Un sinfín de historias se agolpan alrededor de uno de los pocos cauces navegables de Bolivia. Se habla desde una serpiente enorme hasta de una civilización perdida.
Texto y Fotos: Álex Ayala
En mis sueños hay siempre un río que está despierto. Su nombre es el Mamoré, eje de las rutinas y las historias de parajes como Trinidad y los llanos de Moxos. De aguas del color del chocolate, su cuenca cubre una superficie de 222.000 kilómetros cuadrados, por donde los barcos suben y bajan cargados de garrafas de gas, frutas, ganado y encomiendas de toda clase. También de leyendas, porque el Mamoré es un río místico, literario, como lo son el Congo y el Amazonas, en el que todo tiene un sabor a viejo, y un olor fuerte a vidas y muertes.
Mi travesía comienza en Puerto los Puentes, un lugar en el que la jornada transcurre entre tablones de madera, donde los barcos son las casas y las casas son los barcos; donde se lava la ropa en el mismo río, desde una canoa; donde en las embarcaciones —casi todas con la forma de gran pontón cuadrado— se cocina sólo a leña; donde los niños crecen junto a los relatos de las aguas, pues cuando su “hogar” se llena con mercadería, la navegación inicia ya su curso.
Un barco de época, con el estilo de los vapores que antaño cruzaron el río en los tiempos del auge de la goma, es mi cobijo. Fiel inquilino del Mamoré, lleva escrito en su cuerpo de metal y madera una parte del alma del río. Su nombre es Reina de Enín, en honor a una civilización antigua que pobló estas mismas pampas, selvas y lagunas, y bajo su coraza arrastra la esencia de los seres del río, tanto de los conocidos como de los extraños, fantásticos o mitológicos.
Entre extraños animales El rugido del motor al encenderse es como un bufido. “Su sonido me recuerda al jichi”, comenta Carmelo Ortiz Nosa, oriundo de una de las comunidades que velan el Mamoré día y noche. “Yo no lo he visto, pero dicen que es como una serpiente de 25 metros de largo y un grosor como los barriles de 200 litros. Cuando sale a flote, parece un tronco negro. Va casi siempre corriente arriba, y se aparece antes de las tormentas eléctricas. Su fuerza es tal, que es capaz de arrancar las redes de los pescadores”.
El jichi no es el único animal extraño que surca la cuenca. Los más ancianos cuentan que todo un entramado de cuevas aloja en el fondo de las aguas a los seres más increíbles que el hombre puede imaginar.
Se dice, además, que los bufeos —delfines de agua dulce— se convierten en mujeres algunas noches para adentrarse en las comunidades y conseguir una pareja. Y que, cuando están cerca, jamás dejan ahogarse a nadie. Por eso es que, salvo alguna vez para usar su aceite como medicina, no son atacados por los habitantes de las orillas.
En las proximidades del río también camina el tigre-gente, “un ser humano que tiene la capacidad de convertirse en tigre”, dice Carmelo. Mientras, la dueña de las lagunas que circundan el Mamoré es la reina Victoria, que emerge de un tarope de hoja grande los días de eclipse.
“Muchas etnias, como la yuracaré, la trinitaria y la mojeña —explica Cristian Vaca Zelada, borjeño afincado en Trinidad—, por su cultura piensan que todos los animales son personas. Así, creen, por ejemplo, que el marimono es un niño al que su mamá lo abandonó. Por eso, no lo matan. También nombran a sus hijos con elementos relacionados con la naturaleza. Si mataron a un tigre al mediodía, lo llaman 'Tigre del Mediodía'. Si nació en medio de truenos y de rayos, le dicen 'El Hijo de la Tormenta'...”.
Es tarde. En el Mamoré anochece y decenas de animales reclaman su pedazo de mística. Son bufeos que emergen como en una improvisada danza, caimanes que dormitan al sol, garzas en una pose casi estática y parabas. Son pirañas, monos bromistas y tortugas. Son, en definitiva, una gran parte de la esencia encadenada al río.
Un río que cambia de forma Desde que amanece, como de costumbre, Manolo está a cargo del timón del Reina de Enín. En época de lluvias navega las aguas del Ibare, afluente del Mamoré, y en la seca, como ahora, esquiva hábil los troncos y playones de este último río, también conocido como “Mamuri”, que en trinitario quiere decir “la madre de todas las aguas”.
En su travesía, el barco recorre comunidades y estancias —a las que paga la visita con un dólar por pasajero—, entre las que se encuentran Villa del Carmen y Morenita. Antaño se llegaba incluso hasta San Antonio de Lora, una comunidad muy ligada a las historias del Mamoré y que se ubica en la boca de otro afluente, el Isiboro Sécure.
“Cuentan que una vez las inundaciones casi terminan con el pueblo —rescata Claudia Rivera, gerente de la agencia Fremen (operadora del barco) en La Paz—. Preocupados, sus habitantes rezaron tres días a la Virgen. Sin resultados, la sacaron en procesión durante otros tres días. Tampoco pasó nada. Finalmente, ataron la imagen en un árbol y le dijeron: 'Si nos va a llevar el río, que sea a ti primero Virgencita'. Al día siguiente, dejó de crecer misteriosamente el caudal”.
Las crónicas de San Antonio son una constatación de los caprichos del Mamoré, que modifica sus formas a su antojo. “En las regiones vulnerables, donde no hay piedra ni roca, por su fuerza puede cambiar de rumbo en cualquier momento y ocupar nuevos meandros”, constata Michel Van Diemen, administrador del barco. Por esa razón, las comunidades —que explican este fenómeno como un “enojo” del río— son, a veces, itinerantes. Cuando el río acaba con su comunidad, tienen que ir para otro lado.
Y es que en ocasiones las inundaciones son tan grandes que llegan a anegar hasta 40 kilómetros a ambas bandas del río. Esto explica el complejo sistema hidráulico de más de 10.000 lomas artificiales y camellones de cultivo ideado por las culturas que vivieron allá en el pasado, quienes lo emplearon a modo de asentamiento, fortificación, atalaya, enterramiento y como la mejor manera de alimentación de los cultivos, gracias al drenaje de las aguas.
Para muchos, una obra de semejante magnitud sólo puede ser posible por la presencia del Paititi, un vasto reino que dicen que se instaló alrededor de las cuencas de varios ríos, entre ellos el Mamoré, y del cual aún se buscan los restos de una fantástica ciudad perdida.
También en el Mamoré, en su camino hacia el Madera —principal afluente brasileño del Amazonas—, dicen que está el vellocino de oro que buscaban los argonautas, héroes de la mitología griega.
Esas leyendas quizá son parte de las excentricidades del río, de un caudal mágico que una vez al año —en agosto—, cuando los barros y limos se depositan, se ve completamente transparente, casi azul.
Un río con sus propias leyes Aunque las aguas todavía tienen un cierto color a té, tomo un pequeño sorbo ayudándome de las palmas de las manos. Con ese gesto, si se cumple la tradición, volveré al río.
Un rumor tibio me alerta de la presencia de otro barco. “Es el caimanero”, anuncia Carmelo Ortiz. Es la ley del río. El ave se come al pez, el caimán al ave y el hombre al caimán. “Pero la actual legislación, que permite la caza de caimanes yacaré —para la exportación de cuero y carne—, amenaza con dejar sin sus poblaciones a la zona, y ya se nota la escasez en las lagunas”.
Otras embarcaciones, mientras, acompañan el trajinar del río. A veces, comercian una con otra, y sigue aún vigente el trueque, “pues acá nadie tiene cambio”, ríe Michel. Los plátanos, provenientes de los chacos, se cambian por garrafas de gas u otros productos de primera necesidad, como aceite, azúcar o combustible para los motores.
A su vera se descubren pequeñas playas, donde algunos hacen un alto para darse un baño de barro. Y la escena se completa con varios troncos que descienden arrastrados por la fuerza de la corriente, “responsables en las noches de los naufragios”.
El Reina de Enín, entre tanto, se acerca a puerto. El río Mamoré, ancho y profundo, se asemeja a un mar en calma. El sol, una enorme esfera roja, dibuja pequeños bucles en su camino, y el barco no tarda en alcanzar las inmediaciones del Ibare, más angosto y seco, desde donde me traslado con una barca a motor hasta la Loma Suárez.
Manolo maneja el timón. Su mirada de pontonero ve las aguas y sus orillas como ninguna otra, sin dejar pasar de largo ni un detalle. En lo que calla, se arrinconan las historias que terminan por conformar los perfiles del Ibare. Atrás queda el Mamoré, con su brisa suave y eterna, ese río que me ha hecho descubrir que es posible, únicamente al navegar, soñar despierto.
El reina de Enín Construido por el holandés Remko Tas, este es el segundo Reina de Enín que surca las aguas. El primero fue concebido inicialmente para rodar una película, pero el proyecto se truncó. Actualmente, la agencia Fremen es la que gestiona el barco, que realiza cruceros de entre cuatro y seis días por los ríos Mamoré e Ibare. Las excursiones por el río incluyen baños, paseos a caballo, observación de flora y fauna, y visita a comunidades. Los camarotes cuentan con baño privado, agua caliente y aire acondicionado. Es posible enlazar con el barco desde Loma Suárez, Puerto Almacén, Puerto Varador y Los Puentes los 365 días del año.
Villa del carmen Fundada el 16 de julio de 1963, a partir de una estancia que funcionaba por las cercanías, la comunidad de Villa del Carmen aloja en estos momentos a seis familias que tratan de llevar adelante un proyecto para atraer turismo. Así, a dos horas en barca desde Trinidad, está a punto de inaugurarse su albergue, que ofrece la posibilidad de dar paseos por la selva, bañarse en las lagunas, pescar y conocer en profundidad la flora y fauna de la zona. Asimismo, Villa del Carmen es conocida por sus artesanías: sopladores, sombreros, máscaras, tallados... todos elaborados con los mejores materiales que existen en la región.