Fidel Castro cumplió 79 años el sábado pasado y de ellos más de 46 años en el poder. Odiado por muchos y amado por sus seguidores, es el hombre que más tiempo ha gobernado en América y seguramente que su tiranía no será la más grande del mundo porque hubo regímenes dinásticos donde alguna cabeza coronada sobrepasó el medio siglo en el trono. Ni Trujillo, ni Somoza, ni Franco, ni Oliveira Salazar, duraron lo que Fidel en el poder. Pero, además, todos los anteriores, sin excepción, sólo aspiraron a una cosa para mantenerse en el gobierno: tener buenas relaciones con los EEUU. Castro —viejo y fosilizado como está hoy— sigue, con mano temblorosa y voz cascada, echando vituperios contra el imperialismo norteamericano, retándolo a la pelea.
Si no fuera por los muchos crímenes que cometió su dictadura, por la absoluta falta de libertades en Cuba, por el sometimiento a uno de los pueblos más cultos y creativos de Latinoamérica, porque sigue siendo el único tirano que mantiene en mazmorras insanas a cientos de intelectuales, sería admirado por su carácter, su enloquecedora oratoria, su tenacidad y su "colmillo", que sólo se puede heredar de su ancestro gallego.
Una sola expresión del dinosaurio el sábado, ha debido echar por los suelos las ilusiones de los cubanos de Cuba, de los cubanos de Miami, y de quienes quieren una Cuba en libertad: "Ahora comprendo que mi destino no era venir al mundo para descansar al final de mi vida". Es decir, para que se queden fríos sus adversarios, que Fidel no piensa dejar su poder hasta que lo entierren. Dicen —es un chiste en este caso— que cuando Franco moría, allí por noviembre del 75, oyó las voces de sus partidarios que lo vivaban en las puertas de El Pardo. El Caudillo preguntó, en un susurro, por esas voces. "Vienen a despedirse de ti, Paco", le habría dicho resignada su esposa. "¿Y a dónde viajan?", respondió el anciano agonizante.
Para quienes no estamos en las mazmorras de la Isla, Fidel, el déspota despiadado, el desestabilizador de los gobiernos democráticos y no democráticos en América, el aliado de los soviéticos en las narices de EEUU, se ha convertido en un bicho raro. Imagino que los jóvenes de hoy sólo podrían tener una curiosa admiración por este hombre que sigue desafiando a los "gringos", insultándolos, agraviándolos. Quien tendrá que inmortalizarlo —además de la historia— será la pluma inimitable de su querido amigo, García Márquez, quien más lo conoce. Gabo no debe morirse antes que Fidel, porque él sí, don Gabriel el caribe, nos dejaría su verdad de lo que ha sido la vida de Fidel Castro: una gran novela.
*Manfredo Kempff Suárez es escritor y diplomático.
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