Metales que ayudan a reconstruir la historia El dominio sobre materiales como la plata, el oro, el cobre o el bronce, significó para el hombre dar un paso fundamental en cuanto a desarrollo.
En 1899, en una pequeña mina de cobre conocida como "La Restauradora" ubicada en Chuquicamata —territorio chileno que fue antiguamente boliviano—, se encontró un cuerpo muy bien conservado bajo un derrumbe en un socavón. Obviamente, se trataba de un minero muerto mientras trabajaba, pero lo que despertó interés en ese tiempo fue su estado de conservación poco usual: sin presentar el encogimiento natural de brazos, piernas y manos. Normalmente, los músculos y los tejidos de la piel del ser humano se encogen, puesto que la humedad —que constituye cerca del 59 por ciento del peso del cuerpo— se evapora.
Este proceso, sin embargo, no ocurrió con el minero y, por el color verdoso de su piel, se supuso que el cuerpo se había impregnado con cobre. Por eso se le llamó el "hombre de cobre", nombre por el que se le denomina desde aquel entonces.
"Tenía una pequeña bolsita de cuero donde depositaba los minerales y herramientas muy precarias. Él es quizá el primer antecedente de la minería que se conoce en América Latina", sostiene Julio César Velásquez, director del Museo Nacional de Arqueología, quien mira con orgullo las piezas que constituyen la exposición "Que hablen los metales", que será inaugurada el día 23.
Para la ocasión, se han alistado, entre otros objetos, minerales en su estado bruto, miniaturas de bronce, tupus hechos en plata y pectorales, ejemplos de la maestría del ser humano en el tratamiento de metales.
Una vuelta al pasado En las salas del museo, una cueva recreada en una de las paredes representa el refugio de un minero, que tiene que agacharse para arrancar el mineral rudimentariamente.
Es una imagen que pudo haber correspondido a cualquier mina de Bolivia, ya que, según la documentación recogida por el estadista José María Dalence en 1851, en Bolivia hubo cerca de 20.000 minas prehispánicas de cobre, bronce y oro, principalmente, que fueron explotadas durante la Colonia y la República.
De éstas, la mayor parte está ya hoy fuera de funcionamiento. "Por ejemplo, de las 10.000 que había de plata, dos tercios se dejaron de trabajar porque se inundaban de agua. El resto, por no ser rentables. Mientras, con las de oro ocurría al revés: eran mejor los lugares con agua y superficies no profundas. El cobre no se trabajaba mucho. Y el estaño tenía cierta presencia en Oruro y Potosí", explica César Velásquez.
Incluso, hubo minas en el oriente, aunque no demasiadas porque estaba prohibido trabajar el mineral. Con todo, en Chiquitos hay restos de vetas y lavaderos de oro, plata, azogue, cobre y hierro. Y en Mojos, indicios de que los jesuitas explotaron el cerro San Simón, que ahora luce repleto de desmontes.
La importancia de Tiwanaku La cultura, sin embargo, que más gustó de los metales fue la tiwanakota. "Los antecedentes al respecto más importantes corresponden a la época clásica de Tiwanaku —la cuarta, que va del 374 al 724 d.C.—.
"A ese tiempo pertenece una gran ofrenda funeraria —compuesta por diademas, pulseras, tobilleras y collares— descubierta en los 70 por el arqueólogo Gregorio Cordero en el templo de Kalasasaya". Son objetos muy parecidos a los que se encontraron en la Coronilla, Cochabamba, a los que se bautizó como los "Tesoros de San Sebastián".
Pero fue en Tiwanaku donde se demostró un mayor conocimiento del tratamiento de minerales y metales, sobre todo de oro, por la cercanía. Y es que la zona donde ahora está La Paz, con los ríos Choqueyapu y Orkojahuira, era muy conocida por su riqueza aurífera. No en vano, el nombre original de la ciudad, Chuquiago Marka, es una degeneración de "Chuqui-yapu", que significa sementera de oro.
Y otras culturas, como la mollo —1200 al 1400 d.C.—, que se ubicó en lo que actualmente es la provincia Muñecas igual trabajaron con acierto los metales, "hasta que los incas perfeccionaron muchas técnicas sobre forjado y manipuleo".
No es de extrañar, entonces, que de yacimientos bolivianos como el de Porco (Potosí) se sacara la plata para elaborar los objetos religiosos destinados a vestir el famoso "Templo del Sol" de Coricancha, en Perú.
En ese contexto, los españoles lo tuvieron fácil, pues ocuparon todo el entramado de minas en funcionamiento, distribuidas a lo largo y ancho del país.
Espectaculares huayrachinas Por aquel tiempo, los métodos y la tecnología se perfeccionaron con respecto a anteriores épocas, en las que se trabajaba de otra manera.
Pero antes de la conquista, todo era distinto. "La extracción se realizaba abriendo primero galerías a martillazos y a golpes de cincel; y más tarde aparecieron las barretas. Luego, se trituraba, para lo que se contaba con la ayuda de una piedra con forma semiglobular y una protuberancia, a manera de apéndice, en su parte superior. La roca se asía levemente con la mano izquierda y con un bamboleo se le daba el impulso necesario para machacar el mineral". La piedra que se exhibe en el museo fue, justamente, la más complicada de encontrar de todas las de la colección.
Una vez molido el mineral, el siguiente paso era el horno, conocido por el nombre de huyrachina. "Éste tenía forma tubular, de chimenea agujereada, lo que ayudaba a captar el aire, con el que avivar el fuego, desde los cuatro puntos cardinales. En la base, mientras, presentaba una abertura con forma de boca abierta, que se asemejaba a un labio inferior prominente".
Para generar energía calorífica se colocaba carbón vegetal o taquia para alimentar el horno, y luego se disponía en su parte superior el material molido. En sus bajos, entretanto, se situaban los moldes trabajados en arcilla o piedra, cuyo fin era recoger el material fundido que fluía por la abertura inferior.
Y lo más increíble de todo esto era ver a la huayrachina funcionar en las cimas de las colinas, donde más soplaba el viento. "Según los primeros cronistas españoles, que se encontraron sin esperarlo con semejante espectáculo, era mágico observar entre 12.000 y 15.000 fuegos iluminando por la noche las montañas", dice Velásquez.
Hoy, por lo menos, uno puede imaginarse esa sensación, puesto que en la exposición se recrea uno de estos hornos. Y es tal la perfección de la réplica, que se hizo la prueba de hacerla funcionar y se alcanzó una temperatura de 1.000 grados centígrados. "Hemos colocado en mitad del proceso un cincel y al minuto estaba al rojo vivo".
Después, tras las dosis de calor de la huayrachina, la batuta pasaba a manos de los orfebres, quienes con una habilidad extraordinaria daban la forma final a los metales.
"Desde Tiwanaku había ya muchas maneras de realizar los acabados. Algunos conseguían buenas figuras gracias a un sistema de moldes; otros con martillado; también había quien empleaba una modalidad conocida como 'cera perdida', en la que el metal ocupaba el lugar de la cera moldeada; y en el caso del oro, muy dúctil, cabía la posibilidad de extraer láminas y realizar repujados y burilados sin gran esfuerzo".
Las piezas de la muestra El resultado salta a la vista en la muestra, donde vasos, brazaletes, lentejuelas, pectorales y espejos, entre otras piezas, se dan cita para tratar de reconstruir el pasado.
Además, no sólo el oro y la plata tienen un sitio en las vitrinas. "Hay elementos trabajados en materiales innobles que son maravillosos, y presentan personajes como zorros, perros, monos, loros y una variedad extraordinaria de flora". Algunas de estas figuras, asimismo, son en miniatura, como un grupo de músicos que portan, por ejemplo, sus quenas y zampoñas.
Éstos se hacen sitio entre boleadoras con hermosas incrustaciones de plata y los instrumentos típicos de explotación, como las barretas y cinceles, elaborados en diferentes formas y materiales.
Se exhibe también una pieza de plomo, considerada una reliquia, porque es un metal que antaño no se explotaba.
Y para los más detallistas, un auténtico zapato de minero, que luce en buenas condiciones, contrasta entre unas grandes moles de mineral en bruto que superan incluso en varios de los casos los 150 kilogramos.
"Es el mismo calzado que uno se encuentra en las ilustraciones del libro Nueva Crónica y Buen Gobierno, que Guamán Poma de Ayala escribió en 1615 para tratar de reflejar los elementos esenciales de la historia y la idiosincrasia andina".
En él, igualmente se puede identificar unas diademas como en media luna, elaboradas en metal, que los nobles se colocaban en la cabeza a modo de adorno. "Lo que hace pensar en la Luna como una de las más poderosas de sus deidades".
En definitiva, objetos grandes y pequeños hacen un verdadero repaso de todo lo que el hombre ha conseguido gracias a los metales y minerales. "Si el hombre no hubiera dominado los metales, ahora no sería lo mismo", suspira Velásquez al tiempo que manosea unos lentes que, como no podía ser de otra manera, son de puro metal.
Mientras, los metales aguardan en silencio en las salas del museo a la espera de que llegue el día 23, momento en el que harán de protagonistas. ¿Será que verdaderamente hablan?