En las conversaciones realizadas entre Chile y Bolivia los días 8 y 9 de agosto, la estrategia chilena ha consistido en procurar hacernos pagar caro nuestra reticencia a entablar negociaciones con Chile, poniendo sobre el tapete una gran cantidad de temas de posible interés, un total de 80 puntos, entre los que se cuentan facilitación fronteriza, integración física, cooperación económica y comercial, habilitación del puerto de Iquique, grupo de trabajo sobre el Silala, seguridad y defensa y educación, ciencia y cultura.
Ante esta diversidad de temas, la Cancillería boliviana ha querido ver resultados donde sólo se trataba de propuestas y dar por hecho supuestos que ni siquiera son intención. Este es el caso de la supuesta disposición chilena a “discutir” con Bolivia su histórica demanda de acceso soberano al mar, la cual ha sido rotundamente desmentida por el Canciller chileno. Por su parte, el ex cónsul de Chile en Bolivia, Edmundo Pérez Yoma, viene sosteniendo la necesidad que Chile acepte incluir en la agenda común el tema de la demanda marítima boliviana, pero para tratarla posteriormente, léase en las calendas chilenas.
Por lo visto, el gobierno socialista de Lagos resulta mucho más conservador que el ex cónsul chileno, aunque por cierto menos cínico.
La pregunta que aún debe despejarse en este contexto es simple: ¿puede darse Chile el lujo de despreciar la oferta de gas por mar o, dicho de modo general, acaso Chile no tiene interés en los recursos bolivianos? La respuesta es también simple, pero la explicación algo más compleja. Por supuesto que Chile está interesado en los recursos bolivianos, por lo que no está dispuesto a quedarse con los brazos cruzados esperando que Bolivia se avenga a negociar con Chile.
Chile ha aprendido a valerse de todo un enjambre de pactos, acuerdos y alianzas multilaterales, así como de diversos proyectos de integración para ejercer conveniente influencia sobre el acontecer en nuestro territorio. OEA, Aladi, Mercosur, CAN, IIRSA, JID y ahora la CS (Comunidad Sudamericana), son algunos casos en los que se aprecia una permanente presencia chilena con la finalidad de mejorar su posicionamiento y al mismo tiempo incidir sobre las decisiones que tocan a Bolivia.
Los casos más paradigmáticos seguramente son el “anillo energético”, donde Chile ha pretendido someternos a la presión de toda la región para obligarnos a suministrarle gas sin tener que negociar con nosotros, y el caso del IIRSA (Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana), del cual se vale Chile para insistir en la construcción de unos “corredores interoceánicos” que atraviesen Bolivia, que sólo interesan a Chile, puesto que Brasil los ha desechado y ha optado por salir al Pacífico por el Perú.
Estas formas de las que se vale Chile para ejercer influencia sobre nuestro acontecer, muestran su interés por nuestros recursos.
Sólo la construcción de carreteras a Chile (por Tambo Quemado, Pisiga y Laguna Colorada) ha permitido acrecentar la exportación y el contrabando desde Chile a Bolivia en miles de millones de dólares en la última década, lo cual no deja lugar a dudas acerca de la eficacia de la estrategia chilena, de no negociar, pero tampoco de descuidar sus intereses.
De ahí resulta que para Bolivia no basta con responder janiwa al eterno Niet chileno, sino que debe aprender a contener las múltiples formas de influir sobre nuestro país de que se vale Chile.
*Carlos Rodrigo Zapata C. es economista. czapata@acelerate.com
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