta y Charazani es el “awki-awki”, “achachi khumu” o “machu tujsi”.
El “achu”, llamado también “ichisiana”, que equivale a viejo usado, tiene un bastón y lleva un sombrero del que salen fuegos artificiales fabricados con azufre, carbón y pólvora. Es el personaje que anima la fiesta, baila, hace juegos de palabras y es experto en remedar, haciendo las delicias de los asistentes en las fiestas en San Ignacio de Moxos y alrededores.
En la región de Chiquitos, de Santa Cruz, el “abuelo” acompaña a diario las fiestas del pueblo y es el personaje más divertido entre los danzarines, pero al mismo tiempo es un elemento que induce a la reflexión sobre el pasado para que se pueda labrar mejor futuro.
El “ndéchi-ndéchi” como el “aña”, ambos personajes de la cultura guaraní, llevan por su parte una careta hecha con pieles, en cuero de oveja o en madera, y completan sus formas con una plancha metálica, pintada, con alas de ave a cada costado. Suelen bailar para celebrar las cosechas de maíz, pero también para agradecer por la producción a la naturaleza.
Los “achachilas” son los personajes más importantes en todas aquellas ceremonias que tienen que ver con la agricultura en la región andina, pues, a diferencia de otras latitudes, el también llamado “achachi” representa a los grandes personajes del pasado que se convierten en divinidades.
Finalmente, los “awki awkis” simbolizan la mofa a las autoridades que administraban la justicia durante la Colonia y sus figuras encorvadas y sus movimientos causan hilaridad al espectador.
Una esencia salvaje El jukumari, el tamucumira, el torito, el chivo, el ovejo y hasta un elefante integran el elenco de personajes con alma animal presentes en los bailes folklóricos del país.
El jukumari, el oso andino negro con anteojos en grave riesgo de extinción, asume en las danzas de Moxos el papel de preso. De esta forma, los “achus” o abuelos payasos le llevan encadenado mientras él, que tiene fama de come gente y roba mujeres, hace intentos por escapar para agarrar a sus presas.
En cambio, en las tierras altas el jukumari era una parte integrante de las diabladas y morenadas. Sin embargo, ha ido perdiendo espacio y en su lugar se encuentra hoy el oso polar blanco, que cumple con el mismo cometido de divertir.
Cambiando de personaje, el tamucumira es un perro que baila en la danza del torito en Moxos. Suele estar acompañado de otros animales, como el chivo, el ovejo, el tigre. Y son los hombres los que se ponen la máscara de tamucumira y los otros animales para festejar en las fiestas patronales.
El gato, el venado y el elefante, por su parte, formaban parte del “misti sikuri”, una danza que solía bailarse en el departamento de La Paz. Estos tres personajes lucían ropas elegantes y ricamente bordadas, imitando a toreros y otros personajes españoles, y bailaban para que los músicos lograran inspiración. Era una danza dedicada al que habita en el subsuelo cerca de caídas de agua.
Y es un ejemplo más de que, si no se le da importancia, el folklore es algo que se pierde. Por eso, la exposición itinerante resulta una buena oportunidad para que Bolivia se reencuentre con su pasado.